El primer viernes que cogí a mi vecina del cuarto piso

El primer viernes que cogí a mi vecina del cuarto piso

@renata_sol ·4 de julio de 2026 · 🔥 3.9 (39) · 123 lecturas · 6 min de lectura

Yo nunca planeé nada. La cosa pasó por accidente, por una lluvia intensa, un ascensor averiado y una taza de té humeante que se derramó en mi camisa blanca como una advertencia divina. Mi vecina del cuarto piso —Clara, de 32 años, arquitecta, de piernas largas, pechos firmes que se notaban aunque usara camisetas básicas y una sonrisa que siempre me hacía sentir que sabía algo que yo no— me había ayudado a subir las bolsas de la compra cuando el ascensor se quedó entre el tercero y el cuarto piso. Me había visto sudar, me había dicho, con esa voz baja y un poco ronca como si hubiera estado hablando toda la noche: *“Déjame ayudarte, que por lo que veo, hoy no vas a poder hacer otra cosa después de esto”*.

No supe cómo responder. Solo sonreí, como siempre.

Ella vivía sola desde que se separó de su esposo, un tipo callado, de gafas redondas y manías de orden, que dejó su reloj de pared en la puerta del depto. Clara no lo recogió. Lo dejó allí, como si fuera una oferta de paz.

Ese viernes, cuando la lluvia empezó a golpear las ventanas como un insistente, llamé a su puerta. No con intención, no al principio. Solo quería devolverle un libro que me había prestado: *El arte de la seducción*, de un autor español que nunca terminé. Me había dicho: *“Cuando lo termines, me lo devuelves. Si no, lo leemos juntos”*.

Abrió con una bata de baño color crema, ceñida en la cintura, y debajo, nada. O casi nada. Un ligero contorno de tanga blanco asomaba entre los pliegues de la tela. Me miró, me miró de verdad, como si me estuviera despojando con la vista.

—¿Veniste a devolverme el libro o a disculparte por el té? —preguntó, y apartó un mechón húmedo de su frente.

—Ambas cosas —dije, y entré sin esperar invitación.

El depto olía a incienso y a su perfume, algo floral pero con un fondo dulce, casi gourmand. Como si hubiera mezclado vainilla con jazmín y lo dejado al sol. Ella se sentó en el sofá, me tendió la mano:

—Siéntate. No me mires como si estuvieras esperando que me caiga una bomba.

—¿Una bomba?

—Una bomba de sexo. Porque me estás mirando así.

Me costó reír, pero lo hice. Me senté. Y cuando me tendió el libro, sus dedos rozaron los míos. Luego, sin quitar la vista de mis ojos, se levantó, fue a la cocina y volvió con dos tazas de té.

—¿Te importa si me quito la bata? —preguntó, y yo tragué saliva—. Hace calor. Y el té está humeante.

No respondí. Solo asentí.

Se quitó la bata despacio, dejándola caer sobre el respaldo del sofá. No era una exhibición, no era teatro. Era natural, como quitarse los zapatos después de un día largo. Estaba de pie, con las piernas ligeramente separadas, el tanga ceñido, los pechos firmes, pezones oscuros y hinchados por el aire acondicionado o por la mirada que yo le estaba poniendo.

—¿Ves esto? —dijo, señalándose el pecho—. Sigue estando vivo. Aunque mi esposo se haya ido con una caja de clavos y un manual de carpintería.

—Sigue estando hermoso —dije, y ella me sonrió, esa sonrisa pícara, de quien ya sabía que lo que iba a pasar, iba a pasar bien.

Se acercó. Se sentó en el borde del sofá, frente a mí. Me pasó la taza de té. Mis dedos rozaron los suyos otra vez. Esta vez no me la retiró.

—¿Tú también estás solo? —preguntó.

—No exactamente. Estoy… soltero.

—Eso es lo mismo, pero suena peor. —Se inclinó hacia adelante, y por un segundo, vi el valle entre sus pechos, la sombra de su ombligo, la curva de su cadera bajo la tela del tanga—. ¿Te gustan las mujeres que saben lo que quieren?

—Depende —dije—. ¿Tú qué quieres?

Ella dejó la taza sobre la mesa auxiliar. Se puso de pie de nuevo, se acercó a mí. Esta vez no hubo duda. Se sentó en mi regazo, con las piernas abiertas a ambos lados de mis caderas, las manos apoyadas en mis hombros, los pechos rozando mi pecho.

—Quiero que me toques como si no hubiera un mañana —dijo, y me besó.

No fue un beso suave. Fue una orden. Una promesa. Una descarga eléctrica. Su lengua entró en mi boca con seguridad, con urgencia, como si ya nos hubiéramos besado mil veces antes. Me mordió el labio inferior, me jaló suavemente del cabello, y cuando se separó, me susurró al oído:

—¿Te gusta que te controle un poco?

—Me gusta que tú controle todo —dije.

Ella se rió, baja, profunda, y se levantó. Me tomó de la mano y me llevó hacia su habitación. El cuarto era minimalista, con una cama grande, sábanas grises, una lámpara de pie con luz tenue y una pared llena de libros.

—Vete la camisa —dijo.

Lo hice. Me quitó los zapatos, los pantalones, y se quedó mirándome mientras yo me quedaba en calzoncillos.

—No me gusta esperar —dijo, y me empujó suavemente hacia la cama—. Acuéstate.

Lo hice. Ella se quitó el tanga con lentitud, sentada al borde de la cama, separando las piernas para que yo pudiera ver. Su vagina era limpia, oscura, con los labios hinchados, ya excitada. Me miró y me dijo:

—Tú no me tocas aún. Yo te toco a ti.

Se acercó, se puso de rodillas frente a mí. Me tomó el pene con la mano, lo sostuvo como si estuviera evaluando su peso, su forma. Me acarició la punta con el pulgar, me rozó los cojones, y luego me metió la lengua entre el glande y el prepucio. Me hizo un círculo lento, y yo cerré los ojos.

—Tú no mueves las manos —dijo—. Si te tocas, te paro.

Me excitaba más eso que todo lo demás. Ser controlado. Ser deseado con esa mezcla de ternura y dominio.

Ella se levantó, se acostó a mi lado. Me tiré a ella. No con brusquedad, pero con urgencia. Le separé las piernas con las mías, le puse una mano en la cintura, la otra en la nuca, y la besé mientras me introducía dentro de ella.

Estaba seca al principio. Rígida. Pero luego, con cada embestida suave, con cada beso profundo, se humedeció. Me apretó con fuerza, con sus piernas, con sus brazos, con su boca.

—Más fuerte —dijo—. Que te oiga el vecino del quinto.

Le obedecí. La cogí con todo. Le clavé los dedos en los muslos, le arqueé la cadera para que yo pudiera entrar más fondo. Ella gemía, baja, gutural, como si cada sonido fuera una confesión.

—Sí —dijo—. Sí. Ahora.

Y cuando me acerqué al borde, me dijo:

—No te corras aún. Quiero sentirte dentro de mí, hasta que me tiemble la piel.

Así lo hicimos. Ella me decía dónde poner las manos, cómo mover las caderas, qué ritmo quería escuchar. Y yo la cogía, la follía, la gozaba como si no hubiera mañana.

Cuando por fin me dejé ir, ella me abrazó con fuerza, me besó la frente, y me dijo:

—Hasta el próximo viernes.

Y no fue una pregunta. Fue una orden.

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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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