El pacto con el vecino de arriba

El pacto con el vecino de arriba

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (24) · 121 lecturas · 3 min de lectura

La llave giró en la cerradura con un chasquido suave, casi imperceptible, pero Elena sintió el estremecimiento en la nuca antes de abrir la puerta. No era la primera vez que bajaba a visitar a Mateo, pero sí la primera que lo hacía después de lo que había pasado entre ellos en la fiesta de cumpleaños de su amiga Lety —esa noche en que él, con esos ojos oscuros y una sonrisa que no le pertenecía del todo, le había susurrado al oído: *“Si alguna vez quieres que te controle, solo dímelo. No te juzgo. Solo te espero.”* Y ella había sonreído, asintiendo con la cabeza baja, el vino en el vaso temblando apenas.

Hoy no llevaba vino. Sólo una falda ceñida, sandalias de tacón bajo y una confianza recién nacida. Mateo la esperaba en el umbral, en manga de camiseta, los antebrazos marcados por venas suaves y una tatuaje antiguo de una serpiente enroscada en una rama. No la abrazó. No la besó. Sólo la dejó pasar con un gesto de la mano, como si ya fuera parte del espacio de él.

—Me dijiste que querías jugar —dijo él, cerrando la puerta con calma, sin apuro, como si el mundo se hubiera detenido afuera.

Elena se volteó. La luz del cuarto de estar era tenue, apenas un candil colgando del techo que proyectaba sombras largas. En la pared, un espejo antiguo con marco dorado. Ella se acercó, las puntas de los dedos rozando la superficie fría.

—Sí —respondió, pero su voz tembló, y eso mismo fue lo que lo hizo sonreír.

Mateo dio dos pasos hacia atrás, sentándose en el sofá con elegancia, como si estuviera en su propia casa —porque lo era—, y le indicó con la cabeza que se acercara. Ella caminó despacio, los muslos rozándose, el olor a jabón de jazmín y sudor ligero mezclándose con el aroma a café recién hecho que aún flotaba en el aire.

—Quítate las sandalias —ordenó él, sin voz dura, pero sin duda. Como si no hubiera otra opción, como si eso fuera lo más natural del mundo.

Elena obedeció. Se puso de rodillas frente a él, con las manos apoyadas en los muslos. Él le tomó una pierna, deslizó el dedo pulgar por la pantorrilla, luego por la corva, subiendo despacio, hasta que sus ojos la miraron por primera vez directo a la cara.

—Tú sabes lo que quieres —dijo él.

—Sí —musitó. Y entonces, por primera vez, lo dijo claro: *“Quiero que me domines.”*

Mateo sonrió, esta vez con los ojos cerrados un instante, como si saboreara la palabra. Luego, con lentitud, le quitó la falda, tirándola a un lado sin violencia, como si fuera una hoja seca. Bajo ella, llevaba una slip de encaje negro, ajustado, que marcaría cada curva. Él se inclinó, le rozó con los labios la superficie de la tela, apenas un roce, pero suficiente para que ella soltara un suspiro que se le quebró en la garganta.

—¿Te gusta que te vea así? —preguntó él, pasando la yema de los dedos por el borde del encaje.

—Sí —gimió, inclinando las caderas hacia él, sin pedir permiso, ya sin vergüenza.

Entonces Mateo se levantó. Se desabrochó la camisa con un movimiento seguro, dejando al descubierto el pecho anchuroso, la piel morena y peluda en los costados. Se quitó los pantalones, sin mirarla, dejándolos caer al suelo, y se quedó allí, en ropa interior, la verga ya dura y marcada contra el paño oscuro.

—Levántate —dijo.

Elena lo hizo. Él le tomó la mano, la llevó hasta su cuerpo, y la presionó contra la erección, firme y caliente, como si fuera un latido propio.

—Cógeme, Elena —susurró—. Pero no como tú quieras. Como yo diga. Y cuando diga *“basta”,* te detienes. ¿Entendido?

Ella asintió, con la boca seca, el corazón galopando. Y entonces, con las manos temblorosas, le desabrochó la ropa interior y lo liberó. La verga le palpitó en la mano, pesada, viva, y ella la acercó a su entrepierna, rozando el clítoris ya húmedo, ya lista para ser usada, para ser dueña de su propio deseo… pero bajo su mando.

—Ahora —dijo Mateo—, sígueme.

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