Una noche con la vecina trans que se instaló en el depto de al lado
Me llamo Renata, tengo treinta y tantos, vivo sola en un depto chico pero cómodo en Belgrano R, y ayer, justamente ayer, pasó algo que no solo me cambió la semana, sino que me hizo repensar cómo me gusta joderme con los cuerpos que me gustan. No es que ande por ahí buscando líos —bueno, sí, un poquito—, pero esto fue una sorpresa de esas que te hacen olvidar el nombre del último que te llevaste a la cama.
El caso es que se instaló la nueva vecina: una trans monísima, de nombre Lucía, que llegó el lunes con una valija de ruedas rojas y una sonrisa que parecía hecha a medida para derrumbar muros. Alto, esbelta, curvas bien marcadas bajo una camiseta ajustada, pelo largo y sedoso, y esa mirada que decía “sé lo que te pasa por la cabeza y me encanta”. Me topé con ella en el pasillo el primer día, cuando iba a sacar la basura y ella con los auriculares puestos, moviendo las caderas al ritmo de algo que solo ella escuchaba. Me miró, me sonrió, y yo —como una idiota— le devolví la sonrisa con una tonta reverencia de cabeza.
—Hola, bienvenida —le dije, un poco tímida, aunque no sabía por qué.
—Gracias, soy Lucía —respondió, quitándose un auricular—. Y vos ¿quién sos?
—Renata.
—Renata, ¿eh? —se acercó un paso, con esa postura tan suya, de quien sabe que tiene poder y lo usa con naturalidad—. ¿Y te gusta el vino barato o ya te vas por lo fino?
—Depende del día —le contesté, jugando—. Hoy, por ejemplo, me va bien cualquiera que me saque una copa.
Se rió, una risa suave pero profunda, y me lanzó esa mirada de “te la juego fácil, pero vos vení conmigo si querés”.
No volví a verla hasta el jueves. Estaba en la cocina, preparando una pasta con salsa de tomate casera (sí, soy de esas que cocinan y no solo comen), cuando escuché un golpe seco en la pared que separa ambos deptos. Otra vez. Y otra. Como si alguien estuviera golpeando el yeso con la mano abierta.
Me paré, me limpié las manos en el delantal, y caminé hasta la pared. Golpeé dos veces también, como diciendo “¿todo bien por ahí?”.
Ella respondió al instante: “¡Sí, Renata! ¡Voy a abrir!”.
Y ahí estaba, de pie en su umbral, con un short de algodón ajustado que le marcaba las nalgas duras y redondas, una remera blanca casi transparente que dejaba ver un sujetador deportivo negro, y los pies descalzos. Pero lo que más me llamó la atención fue el olor: una mezcla de vainilla, sudor fresco y algo más, más íntimo, como perfume de cama.
—¿Te pasaste de sal la salsa? —me preguntó, mirándome con una sonrisa pícara.
—No, es que soy así de intensa.
—Mmm, me gusta la intensidad —dijo, acercándose más, hasta que pude sentir su aliento en la mejilla—. ¿Sabés qué más me gusta? Que cocinés. A mí me encanta que un hombre me cocine… o una mujer, como vos.
—¿Un hombre o una mujer? ¿Te jodés con cualquiera que sepa manejar una cuchara?
—No, con cualquiera que sepa manejar *mis* cucharas —respondió, y me dio una palmada en el culo, no brusca, sino juguetona—. Pero vos no sos hombre, ¿no?
—No, no lo soy —le dije, un poco sorprendida por la naturalidad con la que lo dijo—. Soy trans.
—Sí, ya me di cuenta —se encogió de hombros—. No es que me importe demasiado la etiqueta, pero cuando me miraste la primera vez, vi esa chispa de “sabés lo que es estar en tu piel y no en la mía”. Y me encantó.
Me quedé callada un momento, sintiendo cómo se me calentaba la sangre.
—¿Y a vos te encanta lo que veés?
—Depende —dijo, y me miró de arriba abajo—. ¿Me dejás ver?
—No es que vaya a negarme… —respondí, pero ya estaba caminando hacia su depto.
La puerta se cerró atrás de mí con un clic suave. Era un lugar sencillo, pero con un toque personal: fotos de familia enmarcadas, un espejo grande al costado de la cama (sí, la cama estaba al fondo, al lado de una ventana con cortinas semitransparentes), y un perfume que me envolvió como una caricia.
—Sentate —me dijo, y me tomó de la mano—. Quiero ver bien lo que tengo enfrente.
Me senté en el borde de la cama, con las piernas juntas, las manos apoyadas sobre las muslos, y la miré. Ella se acercó despacio, como si fuera a tocar algo frágil. Se arrodilló frente a mí, puso una mano en mi rodilla, la otra en mi muslo, y me miró a los ojos.
—Sos linda —dijo, con voz grave, casi baja—. Pero no es solo eso. Sos *fuerte*. Y eso me excita como loco.
—¿Te excita que una trans sea fuerte? —le pregunté, con una sonrisa.
—Me excita que *vos* seas fuerte —corrigió, y me pasó la mano por el muslo, subiendo despacio—. Porque vos sabés lo que es luchar por lo que querés. Y cuando lo conseguís… es un orgasmo que dura días.
Me puse tensa. No por miedo, sino por la intensidad de lo que decía. Me miraba como si me estuviera desprendiendo capa tras capa, como si ya me tuviera desnuda.
—¿Y qué querés ver?
—Todo —dijo, y se levantó—. Quiero ver cómo te mueves cuando te toco. Quiero ver cómo te pones cuando te lamen la concha con la lengua. Quiero oír cómo gemís cuando te meto dos dedos y sentís que me estás atravesando el culo con cada movimiento.
—Sos muy directa —le dije, con la respiración un poco cortada.
—Y vos parecés muy callada… pero no me creés, ¿no? —se acercó otra vez, y me pasó una uña por el labio inferior—. Querés que te haga algo que te haga gritar, ¿verdad?
No respondí. Solo le agarré la mano y la apreté contra mí.
—Vení —le dije—. Si vas a hablar tanto, demostrálo.
Ella sonrió, esa sonrisa de quien acaba de ganar una apuesta, y se puso de pie. Me tomó de la mano, me levantó, y me dio la espalda.
—Despontame —me pidió.
Me acerqué despacio, con las manos temblorosas, y deshice el nudo de su short. Lo bajé con cuidado, dejando al descubierto su culo redondo, suave por arriba pero con una dureza debajo, como si fuera de cera fundida y luego endurecida. La piel era lisa, excepto por una pequeña cicatriz al costado del ombligo, casi invisible, que me hizo pensar en todo lo que había pasado para estar ahí, sentada en esa cama, con la luz tenue del atardecer cayendo sobre su cuerpo.
—Estás hermosa —le dije, y me incliné para besarle la espalda baja.
—Ahí no, no me gustan besos —se giró, me agarró del pelo y me tiró hacia atrás—. Quiero tu boca en mi concha, Renata. Ahora.
Me puse de pie, me deshice del short, y me senté frente a ella, con las piernas abiertas. Le puse una mano en la nuca, la another en su muslo, y la empujé hacia mí. Ella no se hizo rogar: metió la lengua entre mis labios, me separó la concha con los dedos, y se metió de una. Me lamía el clítoris con una intensidad que me hizo arquear la espalda.
—Sí —gemí—, así, maldita, sí.
Me lamía como si le debiera un favor a la vida, como si cada movimiento fuera una promesa de que me iba a hacer olvidar todo lo demás. Me metió un dedo, luego otro, y mientras me lamió el clítoris con la punta de la lengua, me tiró de los cabellos y me hizo abrir más las piernas.
—Te quiero dentro —me dijo—. Quiero sentir cómo te estiro cuando te meto mi polla.
Me quedé quieta un segundo. Me miró con los ojos medio cerrados, con la respiración entrecortada, y se sacó la remera por encima de la cabeza. Debajo, no había nada. Solo su piel y ese cuerpo que parecía hecho para ser tocado.
Pero lo que me dejó sin aliento fue la polla.
No era grande, pero estaba bien formada, dura como una piedra, con el glande rosado y húmedo de pre-cum. Me la mostró, como si fuera un regalo.
—Me hice la cirugía hace dos años. No es la típica, sé que no es perfecta, pero funciona… y me encanta usarla contigo.
—Dame —le dije, y la tomé con la mano.
Estaba caliente, vibrante, viva. La acaricié despacio, desde la base hasta la punta, pasando el pulgar por el glande. Ella jadeó, se apretó contra mí, y me pidió:
—Garchame, Renata. Quiero sentir tu concha contra mi polla.
Me puse de pie, me senté en el borde de la cama, con las piernas abiertas, y la llamé con un dedo. Se acercó, se sentó frente a mí, y me puso las manos en los muslos.
—Abrí más —me pidió—. Quiero ver cómo te abres para mí.
Hice lo que me decía, y ella se inclinó hacia adelante, me metió la polla entre los labios, y me frotó el clítoris con el vástago mientras se movía lentamente. Me lamía el clítoris con cada embestida, y yo le agarraba los cabellos, empujándola hacia mí.
—Sí —gemí—, así, jodéme como si no hubiera mañana.
Ella me miró, me sonrió, y me dijo:
—No te preocupes,Renata. Vamos a joder hasta que te quedes sin voz.
Me metió la polla de una, lenta, hasta la raíz, y me sentí estirada, llena, *mía*. Me puso las manos en las caderas, me apretó, y empezó a moverse. Cada golpe me hacía temblar, cada empuje me hacía gritar su nombre.
—Lucía —le dije—, querés que te joda el culo?
—Sí —susurró—, querés que te joda el culo… pero primero, quiero que me corras en la concha.
Me puse nerviosa, pero no por miedo, sino por la intensidad. Me agarré de sus caderas, la empujé hacia atrás, y le metí dos dedos. Me lamía el clítoris mientras la garchaba con la polla, y cuando sentí que me iba, le dije:
—Me voy, Lucía… me voy.
Ella me abrazó fuerte, me apretó contra su cuerpo, y me metió la polla hasta el fondo. Me corrió encima, con un gemido bajo, y yo me deshice en sus brazos, gritando su nombre como si no hubiera nadie más en el mundo.
Nos quedamos ahí, abrazadas, sudorosas, con la respiración pesada, y ella me besó la frente.
—¿Otra vez? —me preguntó.
—No —le dije, sonriendo—. Otra vez sí. Hoy no, porque me tenés que dejar caminar mañana.
—Mentís —me dijo, y me dio un beso en los labios—. Pero la próxima vez, te voy a hacer joder hasta que no te acuerdes de cómo se llama tu vecino del depto de enfrente.
—Prometido —le dije—, pero vos no te muevas. Yo voy a buscar la botella de vino.
Y así fue. Nos quedamos ahí, tumbadas, con la botella entre nosotras, hablando de todo y de nada, hasta que el sol se puso y la ciudad se encendió detrás de las ventanas.
Y si ahora vos estás leyendo esto, sabés que no es solo una historia. Es una confesión. Una promesa. Un juramento de que, cuando una trans se atreve a querer, a tomar, a dominar… es capaz de hacer que te olvides de todo, menos de lo que sentís cuando te están metiendo la polla y te están lamiendo la concha como si fuera lo único que les queda en el mundo.
Y yo, Renata, no me arrepiento de nada.
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