El sábado me cogieron entre tres
6 minEl sábado me cogieron entre tres
La primera vez que entré al sótano de la casa de la avenida Reforma, aún no sabía que ese lugar se convertiría en mi santuario de placer prohibido. Era un jueves cualquiera, y Mariana me había invitado a una cena íntima con dos personas que “conocería mejor al final de la noche”. No mentía.
Llegué con una camisa blanca abierta hasta el ombligo, pantalón oscuro y la pulsera de cuero que me regaló hace un año. El aire del sótano estaba cargado de incienso sándalo y algo más: sudor, vino y deseo. Mariana me esperaba sentada en el sofá de cuero negro, las piernas cruzadas, los labios pintados de rojo oscuro como si ya hubiera comenzado la fiesta.
—Te estábamos esperando —dijo, sin moverse—. Él ya está aquí.
Y ahí estaba, de pie junto a la barra, con la botella de tequila en la mano y los ojos clavados en mí. Lucas. Alto, moreno, los músculos definidos por el boxeo, la barba recién afeitada, la sonrisa lenta, de esas que te dicen que ya sabe lo que quieres aunque tú no lo sepas aún. Nos miramos. Él alzó la botella. Yo asentí.
—¿Te unes? —me preguntó Mariana, acercándose. Su perfume era jazmín y humedad.
—Sí —respondí, y no hubo dudas.
Lucas nos sirvió tres vasos. Brindamos. El tequila quemó mi garganta, pero no tanto como la mirada de él cuando mi mano rozó la suya al tomar el vaso.
—Suban —dijo Mariana, y nos guió por una escalera de madera hasta un pasillo con luces bajas.
Allí, en el fondo, una puerta entreabierta. Un destello de piel. Una risa ahogada.
Entramos.
Era un cuarto grande, iluminado por velas en candelabros de bronce y una lámpara de pie con pantalla negra que proyectaba sombras grandes y suaves sobre las paredes. En el centro, una cama baja, redonda, con sábanas negras y cojines dorados. Y en ella, sentada con las piernas abiertas, una mujer que no conocía: Ana.
—Ana es mi prima —dijo Mariana, presentándola con una sonrisa que no era del todo inocente—. Y hoy… hoy vamos a jugar un poco.
Ana me sonrió. Tenía el pelo corto, rubio ceniza, los pechos firmes bajo un top negro que dejaba entrever la curva de sus pezones hinchados. No era alta, pero tenía una presencia que no necesitaba de centímetros: era la clase de mujer que te hacía sentir pequeño, vulnerable, deseable.
—Hola —dijo, y el sonido de su voz me atravesó como una mano fría por la espina dorsal.
Me senté al borde de la cama. Mariana se quitó los zapatos y se recostó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro. Lucas se quedó de pie, observando.
—¿Te sientes bien? —preguntó Mariana, besándome el cuello.
—Sí —respiré—. Mucho.
Fue entonces cuando Ana se puso de pie y se acercó. No me miró a los ojos. Bajó la mirada a mi cuello, luego a mi pecho, y finalmente a mi entrepierna, donde ya sentía la tensión crecer.
—Estás duro —dijo, y puso la mano sobre mi pantalón, sin desabrochar. Sólo presionó.
—Tú también —respondí, y le pasé los dedos por el muslo, sintiendo la textura de su piel, su calor.
Ella se inclinó y me susurró al oído: —Quiero verte coger. Quiero verte hacerlo con ella… y con él.
Lucas se acercó entonces, y me puso las manos en los hombros.
—¿Te importa si te tomo primero? —preguntó, voz grave, casi un gruñido.
—No —dije, y me desabroché la camisa.
Ana se arrodilló frente a mí y me bajó el pantalón y la ropa interior con lentitud. Mi pene, ya erguido y brillante por el preseminal, salió al aire como un saludo. Lucas me agarró del mentón y me obligó a mirarlo.
—Mírame —dijo—. No mires a nadie más.
Y empezó a lamerme. No fue suave. Fue húmedo, profundo, con una lengua áspera que me recorrió desde la base hasta la punta, con fuerza, como si me estuviera marcando. Lucas no era un amante tierno. Era un depredador elegante, y yo lo sabía.
Cuando me pidió que me acostara, lo hice sin dudar. Ana se subió sobre mí, con las piernas a cada lado de la cama, y se colocó a horcajadas sobre mi pecho. Se inclinó y me chupó un pezón, mientras con la otra mano se acariciaba la entrepierna.
—¿Me la metes? —me preguntó Mariana, acercándose por detrás y pasándome los dedos por el ano.
—Sí —gimió Ana, y se inclinó aún más, hasta que sus pechos rozaron mi rostro—. Dime cuándo.
Lucas me soltó el pene y se puso de pie. Me dio su mano.
—Levántate —ordenó—. Quiero verte entrarla.
Lo hice. Ana se giró, agarró mi pene con ambas manos y lo guió hacia su entrada. Estaba húmeda, caliente, lista. Me miró una última vez y bajó lentamente. La sentí estirarse, contraerse, absorberme. Entonces, con un movimiento suave pero firme, Lucas me empujó hacia adelante. Ana gritó. No de dolor. De placer.
—Más —dijo, y yo empecé a moverme.
No era una penetración rápida ni salvaje. Era lenta, profunda, con pausas para que ella se adaptara, para que yo sintiera cada centímetro de su interior. Mariana me rodeaba la cintura, chupando mi oreja, acariciándome el coño con los dedos húmedos de su propia excitación.
—Sí —susurraba—. Sí, así. Tú solo date cuenta de que no estás solo. Que no estás solo.
Ana se inclinó sobre mí, y esta vez fue ella quien me chupó el pezón, mientras yo le agarraba las caderas y la empujaba con más fuerza. Lucas, al otro lado, me sostuvo la nuca y me besó. No fue un beso romántico. Fue un beso de dominio. Una señal de que yo era suyo en ese momento.
—Ahora ella —dijo Lucas, apartándose.
Ana se giró, se puso de rodillas y se llevó mi pene a la boca. Lo chupó con fuerza, con los ojos cerrados, mientras Mariana se colocaba entre las piernas de Ana y le metía un dedo.
—Tú —dijo Mariana, mirándome—. Tienes que ver cómo le gusta.
Y yo vi. Vi cómo Ana se estremecía, cómo su cuerpo se arqueaba, cómo su respiración se volvía entrecortada. Vi cómo Mariana le chupaba el clítoris, con una dedicación que no tenía nada de casual.
—Voy a correrme —dije, y Lucas me agarró la cintura.
—Sí —dijo—. Corréte dentro de ella.
Ana se incorporó, se giró y se sentó sobre mí, pero esta vez con su entrada mirándome. Me puse de rodillas, le levanté una pierna y la empujé con fuerza hacia adentro. Ella gritó, otra vez, y yo sentí el calor de su cuerpo contra mi pecho, el peso de su pelo en mis brazos, la humedad de su sudor en mi cuello.
Mecorrí. Sentí mi semen expandiéndose dentro de ella, con una fuerza que me hizo cerrar los ojos.
—Sí —susurró—. Sí, así. Corrétela toda.
Cuando terminé, me dejé caer sobre la cama. Ana se acostó a mi lado, con la cabeza en mi hombro. Lucas se sentó frente a nosotros, con una botella de agua en la mano.
—¿Te gustó? —preguntó.
—Mucho —dije.
—Bueno —dijo Mariana, acostándose también—. Ahora le toca a ella.
Y Ana se volvió a mirar a Lucas.
—¿Quieres que te meta la lengua? —le preguntó, y yo sentí cómo me ponía duro otra vez.
No fue la última vez que fui a esa casa.
Pero sí la primera en la que entendí que el placer no es un acto solitario. Es un pacto. Una entrega. Una traición consentida.
Y yo… yo me entregué.
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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.