Una noche con mi vecina del cuarto piso
9 minUna noche con mi vecina del cuarto piso
Sí, sí, vos sabés quién soy. Yo soy la que vive en el cuarto piso, la de los maceteros colgados en la reja del balcón, con las flores que se me mueren por descuido y el café que siempre está listo para compartir si te veo bajando el portón. Pero hoy no te voy a contar de las flores ni del café. Hoy te voy a contar de lo que pasó entre los dos, cuando la luz del ascensor se apagó y vos me agarraste por la muñeca sin decir palabra, y yo, en vez de soltarme, me dejé llevar.
Era jueves, después del trabajo. El sol ya se había escondido detrás de los edificios altos de la avenida, y el aire traía ese olor a lluvia que solo tiene Buenos Aires antes de un chaparrón. Estaba yo subiendo las escaleras del edificio, con los tacones que me dolían y el bolso colgado de un hombro, cuando escuché el *clac* del ascensor deteniéndose en mi piso. La puerta se abrió y vos estabas ahí, con esa camiseta negra que te queda justita en los hombros, el pelo un poco despeinado, los ojos cansados pero vivos. Me miraste como si me estuvieras viendo por primera vez después de mucho tiempo, y yo sentí un cosquilleo en la base de la espalda, como si ya supieras algo que yo aún no sabía.
—Hola, Isabella —dijiste, y tu voz sonó más ronca de lo normal. —Hola, Matías —respondí, y por un segundo no dije nada más, solo te miré. Te miré bien: la curva del cuello, la mancha de sudor en la axila izquierda, el brillo en la piel que aún conservaba del calor del día. Y entonces vos me sonreíste, esa sonrisa lenta, de labios cerrados, como si me estuvieras contando un secreto que solo nosotros dos sabíamos.
—¿Te pasó algo en el trabajo? —pregunté, tratando de sonar casual, pero me tembló un poco la voz.
Vos te pasaste una mano por la nuca, cerraste los ojos un segundo, y cuando los volviste a abrir, la mirada era distinta. Más oscura. Más caliente.
—Sí —dijiste—. Y ahora necesito aire.
Yo asentí. No pregunté más. Me lateralicé para dejarte pasar, pero vos no entraste. En vez de eso, pones la mano en el marco de la puerta y me miraste fijamente.
—¿Podés subir un piso? —dijiste, y tu voz ya no era solo ronca: era un hilo, una promesa.
Yo no me moví. No dije que no. No dije que sí. Solo te miré, con las cejas un poco levantadas, como si ya lo supiera todo.
—¿Estás seguro? —pregunté, con un hilo de voz que no parecía salir de mí.
—Totalmente —respondiste, y vos no sonreíste esta vez. Solo me tendiste la mano.
Y yo, sin pensarlo dos veces, la tomé.
La puerta del quinto piso se cerró con un *click* suave. Era una luz tenue, la del pasillo, pero vos ya me habías empujado contra la pared antes de que pudiera siquiera abrir la boca. Tu cuerpo fue una presión cálida y firme, tu aliento en el cuello, húmedo, tembloroso. Me sentí pequeña, pero no débil. Al contrario. Me sentí entera. Como si todo lo que había estado guardando —las miradas largas en el ascensor, los “buenas noches” que te decía con la voz un poco más aguda de lo necesario, los chistes que nunca llegué a contar por miedo a que te rieras— se desbordaran de golpe.
—Estoy loco por vos —dijiste, y tus labios rozaron mi oreja. No un beso. Un roce. Pero suficiente para que me estremeciera hasta los pies.
—Yo también —susurré, y vos me agarraste la cara con las dos manos, me alzaste un poco, y entonces me besaste.
Fue un beso lento, húmedo, con la lengua que entró a explorar con cuidado, como si le temiera a la intensidad. Pero yo no quería cuidado. Quería más. Quería que vos me tocaras como hacía días soñaba que lo harías. Así que le puse las manos a los muslos, apreté, y vos me levantaste más alto, como si no pesara nada, y yo cerré las piernas alrededor de tu cintura, sentí la dureza de tu erección contra mi vientre, y me dejé ir.
La pared era fría, pero tu cuerpo, cálido. Tu boca bajó por mi cuello, mordisqueó el borde de la camiseta, me desabrochó el primer botón del blazer con los dientes, y luego la lengua, y luego la boca abierta. Me gustó. Me gustó mucho. Me gustó que fueras vos, que fueras vos conmigo, que estuvieras aquí, en este piso, con esta puerta cerrada, con este silencio que solo se rompía con tus gemidos bajos y mis suspiros ahogados.
Me desabrochaste los otros botones, me bajaste los hombros la camiseta, y vos me tomaste los pechos con las manos, sin prisa, como si los estuvieras descubriendo por primera vez. Me rozaste los pezones con el pulgar, los apretaste suave, y yo me arqueé hacia adelante, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con la respiración cortada. Me gustó que no fueras precipitado. Me gustó que tomases tu tiempo. Me gustó que me miraras mientras me tocabas, con esa mirada de hombre que sabe lo que quiere y está dispuesto a esperar para conseguirla.
—Vos tenés unos pechos hermosos —dijiste, y me los llevaste a la boca. Y entonces, Matías, vos me chupaste uno. Lento. Profundo. Con la lengua que lo rodaba, con los dientes que lo rozaban sin apretar. Me sentí húmeda enseguida. Me sentí *viva*. Y cuando pasaste al otro, con la misma dedicación, con la misma lentitud, yo ya no podía más. Me agarré de tus hombros, te apreté los músculos, y te dije:
—Matías, por favor… —¿Qué querés? —me preguntaste, sin soltar un pecho, con la boca llena de mi piel. —Quiero que me garchés. Quiero que me cagues hasta que no pueda más. —Está bien —dijiste, y me soltaste los pechos, me levantaste la falda, me bajaste la bragas hasta las rodillas, y vos te sacaste la camiseta, la tiraste al suelo, y yo te vi entonces. Tu pija, tiesa, gruesa, con la punta brillante de preseminal. Me la miré. La miré bien. Me gustó. Me gustó mucho.
Me sentí valiente. Me sentí libre. Me sentí *sola* contigo.
Me agarraste por la cintura, me levantaste un poco más, y vos te metiste entre mis piernas. Me puse de puntillas, te busqué con la mano, te agarré la verga con firmeza, sentí su calor, su textura, su peso. Me acerqué, y vos te colocaste frente a mi concha, y yo te besé otra vez, profundamente, mientras con la otra mano te acariciaba los testículos, los apretaba suave, y vos te estremeciste, te tensaste, y me dijiste:
—Isabella… vos me vas a matar. —No me importa —respondí, y te empujé hacia adelante.
Y vos entraste.
Lento. Profundo. Hasta el fondo. Me sentí llena. Me sentí *hecha*. Me sentí tuya. Me apretaste contra la pared, me alzaste más, y vos empezaste a moverte. Con la cadera, con la profundidad, con el ritmo que solo vos sabías. Yo te besaba, te mordía el labio, te susurraba al oído, te decía cuánto me gustaba, cuánto me dolía bien, cuánto quería que me tocaras. Me gustaba que fueras rudo, pero no brusco. Que fueras fuerte, pero no violento. Que me miraras a los ojos mientras me cogías, como si me estuvieras prometiendo algo.
Me moví con vos, subía y bajaba, con las piernas aún alrededor de tu cintura, con las uñas en tu espalda. Me sentía caliente. Me sentía húmeda. Me sentía *necesaria*.
Y entonces vos me dijiste:
—Quiero que me chupes. —¿Ahora? —pregunté, con la respiración cortada. —Sí. Ahora. Me tenés que chupar. Me tenés que lamer hasta que no puedas más. —Está bien —dije, y vos me soltaste, me bajaste suavemente, y yo me puse de rodillas frente a vos.
Me miraste, con las manos en la pared, con la respiración entrecortada. Me sonreíste. Me sonreíste como nunca antes. Me sonreíste como si me estuvieras dando permiso.
Y yo, con calma, con lentitud, con la lengua que salía tibia y segura, te lamió la punta. Te lamí todo. El glande, el glande, el resbaladizo preseminal, el cordón, los testículos. Te lamí como si me costara la vida. Como si fuera la última vez que te iba a tocar. Como si fuera la primera vez que te iba a lamer. Me gustó. Me gustó mucho. Me gustó que vos te pusieses rígido, que te tensaras, que te agarriese los muslos, que me dijeras “sí, así, así”, y que me miraras con los ojos cerrados, como si no pudieras soportar el placer.
Me puse de pie, vos me tomaste la cara con las dos manos, me alzaste un poco, y vos me metiste la lengua en la boca. Me lamiste, me chupaste, me mordiste el labio, y yo te devolví todo, con el mismo fuego, con la misma hambre. Y entonces vos me volviste a tomar de la cintura, me levantaste, me sentí la pared, y vos volviste a entrar. Esta vez, más rápido. Más fuerte. Más hondo. Me sentí llena. Me sentí *hecha*. Me sentí tuya.
—Isabella… —dijiste, y vos te estremeciste. —Sí —respondí. —Estoy por venir —dijiste, y vos te apretaste contra mí. —Venite —dije, y vos te soltaste dentro de mí, con un gemido que no parecía humano, con una fuerza que me hizo temblar hasta los pies.
Te sentiste caliente. Te sentiste *viva*. Me sentí *hecha*.
Me dejaste caer suavemente, me abrazaste, me besaste el cuello, me susurraste al oído:
—Nunca más te voy a dejar. —Nunca más —repetí, y vos me sonreíste.
Y así quedamos, abrazados, con la luz del pasillo entrando por la ventana, con el aire que ya olía a lluvia, con el mundo afuera que seguía girando, pero que para nosotros dos, por un momento, se detuvo.
Y vos te fuiste, con un “nos vemos mañana”, y yo te dije “sí”, y vos cerraste la puerta detrás de vos.
Y yo me quedé allí, con la falda subida, las bragas en las rodillas, la concha húmeda, el cuerpo temblando, y una sonrisa que no me dejaba dormir.
Porque vos, Matías, vos no sabés lo que me hiciste. O sí. Quizás sí. Porque vos me miraste como si ya lo supieras todo.
Y yo, desde entonces, ya no te miro como al vecino del quinto piso. Te miro como al hombre que me cogió contra la pared, que me lamió hasta que no pude más, que me hizo sentir viva.
Y si mañana te veo bajando el portón, vos sabés qué va a pasar.
Te miraré. Me sonreírás. Y yo, otra vez, no diré nada. Solo te tomaré la mano. Y te seguiré.
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