Una noche con mi perra solitaria

Una noche con mi perra solitaria

@andres_rio ·9 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (36) · 11 lecturas · 9 min de lectura

No me jodas, che —yo sí me jodí, y bien jodido—, pero no fue por nada ajeno, ni por un ex que me dejó con la alma hecha mierda, ni por un mal día en el trabajo. No, no. Fue por cansancio, sí, pero también por una necesidad que me empezó a cosquillar en la médula desde las once y media de la tarde, cuando me senté en el sofá con el celular apagado, el TV sin señal, y una sensación de vacío tan profundo que hasta el aire parecía pesar más. Me miré las manos: sudorosas, los nudillos un poco rígidos, los dedos que ya no sabían qué más hacer aparte de apretar el volante o teclear un mail. Y entonces —como si algo en mi cuerpo hubiera decidido que ya era suficiente esperar— me levanté, fui al baño, cerré la puerta con la llave y me quedé ahí, parado frente al espejo, sin hacer nada, solo viéndome.

Me miré. No con odio, no con desesperación. Con curiosidad. Como si por fin me hubiera propuesto descubrirme de verdad, no como el tipo que paga el alquiler, que va a la bodega a comprar pan y leche, que se afeita con cuidado los domingos. No. Quería saber quién estaba ahí, debajo de la camiseta sudada y los jeans que ya llevaban quince horas puestos. Me desabroché la camisa. La tela se enredó en los codos, y cuando la saqué de un jalón, el aire frío del baño me pegó en el pecho y me puso los pelitos de punta. Me toqué el estómago. No rápido, no con ansiedad. Con la palma abierta, lenta, dejando que la piel me hablara: cálida, blanda en algunos lados, tenaz en otros, con una cicatriz casi imperceptible a la izquierda del ombligo, de cuando tenía catorce y caí de la moto de mi primo. Me desabroché el cierre. Me bajé el jean y la bermuda a la vez, como si fuera una sola prenda. Me quedé ahí, con los pies en el borde de la tina, los muslos descubiertos, las piernas un poco abiertas, y el pene colgando, flácido, pero ya marcado por algo más que gravedad. Era un pene de treinta y pico, no gigante, no pequeño: redondo en la cabeza, un poco inclinado hacia arriba, con el glande rojizo, húmedo ya de preseminal, como si me hubiera escuchado pensar. Me toqué. No con la mano derecha, sino con la izquierda. Dejé que los dedos rozaran el pelo rizado, oscuro y espeso, que bajaba desde el pubis hasta la base, donde se perdía entre los testículos. Los cogí suavemente, uno por uno, y los apreté con ternura, sintiendo su peso, su elasticidad, su calor. Me di cuenta de que me estaba acicalando, sí, pero también de que me estaba recordando: *acá estás, vivo, acá tenés algo que querer, que necesitar, que pedir*.

Me agarré la verga con la mano derecha. La piel de la punta estaba más sensible, y cuando la apreté con la base del pulgar y el índice, un temblor me subió por la columna. Me puse de puntillas, incliné la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Respiré hondo. Olía a jabón de manos, a sudor, a mi propia piel, a algo que ya no era solo yo, sino algo más antiguo, más animal. Empecé a mover la mano, lento, tan lento que casi no se notaba. Solo una presión, un desliz, la cabeza de la verga rozando la piel del glande, que ya se había endurecido, crecido, más grueso, más rojo. Me acordé de una vez, hacía dos años, cuando estaba en la playa con una amiga que me decía que le gustaba cuando me veía así, cuando me veía *pensando en mí mismo*, sin vergüenza. “Es el único momento en que te mirás sin pedir permiso”, me había dicho. Y yo había reído, pero ella me había agarrado la cara con las dos manos y me había besado en la frente, con una ternura que me dolió. No por tristeza. Por verdad.

Hoy no quería pensar en eso. Quería solo esto. La mano. La verga. El baño. El espejo. Y yo, solo, frente a mí mismo, sin máscaras. Subí la mano hasta la punta, hasta que el glande rozó el borde del prepucio, y luego lo bajé, despacio, muy despacio, hasta que el pene volvió a su tamaño original, pero ahora más pesado, más cargado. Lo volví a agarrar, más fuerte esta vez, y lo moví en círculos pequeños, apretando con el pulgar en la parte inferior, donde el cuerpo se unía a los testículos. Me puse de rodillas frente a la tina, aunque no había nada que agarrar, solo el espejo, el suelo frío, y mi propia respiración, que ya no era pausada. Empecé a respirar más fuerte. No como si me estuviera esforzando, sino como si cada aire que entraba fuera una descarga que me iba llevando más adentro. Me toqué el pezón derecho con el pulgar. Lo froté en círculos pequeños, como si fuera una excusa para no perder el ritmo. Y cuando sentí que la verga estaba lista —que se había llenado de sangre, que palpitaba con cada latido de mi corazón—, me dije: *ahora*. Me puse de pie, sin apuro, y me agarré la verga con ambas manos: una en la base, otra en la mitad, y empecé a subir y bajar, con un movimiento lento, constante, que no buscaba terminar rápido, sino *sentir*. La piel se deslizaba, la cabeza se ruborizaba, el prepucio subía y bajaba como una lengua viva, y mis piernas, que antes temblaban de cansancio, ahora temblaban de otra cosa. De tensión. De necesidad.

Me miré en el espejo. Me vi los ojos. Estaban vidriosos. No de lágrimas, sino de algo que no tenía nombre aún. Me vi la boca entreabierta, los labios secos, la respiración entrecortada. Me vi la mano izquierda subiéndose por el muslo, acariciando la parte interna, donde la piel es más fina, más sensible. Me vi la derecha, firme, constante, con los nudillos blancos de apretar la verga, con los dedos marcando el sendero que ella ya conocía. Y entonces —como si el cuerpo me hubiera estado esperando— me puse a pensar en *ella*, no en alguien en particular, sino en la idea de una mujer que me conociera de verdad, que me hubiera visto así antes, con los ojos cerrados, con la boca abierta, con la verga en la mano y el corazón en la garganta. Me acordé de una chica que había conocido hace un mes, en un bar del centro, que me había dicho, mientras nos besábamos en la puerta, que me gustaba cómo me movía cuando me tocaba, que parecía que *yo era el primero en descubrirme*. No me había llamado desde entonces. No sabía si me había gustado de verdad, o si era solo una broma entre amigos. Pero ahora, aquí, con la verga en la mano y el culo apretado, me dije: *si alguna vez volvés a estar con alguien, que sepa que primero estás con vos mismo*. Que sepa que no estás buscando a alguien para que te haga sentir bien. Que estás buscando a alguien para compartir lo que ya encontraste en vos.

La mano empezó a moverse más rápido. No de golpe, sino como si el cuerpo hubiera decidido que ya no podía más. La base de la verga rozaba los testículos, que ahora estaban más altos, más tensos, como si me hubieran subido hasta la ingle para estar listos. Sentí un calor que no era solo físico. Era emocional. Era de vergüenza mezclada con placer, de miedo mezclado con deseo. Me mordí el labio. No para callar, sino para sentir algo más. Para no perderme del todo. Y entonces, sin quererlo, sin planeármelo, me puse a pensar en la primera vez que me toqué solo, hacía veinte años, en el cuarto de mi casa, con la puerta cerrada y la luz apagada, con la cabeza pegada a la almohada para que nadie me escuchara. Había sido tan distinto. No por miedo, sino por inocencia. Hoy no había inocencia. Había conciencia. Había deseo adulto, pesado, real. Me miré los pies. Estaban plantados en el suelo, firme, como si me estuviera agarrando de la tierra para no caer. Me dije: *agárrate, andrés. Agárrate y dejá que venga*.

Y vino. No con un grito, no con una explosión. Con un temblor que empezó en la base de la columna y subió como una ola, lenta, inevitable, hasta que me golpeó la cabeza y me obligó a cerrar los ojos. La verga se contrajo en mi mano, como si quisiera escapar, como si me estuviera pidiendo que la soltara. Pero yo no la solté. La mantuve apretada, firme, con los dedos marcando el camino, con la palma rozando el glande, que ahora estaba brillante, húmedo, cubierto de ese líquido espeso que sale cuando estás listo, cuando ya no hay vuelta atrás. Sentí cómo la primera descarga me subió por las piernas, cómo mis muslos se tensaron, cómo los dedos de los pies se arquearon. La segunda vino más fuerte, con un grito que no salió de mi boca, sino de mi pecho, como un gruñido que no tenía nombre. La tercera me hizo cerrar los puños, me hizo inclinarme hacia adelante, con la frente apoyada en la tina, con la verga aún en la mano, con el cuerpo temblando, con la boca abierta, con los ojos cerrados, con todo mi ser diciendo: *sí, sí, sí, sí, más, más, más*.

Y cuando todo terminó, cuando las descargas se volvieron espasmos suaves, cuando el pene empezó a bajar, a perderse en la flacidez, cuando el líquido empezó a gotear de mi mano, me quedé ahí, agachado, con la frente en la tina, con las rodillas en el suelo, con el cuerpo lleno de sudor y de alivio. Respiré. No con urgencia, sino con lentitud. Como si estuviera aprendiendo a hacerlo de nuevo. Me levanté. Me limpié con el papel higiénico, despacio, sin prisa, sin vergüenza. Me lavé las manos. Me miré al espejo. No me veía como antes. Me veía como *yo*. Con los ojos más abiertos, con la piel más roja, con la boca más suelta. Me toqué el pecho. Me toqué el vientre. Me toqué el pene, que ahora estaba flácido, pero aún caliente, aún mío. Me dije: *sos capaz de esto. Estás vivo. Y si nadie más te ve, vos te veés. Y eso es suficiente*.

Salí del baño. Me puse una camiseta limpia. Me senté en el sofá. Encendí el TV. Puse algo que no escuché, algo que no vi. Me puse a respirar. A sentir. A estar. No tenía que hacer nada más. No tenía que llamar a nadie. No tenía que explicar nada. Solo estaba ahí, en mi casa, en mi vida, con mi cuerpo, con mi deseo, con mi soledad —y en ese momento, con la perra solitaria—, y era suficiente. De hecho, era más que suficiente. Era todo.

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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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