El sábado me cogieron entre tres en la playa de Santa Marta
5 minEl sábado me cogieron entre tres en la playa de Santa Marta
La brisa del Caribe traía sal y sudor cuando llegué a la fogata, con la camiseta mojada y el cuerpo aún temblando del mar. No sabía que era una trampa. Ni siquiera sabía que ella, la de los ojos verdes y el pelo corto como un corte de navaja, había armado todo. Me miró desde el círculo de luces de las velas y me sonrió con esa cara de quien ya tiene el plan listo. “¿Te gustan las cosas calientes, marinero?” me preguntó, sin ni siquiera esperar respuesta. Yo me senté en la arena, con las piernas abiertas, y le dije: “Si no me das un poco de eso, me voy a dormir en la arena y te dejo con el viento”.
Ella se llamaba Lina. Tenía tetas grandes, no de las que se ven en las revistas, sino de las que se mueven cuando caminas, que te hacen querer tocarlas aunque sepas que no te las van a dejar. A su lado estaba Diego, un tipo de Barranquilla que llevaba una camisa abierta y un tatuaje de una serpiente en el pecho, y al otro lado, una mujer que no conocía: Camila, morena, con un culo que parecía hecho para que lo agarraras con las dos manos y no lo soltaras jamás. Nadie dijo nada de reglas. Nadie lo necesitaba. El calor lo decía todo.
Lina se acercó primero. Se sentó en mi regazo, sin pedir permiso, y me besó como si ya nos hubiéramos acostado mil veces. Su lengua era dulce, como el ron con limón que tomábamos en vasos de plástico. Me desabrochó los pantalones con una mano, y con la otra me tomó el pito, que ya estaba duro como un palo de guayacán. Me lo apretó, lo acarició, lo meneó con una paciencia que me hizo gemir. “Tú no vas a salir de aquí sin que te lo chupen bien”, me susurró al oído. Y antes de que pudiera responder, Diego me empujó suavemente hacia atrás, y Camila se bajó el short con una lentitud que me dejó con la boca abierta. No tenía bragas. Solo la piel, brillante por el aceite de coco, y su entrepierna, húmeda y oscura como el café recién hecho.
Diego se quitó la camisa, se sentó atrás de mí, y me agarró las caderas con fuerza. “No te muevas, marinero”, me dijo, y me metió la lengua en el cuello, mordisqueando la piel hasta que sentí que me iba a desmayar. Lina me bajó los pantalones hasta los tobillos, y se puso entre mis piernas. No me chupó el pito como se hace en las películas. Lo tomó con la boca, lo metió hasta la base, y luego lo sacó lento, con un chupeteo que me hizo ver estrellas. Yo no podía hablar. Solo gemía. Y cuando ella se levantó, Camila se arrodilló frente a mí y me tomó el pito con las dos manos. “Te voy a mamar hasta que te salgas por la oreja”, dijo, y me lo metió en la garganta sin miedo. No me ahogué. Me sentí vivo. Me sentí dueño de algo que no podía controlar.
Diego, mientras tanto, le metía la lengua a Lina por detrás, y ella se movía como una serpiente, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, los pechos subiendo y bajando. Camila me soltó el pito, se levantó, y se sentó encima de mí. No me di tiempo de pensar. Me metió el culo en la cara, y yo lo devoré como si fuera la última comida que iba a comer. Ella gritó, se agarró de mis hombros, y se bajó lentamente hasta que mi pito entró en ella. Era apretado. Caliente. Húmedo. Como si hubiera estado esperando solo eso. Yo empecé a moverme, y ella me llevó el ritmo, como si fuera una danza que solo ellas conocían.
Diego se puso detrás de Camila, y sin decir nada, le metió el pito en el culo. Ella gritó, pero no de dolor. De placer. De algo más profundo. Lina se acercó, se sentó en el pene de Diego, y lo bajó hasta la base. Él la agarró por las caderas, la levantó un poco, y luego la bajó con fuerza. Ella se inclinó hacia atrás, y yo la besé. Ella me chupó la lengua mientras él la follaba. Camila se movía sobre mí, y yo le metía los dedos en la vagina, buscando su clítoris, hasta que ella se descompuso, gritando mi nombre como si fuera un hechizo.
No hubo pausas. Nadie se detuvo. Diego se sacó de Lina, la dio vuelta, y le metió el pito en la boca. Ella lo mamió con los ojos cerrados, como si fuera su respiración. Camila se levantó, se acercó a mí, y me tomó el pito con la mano. “¿Quieres que te lo lave bien?”, me preguntó. Yo asentí, y ella se arrodilló otra vez. Esta vez, no me chupó. Me lamió todo: los testículos, la base, la punta, hasta que sentí que me iba a explotar. Lina se acercó, se sentó en mi cara, y me metió la vagina en la boca. Yo la lamí con ganas, con hambre, como si fuera la única cosa que me iba a salvar de morir en esa playa.
Diego se puso detrás de Camila, y esta vez la cogió con fuerza. Ella gritó, se desgarró, y yo sentí que su cuerpo se contraía como si fuera una ola. Yo me desahogué dentro de ella, con un grito que se perdió en el viento. No me puse de pie. No me vestí. Me quedé allí, con Camila aún encima, con Lina entre mis piernas, y Diego, con el pito todavía duro, mirándonos como si fuéramos su obra maestra.
Cuando el sol se puso, nadie habló. Solo nos miramos. Nos tocamos. Nos acariciamos. Lina me besó en la frente y me dijo: “Mañana te busco en el muelle, marinero. Trae ron y ganas”. Yo asentí. Camila se levantó, se puso el short, y me dio un beso en la boca. “No te vayas sin despedirte de tu culo”, dijo, y se fue.
Diego se sentó a mi lado. Me pasó una botella. “Eso fue chimba, ¿no?”, me preguntó. Yo bebí, miré el mar, y le respondí: “Sí, hermano. Eso fue la mejor mierda que me han hecho en la vida”.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.