El calzado de mi ex
Nunca pensé que un par de zapatos me llevaría a perder el control.
Fue en casa de Érika, mi ex, esa que aún me mandaba mensajes a las dos de la mañana —no para reanudar nada, juro—, sino para platicar de la vida, de trabajo, de cómo le iba con el nuevo novio (que, por cierto, era un tipo serio, abogado, de corbatas impecables y risa forzada). Ella, en cambio, seguía siendo la misma: piel morena con bronceado casero, cabello rizado que olía a coco y café recién hecho, y una sonrisa que, aunque amable, siempre tenía ese brillo de quemadura leve, como si hubiera besado fuego y se hubiera quedado con el sabor.
Nos vimos un viernes, después de que le ayudé a cargar cajas del trastero. Estaba sudada, con una playera vieja de algodón que le quedaba justa en las caderas y unos *flip-flops* rotos que apenas aguantaban con un pedazo de cinta adhesiva. Cuando se quitó el polvo de las pantorrillas con una toalla húmeda, me di cuenta de que algo en mí se tensó: la curva de sus tobillos, la forma de sus pies, esos dedos anchos que tenía —no esbeltos como los de las modelos, sino reales, con una pequeña callosidad en el primer dedo del pie izquierdo, por el zapato que le apretaba en la universidad—.
—¿Te quedas a cenar? —me preguntó, ya sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y los pies descalzos sobre el cojín.
Asentí, claro. Claro que sí. Aunque sabía que era peligroso. Ella también lo sabía. Pero no dijo nada, solo sonrió con esa mezcla de confianza y coqueteo que siempre me había vuelto loco.
La cena fue sencilla: tacos de suadero, cebolla morada, cilantro picado y una limonada que tenía más azúcar de la necesaria. Comimos en la cocina, de pie, mientras ella me pasaba los platos con la punta de los dedos que rozaban los míos, intencionadamente. Cada contacto era como una chispa pequeña, como si el aire mismo entre nosotros empezara a vibrar.
—¿Te acuerdas de cuando vivíamos juntos y te gustaban mis zapatos? —me preguntó, mientras se levantaba para buscar más limón.
Me quedé callado un segundo. Claro que me acordaba. Le había coqueteado con eso desde el principio: sus tacones altos que sonaban como latidos en el piso de madera, sus sandalias de cuña que le marcaron los tobillos rojos después de una caminata por Roma, sus tenis blancos que se ensuciaban tanto que parecían pintados con la ciudad. Pero nunca le había dicho que, en verdad, lo que más me volvía loco no era el zapato en sí, sino lo que representaba: su decisión, su poder, su forma de caminar por el mundo como si fuera suyo.
—Sí —respondí, con la voz más baja de lo planeado—. Me gustaban… mucho.
Ella se giró, con una lata de limonada en la mano, y me miró con esa expresión que solía tener cuando iba a ganar una apuesta: tranquila, segura, como si ya supiera cuál sería mi siguiente movimiento.
—Pues hoy no llevé tacones —dijo, y se sentó de nuevo, pero esta vez cruzó las piernas por el otro lado, dejando al descubierto el talón, ese pedazo de piel que se ve cuando el zapato se desliza un poco hacia atrás—. Pero sí tengo algo que tal vez te recuerde a ellos.
Se levantó de nuevo, lenta, con esa gracia que solo tienen quienes han aprendido a usar su cuerpo como un instrumento. Fue al cuarto y regresó con una bolsa de tela marrón, desgastada en las esquinas. La puso sobre la mesa de la cocina, frente a mí, y me miró sin decir nada.
—¿Qué es? —pregunté.
—Ábrelo.
La bolsa olía a cuero viejo, a polvo y a algo más… a algo que recordé enseguida: su perfume, el que usaba cuando íbamos a la playa, ese de flores cítricas que se volvía más intenso con el calor.
Dentro había un par de *huaraches* de cuero marrón, artesanales, con trenzas gruesas que se enrollaban en el empeine y una suela de goma negra, ya un poco desgastada por el uso. Los tomé entre las manos. Eran ligeros. Y al voltear uno, vi que en la parte interior del empeine, casi desapercibida, había una pequeña etiqueta cosida con dos letras: **E.R.**
—¿Los de San Ángel? —pregunté, con voz casi ahogada.
—Sí. Los que te compré cuando te ganaste el concurso de escritura. El día que me dijiste que yo era tu musa.
Recuerdo ese día como si fuera ayer: el sol de otoño entraba por la ventana del estudio, ella tenía el pelo suelto y una bata de baño puesta sobre los hombros, y cuando le mostré el cheque, me besó en la frente y dijo: *“Ahora puedes caminar como un autor, no como un estudiante”*. Luego me llevó a San Ángel, a la pequeña tienda de artesanías, y me probó estos huaraches. Me dije, entonces, que jamás los usaría para caminar a un trabajo. Solo los guardaría como recuerdo.
—¿Por qué los traes hoy? —pregunté, mientras los sostenía entre las manos, como si fueran algo sagrado.
Ella no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta la nevera, sacó dos cervezas y me pasó una. Se acercó, se puso detrás de mí, y con la punta de los dedos, empezó a deshacer las trenzas del huarache que tenía en la mano izquierda. No con prisa, sino con una lentitud deliberada, como si cada nudo fuera una promesa que había que desatar con cuidado.
—Porque hoy no quiero que camines como un autor —susurró, con el aliento tibio en mi oreja—. Quiero que camines como un hombre que aún recuerda cómo se siente tenerme cerca.
Me giré. La vi con los ojos medio cerrados, los labios entreabiertos, y una sonrisa que no era de broma. Me tomé la cerveza de un trago, y entonces ella me tendió el otro huarache.
—Ponte los dos.
Me miró, sin bajar los ojos. Y en su mirada, no había súplica, ni exigencia: había una invitación tan clara que, de pronto, sentí que mi verga empezaba a latir contra el pantalón.
Me levanté. Me desbotoné el jeans con calma, como si estuviéramos en un salón de baile, no en su cocina. Me quitó la playera antes de que pudiera deshacerme del último botón, y luego, con los huaraches aún en mis manos, se agachó, como si fuera una sacerdotisa de un culto olvidado.
—Ay, chico —dijo, mientras deslizaba el primero por mi pie—. Te recuerdo el tamaño de tus pies… y de todo lo demás.
Y entonces, con los huaraches puestos, con las trenzas sueltas y la suela que chirrió contra el piso de cerámica, ella me tomó del mentón y me besó.
No fue un beso de reencuentro, ni de nostalgia. Fue un beso de fuego lento, de labios húmedos y lengua que no pedía permiso, pero tampoco lo tomaba. Sentí cómo sus manos subían por mis muslos, como se apoyaban en mis caderas, como me jalaba hacia ella, como si me estuviera midiendo, como si estuviera aprendiendo de nuevo cómo era mi cuerpo con las manos.
—¿Te acuerdas cómo me cogías? —me preguntó, al romper el beso, con la respiración agitada—. Te decía que no corrieras… pero siempre lo hacías.
Le sonreí. Le tomé la cara entre las manos.
—Porque cada vez que te veía, sentía que me faltaba el aire.
Y entonces, sin más palabras, la levanté sobre la mesa de la cocina. Ella soltó una risita, como si lo hubiera esperado, como si supiera que, al final, siempre volvería a cogerla así, con urgencia, con manos que la sostenían como si fuera lo único que la mantenía en pie.
La abierto con las rodillas, la senté con cuidado, y mientras los huaraches colgaban de mis pies, como si fueran parte de mí, ella me pidió con voz quebrada:
—Cógeme como cuando te fuiste… sin decir nada, sin mirar atrás.
Y yo lo hice. Con lentitud, con calma, pero con el fuego que solo los recuerdos pueden encender. Cada movimiento era un latido, cada jadeo una confesión, cada vez que ella me decía *“sí, así”* o *“más fuerte”* era como si estuviera reescribiendo el final que nunca tuvimos.
Cuando llegó, lo hizo con los ojos cerrados, con los dientes en el labio, con los huaraches aún en mis pies y con su perfume que ahora mezclaba con el olor de su piel sudada y feliz.
—Te extraño, mijo —susurró, mientras me besaba el cuello.
—Y tú a mí —respondí, con la voz rota.
Y en ese momento, con los zapatos puestos y el alma en la punta de los dedos, supe que no era el huarache lo
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