El reencuentro en la terraza del quinto piso

El reencuentro en la terraza del quinto piso

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (23) · 95 lecturas · 7 min de lectura

La ciudad respiraba su atardecer de junio: calor húmedo, el zumbido de los motores en la avenida, y el olor a lluvia que no caía. En el quinto piso del edificio “Las Acacias”, donde los vecinos se conocían por los nombres pero no por las vidas, Elena —de veinticuatro años, piel morena clara, ojos oscuros como café sin leche y caderas que caminaban como si fueran una promesa— subió las escaleras con los zapatos en una mano y la camiseta de algodón ligeramente empapada por el calor. Había ido a visitar a su amiga Lucía, que vivía en el cuarto piso, pero la puerta estaba cerrada y no respondía al timbre. Entonces, recordó que su exsocio en un taller de cerámica —un tal Diego, de cincuenta y tres, hombre de silencios largos y manos que parecían saber dónde dolía cada hueso— vivía justo encima. Y que, según Lucía, siempre dejaba la terraza abierta si hacía buen clima.

Diego estaba sentado en un catre de madera, descalzo, con una cerveza Morena entre las piernas, vestido con un pantalón cargo desabotonado hasta la mitad del vientre plano y una camiseta negra que ya había perdido su brillo original. Sus brazos, marcados por venas azules y pequeñas cicatrices de juventud, descansaban sobre las rodillas. Tenía el pelo canoso bien recortado, una barba de tres días que le marcaba la mandíbula dura, y ojos que no miraban, analizaban.

Elena apretó el pomo de la puerta de metal, escuchó un “pasa” apenas audible, y entró. La terraza era pequeña, pero con vista al horizonte de la ciudad: torres de cristal, techos planos, y la luz anaranjada que se colaba entre los edificios como una promesa pospuesta.

—¿Diego? —preguntó, casi sin voz—. Soy Elena. Lucía no está.

Él levantó la mirada. Lento. Como si el tiempo se hubiera olvidado de avanzar.

—Claro que sí —dijo, sin sonreír—. La ceramista que me hizo el jarrón torcido.

Ella rio, un poco nerviosa, y se acercó. Se notaba que no era la primera vez que iba a su terraza, pero sí la primera vez que lo hacía sola.

—¿Te acuerdas del jarrón?

—Claro que me acordé. Estaba torcido… pero bonito. Como tú.

Elena se detuvo. No sabía si era coqueteo o pura charla de hombre maduro que sabía usar el silencio como herramienta. Diego se levantó con calma, dejó la cerveza en el borde del balcón, y caminó hacia ella. No la tocó. Solo la observó desde un palmo de distancia.

—Hace años que no te veo —dijo ella.

—Hace diez años, exacto —corrigió—. Fue en la feria de arte de Toluca. Llovía, y tú tenías barro hasta las rodillas.

Ella se sonrojó. No era por vergüenza, sino por un recuerdo que, sin saberlo, había guardado intacto. En ese momento, Elena era una estudiante de arte, tímida, que apenas hablaba si no le preguntaban directo. Diego, ya separado desde hacía dos años, asistía a la feria como jurado. No había hablado más allá de tres frases. Pero ella nunca lo había olvidado.

—¿Te parece si te ofrezco una cerveza? —preguntó él.

—Sí.

Diego regresó con dos botellas. Le tendió una. Ella la tomó con ambas manos, como si fuera un amuleto. El hielo se derritió en su garganta, y el silencio —ese silencio que a veces pesa y otras veces acaricia— se instaló entre ellos como un tercero respetuoso.

—¿Por qué subiste? —preguntó Diego, sin mirarla, sino mirando el cielo.

—No sé. Por curiosidad. Porque me dije: “Diego sabe estar solo. Y si sabe estar solo, sabe estar con alguien”.

Él giró la cabeza lentamente. Sus ojos, ya no eran solo ojos: eran una ventana.

—¿Y qué encontraste?

—Te vi.

—¿Y?

—Y me gustaste.

Diego no sonrió. No hizo gestos exagerados. Solo se acercó, puso una mano en su cadera, y con la otra le levantó el mentón.

—Estás temblando —dijo.

—No es frío.

—Entonces es miedo.

—O es ganas.

Él acercó su frente a la de ella. Respiraron juntos. El calor de su aliento se mezcló con el sabor a cerveza y a promesa.

—¿Me dejas? —preguntó.

Elena no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza y dejó que sus labios se encontraran.

Fue un beso lento, profundo, como si estuvieran aprendiendo de nuevo cómo se hace. Diego no se apresuró. Le pasó la lengua por el labio inferior, le acarició la nuca con los dedos duros pero suaves, y cuando ella abrió la boca, entró con calma, como quien entra a una casa que ya conoce pero sigue siendo nueva. Ella respondió con un gemido ahogado, con las manos subiéndole por los brazos, sintiendo la textura de su piel, los pelos gruesos, la fuerza contenida.

Diego la soltó un segundo, solo para bajarle la camiseta de los hombros. La tela se deslizó como hoja de maíz. Ella llevaba un sostén negro, de encaje fino, que apenas contenía lo que sus pechos querían mostrar: redondos, firmes, con pezones ya duros por el calor y por el deseo. Él se arrodilló, sin romper el contacto visual, y con los dedos le desabrochó el sujetador. Se lo quitó despacio, como si cada movimiento fuera un versículo sagrado.

—Tus senos… —susurró—._siguen siendo iguales que en la feria.

Elena se mordió el labio. No era vergüenza, era placer.

—Cógeme, Diego —dijo, por primera vez en voz alta, sin miedo—. Cógeme como si supieras que no volveremos a hacerlo.

Él la tomó en brazos y la llevó al catre, donde el cojín de lona ya estaba tibio por el sol de la tarde. Se quitó la camiseta, y ella lo vio por primera vez desnudo en diez años: torso plano, abdomen marcado, pechos peludos, vientre ligeramente hundido, y entre las piernas, una verga ya semierecta, gruesa, con la cabeza rosada y el prepucio apretado como un puño conteniente.

—Vaya… —dijo ella, sin poder evitarlo.

—¿Te gusta?

—Me chingó la vista.

Diego rio, un poco, y se quitó el pantalón. Quedó completamente desnudo, de pie frente a ella, y Elena lo miró como quien mira una estatua que ha cobrado vida. No era un joven fornido, sino un hombre que había vivido, que había sudado, que había amado y perdido, y que ahora, con cincuenta y tres, tenía el cuerpo de alguien que aún se acuerda de qué le gusta.

Se acercó, la tomó de las caderas, y le separó las piernas. Con la yema de los dedos, le rozó el clítoris a través del bragas. Ella gritó un poco, un grito corto, de sorpresa y necesidad. Él sonrió.

—¿Todavía te excita que te toque así?

—Sí, mierda —respondió ella, con los ojos cerrados—. Sí, mierda, sí.

Él bajó la mano, le bajó las bragas, y se las quitó con la camiseta. Luego, se inclinó y puso su boca allí, donde el calor era más fuerte. Le lamió el clítoris, una, dos, tres veces, con la lengua templada y segura, hasta que ella empezó a mover las caderas, hasta que suspiros largos y entrecortados se le salían de la garganta.

—Quiero tu verga —le susurró—. Quiero que me la metas.

Diego se levantó, tomó una preservativo del bolsillo del pantalón (siempre los llevaba, decía, porque el sexo es bello pero también responsibility), y se lo puso con movimientos seguros. Se subió sobre ella, le separó más las piernas, y se colocó entre ellas.

—¿Estás mojada? —preguntó.

—Sí —gimió ella—. Mierda, sí.

Él empujó suavemente, y la verga entró poco a poco, con una lentitud que era un acto de amor. Elena cerró los ojos y sintió cómo se llenaba, cómo su cuerpo se adaptaba al suyo, cómo el calor de él se fundía con el suyo.

—Eres tan apretada… —murmuró Diego, con la frente pegada a la suya—. Como la primera vez.

—No lo es —dijo ella, abriendo los ojos—. Es más fuerte.

—Entonces es mejor.

Y empezó a moverse. Lento al principio,

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