El Cuello de la Dama
La primera vez que Mateo vio a Valeria con ese collar, supo que estaba jodido.
Era una tarde de viernes en el sótano de su casa, convertido por ella en estudio improvisado de fotografía artística. Luces cálidas, telón de terciopelo carmesí, y ella — Valeria — de pie, sin maquillaje, con el pelo negro recogido en un nudo bajo la nuca, y ese collar: una correa de cuero negro, gruesa, con un broche de plata en forma de media luna. Nada llamativo por sí mismo, pero colocado con una intención tan clara que le heló la sangre en las venas.
—¿Te gusta? —preguntó ella, inclinando apenas la cabeza, el cuello alargado, la piel morena brillando bajo la lámpara de pie.
Mateo asintió, sin confesar que ya llevaba días imaginando esa correa enrollada en su mano, apretada, tirando con fuerza controlada.
—Es mío. Lo hice yo mismo —dijo ella, acariciando la correa con el pulgar—. Cuero de vaca curtida al aceite de coco. Pesado. Leal.
No dijo *te lo pongo*, ni *quiero que lo uses*. Dijo *es mío*. Y con eso, Mateo supo que su deseo ya no era suyo.
La sesión empezó con tomas suaves: Valeria sentada, con una camiseta blanca demasiado grande, los hombros desnudos, las piernas cruzadas. Luego, se quitó la camiseta. No por provocación, sino por decisión. Como si se despojara de una capa innecesaria. Mateo apretó el disparador con los nudillos blancos, pero no por la luz ni la composición: por el modo en que su pecho se alzaba, calmado, y por el punto oscuro de su pezón derecho, que ya se erguía antes de que él tocara su piel.
—Pasa la cámara —dijo ella.
Él se la entregó. Ella la colocó sobre un trípode, ajustó el ángulo, y se volvió hacia él.
—Ahora tú.
Mateo se puso de pie. Le temblaban las manos al quitarse la camiseta. Ella no lo apartó la vista. Lo observaba como quien observa una escultura que aún no ha terminado de emerger del mármol.
—Quítate los pantalones —dijo ella.
No fue una orden. Fue una afirmación. Como si ya hubiera pasado, y ahora solo lo nombraba.
Mateo se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Los calzoncillos se le pegaban al cuerpo, húmedos. Ella no sonrió. Solo lo miró, los ojos oscuros como el café sin azúcar, y él supo que no iba a verlo gozar. Iba a verlo *someterse*.
—¿Quieres que te lo quite? —preguntó ella, avanzando un paso.
Él asintió. Ella lo tomó del mentón, con la mano izquierda, y lo obligó a mirarla.
—No. Lo harás tú. Porque es lo que quieres. Porque lo *necesitas*.
Se agachó, despacio, y le quitó los calzoncillos. El pene de Mateo se erguía ya, grueso, la cabeza rosada húmeda por el preseminal. Ella lo sostuvo sin apuro, con dos dedos, lo pesó como si lo midiera.
—Lindo. Pero no es lo que te hará sudar.
Volvió a acercarse al trípode, tomó la cámara, y la apuntó hacia él. Pero no disparó. Solo lo miró por el visor, como si estuviera eligiendo el encuadre perfecto de su vergüenza.
—Dime qué quieres que haga con eso —dijo ella, señalando su entrepierna con la punta de la cámara.
—Quiero que me lo toques —susurró él, sin poder evitarlo.
—No.
Mateo soltó un gruñido, pero no se movió.
—Quiero que me lo lames —volvió a intentar.
—No.
Ella bajó la cámara. Lo miró con los ojos entrecerrados.
—Quiero que me supliques por eso. Y mientras lo haces, *mírame*. No a mí, a mis ojos. A ver si puedes sostenerlos.
Él respiró hondo. Se acercó. Se arrodilló. No por sumisión, sino por necesidad. Porque su cuerpo ya no le pertenecía.
—Por favor —dijo, y la palabra se le rompió en la garganta.
Valeria no parpadeó.
—Con las palabras.
—Por favor —repitió, más fuerte—. Quiero que me lo lames. Quiero que me lo toques. Quiero que me hagas venir. Quiero que me uses como quieras.
—No me estás mirando.
Él alzó la vista. A los ojos. No a su nariz, no a su boca. A sus ojos. Ella se inclinó, le quitó la correa del cuello, y la pasó lentamente por su pecho, por su ombligo, por el vello oscuro que bajaba hacia su miembro.
—Ahora sí —dijo—. Toma la cámara.
Él la tomó. Ella se puso de rodillas frente a él, entre sus piernas.
—Apunta. A mi cara. A mis ojos. Y no sueltes el disparador hasta que yo te diga.
Él apretó el botón.
*Click.*
Valeria abrió la boca. No para besar, sino para mostrar. Su lengua salió, lenta, húmeda, y se paseó por su labio inferior. Luego, lo tomó con los dientes, lo mordió con suavidad, y lo soltó.
*Click.*
Bajó una mano, se separó los labios de la vulva. Estaba ya mojada, el color oscuro, hinchado, la abertura entreabierta, brillante. Se la rozó con dos dedos, y se los llevó a la boca.
*Click.*
—Ahora a mi pecho —dijo.
Él apuntó. Ella se inclinó, y con la mano libre, se pellizcó el pezón derecho, lo retorció con fuerza hasta que se puso más oscuro, más duro.
*Click. Click. Click.*
—¿Te gusta verme hacer esto? —preguntó.
—Sí —gimió Mateo, su pene palpitando.
—Entonces no me mires la vulva. Mírame la cara. Mientras lo hago.
Ella volvió a separar sus labios, esta vez con más firmeza. Se rozó el clítoris con el pulgar, moviéndose en círculos lentos, cada vez más rápido. Su respiración se aceleró, pero su rostro se mantuvo sereno. Solo sus ojos se nublaban, y sus labios se entreabrieron, sin que saliera un solo sonido.
—Tú también —dijo ella—. Tú también te tocas. Mientras yo lo hago.
Mateo se llevó la mano al pene. Se agarró con firmeza, arriba, la base. Bajó despacio, la punta rozando el borde del prepucio. *Click.* Ella lo miró, y él supo que no era por la foto. Era para que él se viera *verdadero*.
Ella se inclinó hacia adelante, y con la lengua, rozó su propio clítoris. Una vez. Dos veces. Tres. Y mientras lo hacía, apretó su muslo contra su mano, como si quisiera estrangularse con la correa que aún llevaba puesta.
—Ahora —dijo ella—. Apunta a mi boca.
Él lo hizo. Ella se separó de su vulva, se llevó la mano a la boca, y con los dedos húmedos, se pasó por los labios. Luego, se los metió uno a uno en la boca, los chupó con lentitud, los mordió con dulzura.
—Y tú —dijo—. No te detengas.
Mateo se movía con la mano, rápido ahora, suspirando. Su pene se ponía más grueso, la cabeza más oscura. El preseminal brillaba como perlas.
—¿Te hago sentir bien? —preguntó ella.
—Sí —gimió—. Sí, por favor.
—Entonces dime: ¿qué quieres que te haga con la correa?
Mateo dudó. Porque sabía la respuesta. Porque la quería.
—Quiero que me la pongas alrededor del pene —dijo—. Que la aprietes. Que me haga sangrar si quieres.
Valeria sonrió. Una sonrisa pequeña, fría, sagaz.
—No. La vas a poner tú. Alrededor de tu cuello.
Mateo tragó saliva. Su corazón se aceleró.
—Ahora —repitió ella—. Hazlo.
Él tomó la correa de cuero, la pasó por su cuello. La ajustó. No con fuerza, pero con intención. Ella se puso de pie, lo miró. Él siguió apuntando la cámara. *Click.* Ella lo tomó por la correa, tiró suavemente hacia abajo. Él se inclinó.
—No es un juego —dijo ella—. Es un pacto.
Y entonces lo besó.
No fue un beso romántico. Fue un beso de dominio. Su lengua entró, rápida, dominante, y le rozó el paladar. Mateo gimió contra su boca, y ella lo apartó con la correa, sin soltarla.
—Ahora —dijo ella—. Arrodíllate. Frente a mí.
Él obedeció.
Valeria se puso entre sus piernas. Le quitó la correa del cuello, y se la pasó lentamente alred
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