El contrato del tren nocturno
3 minEl contrato del tren nocturno
El tren 147 salía de Guadalajara a las 22:15, con destino a Oaxaca. En el compartimento del vagón ejecutivo, donde las ventanas eran estrechas y las butacas de cuero marrón se hundían con cada movimiento, Clara se ajustó la blusa de seda negra mientras miraba por la ventana. Llevaba una hora intentando olvidar el correo que había enviado esa tarde: una nota breve, clara, sin ambigüedades. *“Estoy dispuesta. Mañana, 19:00. Estación de Autobuses. Trae el kit.”*
No esperaba que él respondiera tan rápido. Pero el mensaje llegó a los veinte minutos: *“Confirmado. Traeré las esposas de cuero, la cinta y el látigo de piel de serpiente. No olvides el collar con llave.”*
El tren dio un leve bandazo al tomar una curva y Clara sintió el primer cosquilleo en la nuca. Él ya estaba allí.
—¿Clara? —dijo una voz grave tras ella.
Se giró. Altura, complexión atlética, barba recortada, ojos oscuros como el café recién hecho. Llevaba una mochila negra con correa cruzada y una sonrisa contenida que no llegaba a sus ojos, solo a sus labios.
—Eduardo.
Él asintió, dejó la mochila en el portaequipaje superior y se sentó frente a ella. No se tocaron. Pero sus miradas se sostuvieron como si ya hubieran cruzado cientos de palabras en silencio.
—¿Llevas el collar? —preguntó él, bajando la voz.
Clara palmeó el bolsillo interior de su bolso y sacó una caja de terciopelo negro. Dentro, un cuello de cuero negro con una pequeña cerradura plateada.
—Tú, la llave —dijo él.
Ella extendió la mano. Él sacó una llave del bolsillo de su pantalón y la colocó en su palma, rozando sus dedos con intención.
—¿Preparada? —preguntó.
Ella asintió, sin hablar. La palabra *no* no había entrado en su mente desde que escribió el correo. Todo estaba pactado: límites, señales, safeword (*“naranja”*), horarios. Todo.
El tren avanzó entre la oscuridad de las montañas. Las luces de los pueblos pasaban como estrellas fugaces. Eduardo abrió la mochila con lentitud, como si abriera un altar. Dentro: esposas de cuero con forro de gamuza, una cinta adhesiva negra de dos centímetros, un látigo de piel de serpiente con mango de madera oscura, y una bolsita con aceite de almendras.
—Primero, el collar —dijo él.
Clara se levantó y dio media vuelta frente a él. Él le abrió el cierre del sujetador negro y bajó la seda hasta sus codos. Sus pechos pequeños, erectos ya por el frío del vagón y el calor de la anticipación, se elevaron al ritmo rápido de su respiración.
Eduardo pasó el collar por su cuello, ajustó la hebilla y cerró la cerradura con un *click* seco que resonó como un disparo en el compartimento vacío. Ella sintió el peso, la presencia, la pertenencia.
—Ahora las esposas —dijo él.
Ella se sentó de nuevo, cruzando las piernas con lentitud. Él le tomó una mano y le colocó la esposa en la muñeca. Luego la otra. Las fijó a los brazos del asiento con una pequeña cadena.
—¿Dolor? —preguntó.
—No —respondió ella, con voz firme.
Él sonrió. Y bajó una mano por su muslo, deslizándola entre la falda ajustada hasta rozar el borde de sus bragas de encaje negro.
—¿Estás mojada? —preguntó, presionando con dos dedos contra su clítoris.
Ella gimió, no por vergüenza, sino por la urgencia que ya palpitaba en sus venas. Sí, estaba mojada. Sí, lo necesitaba.
—¿Quieres que te use los dedos ahora? —susurró él—. ¿O prefieres esperar hasta que estemos en Oaxaca?
Ella lo miró fijamente, con los ojos semicerrados, los labios entreabiertos.
—Dame los dedos. Aquí. Ahora. Que el tren se mueva bajo mí.
Él asintió, soltó una de sus manos y deslizó los dedos bajo su encaje, rozando su pubis húmedo, separando los labios con cuidado, y hundió dos dedos dentro de ella con un movimiento lento, firme, profundo.
Clara arqueó la espalda, gritando un gemido apagado contra su hombro, mientras el tren rugía en la oscuridad, llevándolos hacia la siguiente estación, hacia el siguiente acto, hacia la entrega total.
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