Una noche en el tren a Mar del Plata
6 minUna noche en el tren a Mar del Plata
Ella se sentó en el asiento de la ventanilla, la espalda recta, el bolso de cuero apoyado sobre las piernas, los ojos fijos en el horizonte que se deslizaba tras el vidrio empañado por el calor del atardecer. Era viernes, y el tren a Mar del Plata iba medio vacío, apenas un par de parejas en los bancos de enfrente, un grupo de amigos brindando con cerveza y risas nerviosas, y ella: Valeria, 34 años, abogada, soltera desde hacía siete meses, con el cuerpo aún acostumbrado a los otros, pero la mente ansiosa por algo nuevo, algo que no requiriera explicaciones ni compromisos.
El tren empezó a ganar velocidad, sacudiéndola suavemente contra el respaldo. Se desabrochó el primer botón del blazer azul marino, dejando entrever la tapa del sostén negro —no el más sexy, pero sí el que más le gustaba: encaje fino, copas semillenas, y un cordón que se perdía entre los pechos hacia la línea de la cintura. Se pasó una mano por el pelo castaño corto, alisándose una mecha que le caía sobre la frente. Se sentía bien. No nerviosa, no apurada. Solo… presente.
Cuando pasó el control de boletos —un muchacho perezoso con el uniforme arrugado—, Valeria no hizo más que mostrar el pasaje con una sonrisa leve, y él, sin saber por qué, se detuvo un segundo más de la cuenta, fijándose en sus labios húmedos, en la curva de su cuello, en cómo se le marcaba el pecho al respirar. Ella notó su mirada, y no apartó los ojos. Solo lo miró, con calma, como diciendo: *sí, ya lo viste, ahora seguí*. Él se sonrojó, balbuceó un “gracias”, y se alejó.
Ella se recostó un poco, cruzó las piernas con lentitud, dejando que el vestido de algodón blanco —uno sencillo, sin mangas, hasta las rodillas— se subiera un poco más, revelando la parte superior del muslo, ligeramente velloso, suave, con la piel fina y clara. Se levantó una mano para acomodarse el collar de plata, un gesto natural que hacía siempre que sentía que el aire le entraba más caliente por la nuca. Porque lo sentía. Una especie de electricidad sutil, como si el tren estuviera cargando su cuerpo, como si el vaivén de las rieles le susurrara: *ahora, ahora, ahora*.
Se quitó el blazer, lo colgó en el perchero del compartimiento, y se llevó una mano al cuello, acariciándose el pulso. Luego, con disimulo, se pasó la punta de los dedos por el borde del sostén, rozando la areola ya endurecida. No era intención. Al menos, no del todo. Era una sensación: el roce del algodón contra la piel, la presión del asiento, el calor acumulado en su interior. Pero una vez que lo hizo, no pudo dejar de seguir.
Se inclinó un poco hacia adelante, como si revisara algo en el bolso, y bajó la mano lentamente hasta el interior del blazer. Se metió los dedos entre los pechos, apretándolos suavemente, sintiendo la dureza de los pezones contra el encaje. Un gemido le tembló en la garganta, pero lo tragó con un suspiro. Se mordió el labio inferior. *Vos sabés qué es lo que querés*, se dijo. *Y acá no hay nadie que te juzgue*.
Volvió a cruzar las piernas, esta vez más cerrado, apretando las rodillas con fuerza, sintiendo cómo la ropa interior le apretaba la concha. No era muy húmeda aún, pero sí caliente, palpitante, como si le latiera ahí abajo, con un ritmo propio, ajeno al tren, ajeno al mundo exterior. Se llevó la mano al muslo, deslizándola con lentitud hacia arriba, hasta que los dedos rozaron el elástico del slip. Lo sentó ahí, sin moverlo, solo presionando, con la yema de los dedos, sobre el pequeño nudo de tela que cubría su clítoris.
El tren dio una sacudida fuerte al pasar un cruce, y ella soltó un quejido ahogado, con los ojos cerrados, los dientes apretados. Se mordió el pulso. Se llevó la mano al pecho, y esta vez se arrancó el sostén. No con prisa, sino con una deliberación sensual, desabrochando los cierres traseros con los dedos, dejando que los pechos le saltaran suavemente, pesados, calientes, con los pezones ya oscuros y erectos. Se los acarició con ambas manos, frotando los pezones contra las palmas, sintiendo cómo se endurecían más aún, cómo se hinchaban. Se inclinó un poco, como si quisiera esconderse, pero en realidad se permitió inclinarse más, para que el roce contra el pecho fuera más intenso.
Se pasó una lengua por los labios. Se lamió el pulso en la muñeca. Y entonces, con una mano aún ocupada en los pechos, bajó la otra hasta la entrepierna.
Se metió los dedos bajo el slip, separando las partes de su concha con cuidado. Ya estaba húmeda. No mucha, pero suficiente para que los dedos le resbalaran suavemente, rozando el clítoris ya hinchado, envuelto en su capuchón, brillante y sensible. Lo tocó. Un círculo lento, firme, con la yema. Se mordió el puño, para no gritar. Se arqueó un poco contra el respaldo, abriendo las piernas sin darse cuenta.
Lo tocó otra vez. Y otra. Con más fuerza. Y mientras lo hacía, con la otra mano se apretaba los pechos, tironeando de los pezones, estirándolos, apretándolos entre el pulgar y el índice. Sentía cómo el calor subía, cómo le palpitaba en la entrepierna, cómo le temblaban las piernas. El tren seguía avanzando, el vaivén de las rieles coincidía con sus movimientos, como si el tren también la estuviera follando, como si las curvas de la vía fueran sus dedos metiéndose dentro, saliendo, volviendo a entrar.
Se pasó dos dedos por la concha, separándola con delicadeza, y se metió uno solo, húmedo ya de su propia humedad, y lo introdujo despacio, hasta la segunda falange. Se detuvo. Lo movió en círculos. Lo metió más. Lo sacó. Lo volvió a meter, esta vez con dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que la hacía temblar.
Sí. Ahí. Justo ahí.
Giró los ojos hacia la ventanilla. Se miró en el reflejo: pelo despeinado, mejillas encendidas, labios entreabiertos, pechos al aire, la mano entre las piernas, los dedos metidos, moviéndose con ritmo, con urgencia. Se mordió el labio. Se puso la lengua en el hueco del cuello. Y se dejó ir.
El orgasmo le llegó de golpe, sin aviso, como una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal y le estalló en la cabeza. Los músculos del vientre se tensaron. Los muslos se apretaron contra el asiento. La concha se contrajo alrededor de sus dedos, palpitando, apretando, chupando. Gritó, pero fue un grito corto, un *¡ahh!* gutural que se ahogó en su garganta cuando se llevó la mano a la boca. Se mordió la muñeca. Se arqueó. Se quedó sin aliento.
Y luego vino la relajación. La sacudida final del tren al frenar suavemente en una estación intermedia. La humedad en la ropa interior. El aire frío que le entró por la ventana abierta. El silencio que volvió a instalarse.
Valeria se acomodó el sostén con lentitud, se puso el blazer, se lamió los labios. Se miró en el espejo del vagón y sonrió. No era una sonrisa de vergüenza. No era una sonrisa de orgullo. Era una sonrisa de quien se sabe capaz. De quien se cuida. De quien se da lo que quiere, sin pedir permiso.
Y cuando el tren volvió a ponerse en marcha, ella ya estaba lista para el resto del viaje.
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