El día que descubrí que mi vecino coleccionaba calcetines
4 minEl día que descubrí que mi vecino coleccionaba calcetines
Yo siempre supe que Luis era diferente. No por lo evidente —que sí lo era— sino por esa manera tan suya de mirar, de guardar silencio cuando otros charlaban, de mover los dedos como si contara algo invisible. Vivíamos en el mismo edificio desde hacía dos años: él en el 4B, yo en el 4A, y por más que le había dicho “buenos días” o le había ayudado a cargar la basura, nunca cruzamos más allá de una sonrisa forzada. Hasta aquel jueves de calor húmedo, cuando el aire acondicionado se rompió y yo, sudando como un cerdo en pleno carnaval, toqué su puerta pidiendo prestado un ventilador.
Abrió con una camiseta humedecida en el pecho, el cuello ligeramente abierto, y ese olor a madera quemada y tabaco barato que me había intrigado desde el principio. No dijo nada cuando le pedí el ventilador, solo asintió y se alejó un segundo. Cuando regresó, lo tenía en la mano… pero también una botella de ron Barceló, dos vasos y una sonrisa que me hizo palpitarte el corazón como si quisiera salirme del pecho.
—Si vamos a arder, mejor que sea juntos —dijo, y me tendió uno de los vasos.
Acepté. Claro que acepté. El ron quemó mi garganta, pero fue como un bálsamo. Nos sentamos en el sofá de mi salón, los pies descalzos, las piernas casi tocándose. Hablamos de nada: del calor, del vecino del 6C que hacía ruido con las cacerolas a las 7 a.m., de cómo el tráfico en la avenida se volvía insoportable en verano. Él hablaba con voz grave, pausada, y sus ojos no dejaban de rozar mis labios, mis manos, mi cuello. Sentí que me estaba desdibujando, que cada palabra suya me desvestía un poco más sin tocarme.
Fue cuando me pidió ver mis manos.
—¿Por qué? —pregunté, pero ya le estaba tendiendo una.
No las tomó de inmediato. Se las miró largo rato, los dedos, las uñas bien cortadas, las venas que se marcaban cuando me ponía nerviosa. Luego, con una lentitud que me hizo estremecer, pasó el pulgar por mi palma y susurró:
—Me fascinan las manos. Pero no es eso.
Se puso de pie, fue al cuarto de visitas —que yo jamás había entrado— y volvió con una caja de madera oscura, con un cierre de latón en forma de corazón. La abrió con cuidado, como si fuera un tesoro sagrado. Y allí, dentro, había calcetines. No todos iguales: algunos de lana gruesa, otros de algodón fino, de colores apagados y algunos con pequeños dibujos —florecitas, rayas, un pequeño corazón bordado en uno—. Los tenía ordenados por tamaño, por textura, por color. Una colección minuciosa.
—¿Esto es…? —dije, aunque ya lo sabía.
—Sí —respondió, sin mirarme—. Me excitan. Verlos, tocarlos, olerlos… Imaginarlos puestos, desgastados por el pie de alguien, humedecidos por el sudor, ajustados al arco, al talón… Me vuelven loco.
Me sentí como una adolescente descubriendo un libro prohibido. Me acerqué. Él no me detuvo. No tuvo que hacerlo. Con una pizca de vergüenza, con un cosquilleo en la espalda que subió hasta la nuca, metí un dedo dentro de uno de los calcetines: negro, de algodón, ligeramente holgado. Lo froté entre los dedos. La tela era suave, cálida, y tenía un olor sutil —jabón neutro, tal vez un poco de polvo, pero nada agrio, nada desagradable.
—¿Quieres probar? —me preguntó, con la voz ronca ya.
—¿Yo?
—Sí. Tú. Ponértelos. Ahora mismo.
Me miró, y en sus ojos no había petición: había convicción. Y yo, con la garganta seca, con las rodillas temblando, asentí.
Me senté en el borde del sofá. Con movimientos lentos, deslicé mis pantuflas y mis calcetines actuales —unos grises comunes, aburridos— y los dejé a un lado. Tomé uno de los suyos: un par de color café oscuro, con un pequeño dibujo de una estrella en el empeine. Lo estiré con cuidado, lo pasé por el pie derecho, sentí el algodón rozar mis dedos, el arco, el talón. Se ajustó perfecto. Luego hice lo mismo con el izquierdo.
—Ahora… quédate sentada. No te muevas.
Me senté. Con las manos sobre las rodillas, la espalda recta, los pies juntos. Él se arrodilló frente a mí. No como si fuera un esclavo, sino como un devoto ante un altar.
—Tus pies —murmuró— son hermosos. Pequeños, arqueados, con los dedos bien separados… y ahora cubiertos por esto.
Me tomó un pie. Con las manos cálidas, con los dedos firmes pero no duros, rodeó el calcetín, apretó suavemente el arco, pasó el pulgar por el talón, por el empeine. Luego, con una lentitud que me arrancó un gemido que no esperaba, se inclinó y lamió el calcetín, justo encima del dedo gordo. El algodón se humedeció, se oscureció, y yo sentí un calor que bajó直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直下直
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