Una noche en el tren nocturno hacia Oaxaca
7 minUna noche en el tren nocturno hacia Oaxaca
El tren que partía de la Ciudad de México hacia Oaxaca a las 21:30 era un viejo conocido de los viajeros que preferían el ritmo lento del hierro sobre las ruedas a las prisas del avión. Ventanas anchas, asientos de tercera clase con cojines desgastados pero limpios, y el suave traqueteo que acariciaba como un himno de adiós a la ciudad. Clara subió con su mochila de viaje, una pequeña funda de cuero marrón que llevaba desde su etapa universitaria, y buscó su lugar: 12B, al fondo del vagón, junto a la ventana. Ya había alguien sentado allí.
Era un hombre alto, de espalda ancha y cabello oscuro recortado muy corto. Llevaba una camisa de manga larga, blanca, con los primeros botones desabotonados, y una corbata suelta colgando sobre el pecho como una línea de escape. No parecía ser de negocios —ni la expresión ni las manos, que tenían cicatrices antiguas en los nudillos y uñas bien cortas—, tampoco parecía turista. Tenía una actitud de quien ha estado en muchos sitios y no teme volver a ninguno. Cuando ella se disculpó por interrumpir, él levantó la vista y sonrió, no con afectación ni insistencia, sino con una calma que parecía meditada.
—No es problema —dijo, y su voz era grave, con un tono que no pedía atención, pero la reclamaba de todos modos—. Me llamo Alejandro.
—Clara.
Se sentó, y él no volvió a mirarla directamente, pero Clara sintió su presencia como un campo magnético sutil: una tensión en el aire, un silencio cargado. Él sacó de su maletín una botella de agua, un paquete de galletas de sal y un pequeño cuaderno de tapa dura, que abrió sin prisa. Clara, por su parte, desempolvó su libro de poemas de Quijano y empezó a leer, pero su atención no tardó en desviarse. No por curiosidad insidiosa, sino por una atracción que nacía del contraste: él era quietud y contención; ella, movimiento y reflexión. Él no usaba reloj. Ella lo notó.
Cuando el tren comenzó a alejarse de las luces de la ciudad, el paisaje se volvió oscuro, salpicado de luces de pueblos pequeños y campos de maíz que se recortaban en silueta contra el cielo. La iluminación del vagón bajó, dejando solo las lámparas individuales sobre cada asiento, su luz amarillenta dibujando círculos íntimos alrededor de cada viajero. Clara sintió un cosquilleo en la nuca. Volvió la cabeza. Él la observaba.
No con insistencia. No con deseo explícito. Con una mirada que parecía evaluar, sopesar, como si estuviera midiendo la profundidad de un lago antes de sumergirse.
—¿Te molesta que fume? —preguntó él, señalando hacia la pequeña terraza del final del vagón, donde algunos pasajeros fumaban en pequeños descansos.
—No, claro que no —respondió ella, y se levantó sin pensar, como si la invitación ya hubiera empezado.
Se sentaron uno frente al otro, en sillas de plástico amarillo desgastado, con la noche oaxaqueña desplegándose frente a ellos. El viento entraba suave por la abertura de la puerta, y las luces de los pueblos pasaban como estrellas fugaces.
—¿Viajas mucho? —preguntó él.
—Sí. Trabajo freelance. Diseño gráfico. Me muevo según los proyectos —dijo ella, y notó que él asentía, como si ya supiera algo de ella sin haberlo escuchado.
—Yo viajo por trabajo también. Pero soy entrenador de perros de rescate. —Hizo una pausa, y esta vez sí sonrió, con una leve curvatura de labios—. Túmbalo, Max. —Clara no vio ningún perro, pero él señaló una silla vacía con la mano—. Sí, Max. Siéntate. Y espera.
Clara no supo si era broma o juego, pero lo miró fijamente, y él no apartó la vista.
—Max no está aquí —dijo ella.
—No —confirmó él—. Pero ya sé que tú sí.
El silencio se alargó, pero no fue incómodo. Fue un silencio cargado, como el instante antes de que una melodía empiece. Él apagó su cigarro en el cenicero de plástico, con movimientos lentos, deliberados. Luego, sacó un pañuelo de algodón, negro, y lo puso sobre la mesa metálica entre ellos.
—¿Te gustan los viajes en tren? —preguntó.
—Sí. Porque sabes que no puedes escapar. Porque estás atrapado con los demás, pero también contigo mismo.
Él asintió de nuevo.
—Entonces ya sabes qué clase de viaje te espera.
Clara tragó saliva. No por miedo. Por anticipación.
—¿Tú qué clase de viaje buscas?
—Uno en el que se pueda perder, pero nunca se olvide cómo volver —respondió él, y esta vez sí la tocó. No la piel, sino la mirada: la sostuvo, la atrapó, como si hubiera encontrado lo que andaba buscando.
—¿Quieres que te enseñe cómo perderse? —preguntó.
Clara no respondió con palabras. Se levantó, se acercó, y se sentó en su regazo con una naturalidad que sorprendió incluso a ella. Él no la detuvo. No la empujó. Solo la dejó tomar su lugar.
Cuando sus labios se encontraron, no fue un beso de deseo desbocado, sino de reconocimiento. Como si ya se hubieran encontrado antes, en otra vida, en otro tren, en otra ciudad. Él la sostuvo por las caderas, con firmeza, pero sin apretar. Ella se inclinó hacia atrás un poco, para mirarlo mejor. Sus ojos eran oscuros, casi negros, pero en la luz tenue del vagón parecían arder desde dentro.
—¿Te gusta el control? —le preguntó él, con la voz más baja, casi un susurro.
—No. Me gusta el riesgo.
—Entonces no estás en el lugar equivocado.
Con lentitud, él desabrochó el primer botón de su camisa. No con prisa, sino con intención. Cada movimiento era deliberado. Clara, por su parte, no hizo nada para ayudarlo, pero tampoco se apartó. Se dejó guiar.
Él besó su cuello, primero con suavidad, como si probara el sabor del aire alrededor de ella. Luego, más hondo. Más firme. Le rozó la oreja con los dientes, y ella soltó un suspiro que no intentó contener. Él se separó un instante, la miró a los ojos, y le preguntó:
—¿Quieres que siga?
Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza, le tomó la mano y la llevó hasta su propio pecho, sobre el corazón que latía con fuerza. Él sonrió. Y entonces, por primera vez, la abrazó con fuerza. No como quien agarra, sino como quien se aferra. Como si ella fuera el ancla en medio de una tormenta.
Él la levantó con facilidad y la sentó en el borde de su asiento, de espaldas a la ventana. Clara se abrazó a su cuello, y él le quitó la blusa con cuidado, dejando solo el sostén de encaje negro con una cinta dorada en el centro. No dijo nada. Solo la miró. Como si estuviera viendo algo que había estado esperando mucho tiempo.
Luego, con una mano, le separó los pechos, y con la otra, tomó una de sus muñecas. Le ató la muñeca con el pañuelo negro que había dejado sobre la mesa, y lo fijó a la barra de metal del asiento. Ella no protestó. No dudó. Solo lo miró, con los ojos brillantes, con la respiración entrecortada.
—¿Confías en mí? —le preguntó.
Ella asintió.
—Entonces no tengas miedo.
Él besó su pecho, primero con suavidad, luego con más intensidad. Le mordisqueó el pezón con los dientes, justo suficiente para que ella arqueara la espalda, para que soltara un gemido que no intentó reprimir. Ella se dejó llevar. Se dejó dominar. Se dejó posesionar.
Cuando él bajó la mano hacia su falda, ella la alzó automáticamente. Él la deslizó hacia abajo, con lentitud, y luego se la quitó por completo. No usó las manos para separar sus piernas. Ella lo hizo por sí misma, como si supiera que él lo esperaba, como si supiera que era su derecho.
Él se arrodilló frente a ella, en medio del pasillo estrecho del tren, con el traqueteo de fondo como percusión. Le separó los labios con los dedos y la besó allí, con una intensidad que la hizo temblar. No hubo vergüenza. Solo deseo. Solo entrega. Ella se aferró a su cabello, y él la mantuvo firme, con la mano en su nuca, como si la sostuviera con vida.
Cuando llegó el clímax, no gritó su nombre. Solo cerró los ojos y se dejó llevar, como si el tren la llevara hacia algún lugar que aún no había sido nombrado. Él se mantuvo quieto, la observó,
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