El ascensor del Hotel Majestic
6 minEl ascensor del Hotel Majestic
El aire del Hotel Majestic olía a viejo dinero y perfume caro mal gastado. Las alfombras, gruesas y rojas como sangre seca, tragaban el sonido de los pasos, pero no el calor que subía entre las piernas de Lucía al sentir la mirada de aquel hombre desde el otro extremo del pasillo. Ella venía del spa, envuelta en una bata blanca que le quedaba un poco corta, con el pelo aún húmedo por el baño de vapor. Él, en cambio, estaba impecable: traje gris perla, camisa abierta en el cuello, corbata suelta, gafas de concha en la mano. Cincuentón, calculó ella. Cincuentón bien cuidado, con ese aire de quien ha tenido todo, pero aún quiere más.
El ascensor tardó. Demasiado. Y cuando llegó, el hombre entró tras ella sin decir palabra, como si ya se conocieran de algo más que de vista. Lucía pulsó el botón del cuarto piso con un dedo que tembló un poco. Él pulsó el séptimo, pero no se movió. Quedaron frente a frente, separados por el silencio y el perfume a sándalo que él despedía.
—¿Del spa? —preguntó él, con una voz que sonaba a whisky servido en cristal grueso.
—Sí —dijo ella, y se mordió el labio inferior sin querer.
—Se te ve... relajada —dijo él, y el tono fue tan lento, tan deliberado, que a Lucía le subió un calor por las ingles que no supo si era vergüenza o deseo.
El ascensor se detuvo en el tercero. Nadie entró. Las puertas se cerraron con un suspiro metálico.
—Yo también necesito relajarme —dijo él, sin mirarla, pero con una sonrisa apenas insinuada—. Pero no del mismo modo.
Lucía no respondió. Solo cruzó los brazos, como si quisiera contenerse, pero en realidad solo lograba apretarse los pechos contra la tela delina. Él lo notó. Claro que lo notó.
—¿Vas a quedarte muchos días? —preguntó él.
—Dos —dijo ella—. Tal vez tres. Depende.
—¿Depende?
—De si el hotel me da algo interesante que hacer.
Él rio, bajo, como si la risa le naciera en el estómago.
—A veces, lo interesante no está en las guías turísticas.
El ascensor se detuvo en el cuarto. Las puertas se abrieron. Lucía dio un paso hacia fuera, pero él extendió el brazo, deteniendo el cierre con un gesto suave.
—¿Y si te invito a una copa? —dijo, sin alzar la voz—. Arriba. En mi habitación. Tengo un vino que compré en Málaga hace años. Aún no lo he abierto.
Lucía lo miró. No era un hombre guapo, no exactamente. Pero tenía algo. Una presencia. Como si el tiempo le hubiera pulido los bordes, sin quitarle fuerza.
—¿Y si digo que no? —preguntó ella, con una sonrisa apenas insinuada.
—Entonces te dejo ir. Pero si dices que sí… —hizo una pausa, bajó las gafas un poco, la miró por encima del cristal—… prometo que no te arrepentirás.
Las puertas comenzaron a cerrarse. Ella dio un paso atrás, hacia adentro.
—Cerrado el trato —dijo.
Subieron hasta el séptimo. El pasillo era más estrecho, más silencioso. Él sacó la llave con calma, abrió la puerta sin prisas. Dentro, todo era madera oscura, cortinas pesadas y una botella de vino sobre una mesa baja, junto a dos copas.
—¿Te gusta el tinto? —preguntó él, quitándose la chaqueta.
—Si es bueno, sí —dijo ella, dejando caer la bata al suelo. Quedó en ropa interior negra, fina, ajustada. Él no dijo nada. Solo la miró, despacio, desde los tobillos hasta la nuca.
—Eres más bonita de lo que imaginé —dijo al fin.
—¿Y tú más viejo de lo que pensé —dijo ella, riendo—. Pero aún te conservas.
Él abrió la botella con un sacacorchos de plata. El corcho salió con un pop sordo. Sirvió dos copas. Se acercó a ella, le entregó una.
—¿Brindamos?
—¿Por qué?
—Por lo que sea que pase esta noche.
Chocaron las copas. Bebieron. El vino era denso, afrutado, con un toque de humo. Como el hombre.
Ella dio un paso hacia él. Le quitó la camisa, botón por botón, sin prisa. Él dejó que hiciera. Cuando la camisa cayó al suelo, Lucía pasó las uñas por su pecho, bajó hasta el cinturón.
—¿Tienes idea de lo que quiero hacerte? —preguntó, con voz de seda.
—Me lo imagino —dijo él, ronco—. Pero prefiero que me lo muestres.
Ella se arrodilló. No fue rápido. Fue ceremonia. Desabrochó el cinturón, bajó la cremallera, sacó el pito con cuidado, como si desempacara algo preciado. Era grueso, con venas marcadas, con una cabeza que ya brillaba un poco.
—Rico —dijo ella, y lo dijo como un cumplido.
Él soltó un jadeo cuando ella lo tomó en la boca. No fue todo de una vez. Fue lento. Primero la punta, luego un poco más, luego la mitad. Lo chupó como si lo saboreara, con la lengua alrededor, con los labios apretados. Él le puso una mano en la cabeza, pero sin forzar. Solo guiando.
—Así… así —murmuró—. No pares.
Ella no pensaba hacerlo. Le gustaba el sabor, la textura, el poder que sentía al tenerlo en la boca, gimiendo como un niño. Lo bajó hasta el fondo, hasta que el pito le tocó la garganta, y aguantó.
—Coño… —dijo él, y tuvo que agarrarse al mueble.
Ella se levantó, se quitó la ropa interior, se sentó en la orilla de la cama.
—Ahora vos —dijo—. Quiero que me mames.
Él no dudó. Se arrodilló entre sus piernas, le abrió los muslos con las manos, acercó la boca.
—Hueles rico —dijo antes de hundirse.
Y lo hizo. Lento, profundo, con lengua y labios, con dedos que entraron después, con un ritmo que la hizo gritar bajito, como si tuviera miedo de que los oyeran. Pero en el Majestic, nadie oía nada. Solo el silencio, y el jadeo de dos cuerpos que se encontraron sin pedir permiso.
Cuando él la penetró, fue con cuidado. Como si temiera romperla. Pero ella le clavó las uñas en la espalda y dijo:
—Más fuerte. No me vas a quebrar.
Y él obedeció.
El resto de la noche fue un susurro de piel, sudor, gemidos contenidos. Se amaron como si tuvieran tiempo, aunque sabían que no. Como si fuera la primera vez, aunque ambos llevaban vidas enteras de deseo acumulado.
Al final, él se acostó a su lado, le acarició el pelo.
—Mañana me voy —dijo.
—Lo sé —dijo ella—. Yo también.
No hubo promesas. No las necesitaban. Algunas cosas son así: pasan, y ya. Como un vino que se abre, se bebe, y se termina.
Pero qué rico fue, pensó ella, antes de quedarse dormida entre sus brazos.
Y él, antes de cerrar los ojos, pensó lo mismo.
Qué chimba fue.
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