El reencuentro en el hotel de la costa

@diego_salas ·22 de diciembre de 2025 · ★ 4.6 (37) · 139 lecturas

Nunca imaginé que volver a verte me iba a sacudir así, tan fuerte, tan adentro. Habían pasado veinte años, Laura. Veinte malditos años de cartas sin contestar, fotos guardadas en cajones olvidados y noches en las que me masturbaba pensando en tu risa, en cómo movías las caderas cuando bailabas. Y ahí estabas, parada frente al mostrador del hotel, con ese vestido floreado que se ajustaba a tu cintura y dejaba entrever el contorno de tu culo, todavía firme, todavía tentador.

—¡Diego! ¡No puedo creer que seas vos! —dijiste, con esa voz que me estremecía en la secundaria, cuando nos besábamos en los recreos como si el mundo fuera a terminar.

—Laura… —balbuceé, y sentí que me faltaba el aire. No era solo el recuerdo, era tu presencia real, tu perfume, el brillo de tus ojos oscuros, el modo en que te mordías el labio al sonreír.

Te habías separado, me contaste entre copas de vino blanco en el bar del hotel. Yo también. Dos fracasos matrimoniales, dos cuerpos que habían aprendido a vivir solos, pero que nunca olvidaron el primer amor. Hablamos de todo y de nada: de los hijos grandes, de los trabajos, de las ciudades que ya no nos querían. Pero todo giraba alrededor de lo que no decíamos: el deseo. Lo sentía en tu mirada, en cómo tus dedos rozaban el borde de la copa, en cómo cruzabas y descruzabas las piernas, como si te costara mantener el control.

—¿Sabés qué me pasa desde que te vi? —te dije, bajando la voz—. Que tengo ganas de cogerme a la mujer que soñé toda la vida. Y esa mujer sos vos.

No te ofendiste. Al contrario. Sonreíste. Lenta, peligrosamente.

—¿Y por qué no lo hacés? —me desafiaste—. Vos siempre fuiste el que tenía las pelotas.

No necesité más. Pagué las copas, te tomé de la mano y subimos al ascensor. No dijimos nada. Solo nuestras respiraciones, cortadas, ansiosas. Cuando las puertas se abrieron en el piso cinco, te empujé contra la pared y te besé. Fue un beso de vuelta, de revancha, de hambre acumulada. Tus labios eran los mismos, tu lengua también. Solo que ahora había experiencia, desesperación, urgencia.

Entré a la habitación contigo pegada a mi espalda, tu boca en mi cuello, tus manos desabrochando mi camisa. La luz de la tarde entraba por la ventana, dorando tu piel cuando te sacaste el vestido. Quedaste en ropa interior: un conjunto negro, simple, elegante. No era una chica joven disfrazada de mujer. Erais una mujer, con curvas, con marcas, con historias escritas en cada pliegue. Y me encantó.

—Mirá cómo me tenés… —te dije, mostrándote la pija dura bajo el pantalón—. Hace años que no me pasaba esto con una sola mirada.

—Dame placer —me pediste, con voz ronca—. Como antes. Como en la playa, aquella noche.

Recordé. Sí. La playa. Teníamos dieciocho. Nos escapamos del grupo, nos metimos entre las rocas. Yo te chupé la concha por primera vez allí, con el sonido del mar y el miedo de que nos descubrieran. Y ahora, dos décadas después, volvíamos a ese punto, pero sin miedo, sin culpa. Solo deseo.

Me acerqué, te bese el cuello, bajé por los hombros, por el escote, hasta llegar a tus tetas. Ya no eran firmes como antes, pero eran tuyas, y las amé. Las tomé con ambas manos, las besé, mordí los pezones endurecidos. Gemiste. Bajé, te saqué la bombacha, y ahí estaba tu concha, húmeda, abierta, lista. Me arrodillé como un hijo pródigo y la besé. Lenta, profundamente. Como si la estuviera recordando.

—¡Dios, Diego! ¡Así, no…! —gritaste, agarrándome el pelo—. ¡Justo así!

Sabías a sal, a mujer, a pasado. Chupé tu clítoris con devoción, con ansiedad, con rabia contenida. Tus piernas temblaban. Te levanté, te llevé a la cama, te puse boca abajo. Quería ver tu culo, ese culo que tantas veces imaginé. Lo acaricié, lo separé, lo besé. Metí un dedo en tu concha, después dos, y sentí cómo te contraías.

—¿Querés que te coja? —te pregunté al oído.

—Sí… pero primero, quiero verte entero.

Me desvestí. Me miraste con hambre. Mi pija, dura, gruesa, con las venas marcadas, apuntaba directo a tu destino. Te acercaste, la tomaste con la mano, la besaste. Lamiste la punta, sacaste una gota de líquido preseminal, la chupaste como si fuera vino.

—Siempre tuve ganas de hacerte esto —confesaste—. Nunca me atreví.

—Hacelo todo —te dije—. Soy tuyo.

Te subiste a la cama, te pusiste a cuatro patas. Tu culo en alto, tu concha abierta, tu espalda arqueada. Era una imagen de película. Me acerqué, pasé mi pija por tu raja, mojándola con tu propio jugo. Entré despacio, centímetro a centímetro. Gritaste. No de dolor, sino de placer.

—¡Dale, Diego! ¡Metela toda!

Y lo hice. De una estocada, hasta el fondo. Sentí tu calor, tu estrechez, tu vida. Empecé a moverme, lento al principio, después más fuerte, más rápido. Tus tetas rebotaban, tu pelo se deshacía, tus gemidos llenaban la habitación.

—¡Cogeme! ¡Garchame como antes! —gritabas—. ¡Como en la playa!

Y yo te daba todo. Cada embestida era un recuerdo, un perdón, un nuevo comienzo. Sentí que el orgasmo venía, pero no quería correrme dentro. Me salí, te di vuelta, te abrí las piernas y volví a entrar. Esta vez, viendo tu cara. Tus ojos cerrados, tu boca entreabierta, tu piel sudada.

—Mirame —te pedí—. Quiero verte cuando llegues.

Y llegó. Fuerte, largo, con espasmos que te sacudían el cuerpo. Sentí cómo tu concha se apretaba alrededor de mi pija, y no aguanté más. Me corrí encima, en tu panza, en tus tetas, en tu cara. Un chorro tras otro, como si hubiera estado guardando ese momento toda la vida.

Nos quedamos así, jadeando, pegajosos, en silencio. Después, te abracé. No dijimos nada. No hacía falta.

—Mañana me voy —dijiste.

—Lo sé —respondí—. Pero esto no se borra.

Y no se borrará. Porque no fue solo sexo. Fue un reencuentro. Fue el amor que nunca murió, resucitando entre sábanas, con piel y con alma. Y aunque no volvamos a vernos, sé que vos vas a pensar en mí cada vez que te toques. Y yo, en cada ola del mar, voy a recordar tu concha, tu risa, tu nombre.

Laura. Mi primer amor. Mi único amor.

¿Te ha gustado? Valóralo

4.6 · 37 votos
Reportar
Compartir

También en Maduros