El Jardín de los Tres
10 minEl Jardín de los Tres
La casa de campo de la colina, con sus paredes encaladas y el techo de tejas rojizas, parecía haberse detenido en el tiempo. Un reloj de sol quebrado en el jardín, un banco de madera cubierto por hiedra, y una vieja fuente sin agua que apenas conservaba el eco de su caída. Allí, entre el olor a tierra mojada y el perfume agrio de los jazmines silvestres, se reunieron aquella tarde de julio: Lucía, Mateo y Silvana.
Lucía, de treinta y cinco años, caminaba descalza sobre el pasto húmedo. Llevaba una blusa de algodón blanco, desabrochada hasta el ombligo, y una falda larga de lino que le rozaba los tobillos. Su piel, morena y luminosa, parecía absorber la luz del sol que, ya declinante, bañaba el patio con tonos dorados y suaves. Tenía el pelo negro, recogido en un nudo torcido, del que escapaban mechas rebeldes que le acariciaban las mejillas.
Mateo, diez años mayor, con el cabello canoso a los templos y las manos curtidas por el trabajo en la madera, se sentó en el banco. Llevaba una camisa de manga corta, abierta sobre el pecho peludo, y pantalones de tela áspera, los que usaba para andar por el campo. No era un hombre bello en el sentido convencional: la nariz un poco torcida, las cejas gruesas y desiguales, pero poseía una presencia contundente, como una piedra que ha resistido los siglos sin ceder.
Silvana, la más joven, llegó poco después, con el cabello corto y rubio como hojas de maíz secas, los hombros estrechos y los muslos firmes. Vestía un vestido de tirantes, colormostaza, sin espalda, que dejaba al descubierto las cicatrices en forma de arco que marcaban su espalda baja, heredadas de una cirugía de reconstrucción tras una lesión en la médula. Era trans, y lo decía sin dramatismo, sin pedir permiso para ocupar el espacio que le correspondía: con naturalidad, como quien ajusta un botón o ordena un cajón.
—Llegas justo cuando el sol comienza a rendirse —dijo Mateo, sin levantar la vista del libro que simulaba leer.
—Es que quería ver cómo se pone la luz aquí —respondió ella, sentándose en el otro extremo del banco, cerca de Lucía, que ya había dejado caer los pies al suelo y se inclinaba para recoger una flor marchita: una petunia de pétalos arrugados.
No hubo saludos excesivos, ni gestos forzados. Habían pasado el mes anterior juntos en una fiesta en la ciudad, y algo había quedado flotando desde entonces: una tensión suave, como el zumbido de un abejorro entre flores, que nadie había querido ahuyentar. Fue Lucía quien rompió el silencio, sin mirarlos, como si hablara al aire.
—¿Alguna vez se han quedado solos en este jardín?
Mateo cerró el libro, pero no lo apoyó. Lo sostuvo en la mano, con los nudillos blancos.
—Una vez, hace años. Llovió de golpe y nos refugiamos bajo la parra. Tú estabas con tu ex, Mateo con tu esposa. Y Silvana, entonces, apenas te conocía.
Silvana sonrió, un gesto breve, casi invisible.
—Y ahora somos tres. Como si el tiempo hubiera decidido hacer una ecuación.
Lucía se levantó, caminó hasta la fuente, se inclinó y pasó los dedos por el agua estancada. El metal estaba frío, rugoso, cubierto por una capa de verdín.
—Hoy no lloverá —dijo, sin volverse.
—No —asintió Mateo—. Pero el aire huele a tormenta.
Silvana se puso de pie y se acercó a la fuente, a su lado. Ambas mujeres compartían ahora el mismo espacio, el mismo silencio. Lucía, sin mirarla, rozó con el dedo el borde del recipiente.
—Tú siempre has tenido esta habilidad —dijo Lucía—. De hacer que el aire se vuelva espeso.
Silvana no respondió. Solo se giró y, con un movimiento lento, desabrochó el primer botón del vestido. Mateo no apartó la vista del libro, pero su respiración cambió, sutilmente más profunda.
—¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? —preguntó Silvana.
—En la galería de arte —dijo Lucía—. Tú estabas frente a una pintura abstracta, con los brazos cruzados. Dijiste: “Esto no es caos, es orden que no conocemos”. Y Mateo, que estaba a tu espalda, respondió: “Y a veces el caos es solo orden que duerme”.
—Y tú, Lucía —añadió Mateo, por fin levantando la vista—, dijiste: “Dormido no significa inútil”.
Silvana se acercó entonces a Mateo. No con precipitación, sino con la certeza de quien sabe que el suelo está firme. Se detuvo frente a él, lo suficientemente cerca para que él sintiera el calor de su cuerpo, para que las puntas de sus dedos rozaran la tela de su camisa.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste cuando te vi por primera vez?
Mateo asintió, sin hablar. Silvana bajó la mano y desabrochó el segundo botón del vestido. El tejido se abrió, dejando al descubierto la curva de su hombro, la línea suave del cuello.
—Dijiste que era como una escultura que aún no ha sido descubierta —continuó ella—. Que había muchas capas por quitar, y que cada una era un misterio distinto.
Lucía los observaba. No con envidia, ni con deseo agudo, sino con una atención serena, como quien mira dos árboles creciendo juntos, y siente que el viento los une.
—¿Y qué descubriste? —preguntó.
—Que no hay misterio —respondió Silvana, ahora con la mirada fija en Lucía—. Solo cuerpo. Solo piel. Solo el tiempo que uno se da para escucharlo.
Mateo se puso de pie. No apresurado, sino con la lentitud de quien sabe que cada paso cuenta. Se acercó a Lucía, y la tomó de la mano. Ella no resistió. Su piel estaba cálida, seca, con las venas levemente marcadas.
—¿Quieres que te cuente algo? —le dijo.
—Sí —respondió ella.
—Una vez, hace mucho, estuve con una mujer. Estábamos en una habitación pequeña. Todo era rápido. Y al final, cuando todo terminó, me sentí vacío. No por ella. Porque no había escuchado nada.
Silvana, ahora sentada en el banco, con el vestido abierto sobre las caderas, dejó caer los brazos a los lados. La tela, sin sostén, se deslizó hasta sus muslos, revelando el contorno de su pecho, los pezones oscuros y firmes, como bayas maduras bajo la luz pálida.
—Entonces —dijo Lucía—, esta vez quieres escuchar.
—Quiero escuchar a los tres —corrigió Mateo.
Lucía se giró hacia él. Lo miró fijamente, sin apartar la vista. Luego, con una lentitud deliberada, se desabrochó el primer botón de su blusa. El algodón se separó, dejando ver la curva de su clavícula, el leve vello que bordeaba su escote.
—Entonces —repitió—. Escuchemos.
Silvana se levantó de nuevo. Caminó hasta Lucía y, esta vez, fue ella quien tomó su mano. La llevó hasta el centro de su pecho, sobre la camisola fina que usaba debajo del vestido.
—Siente —dijo.
Lucía no se detuvo. Apoyó la palma sobre la tela, sintió la curva, la suavidad, la rigidez de la cicatriz en su espalda baja, apenas perceptible bajo la luz.
—¿Te duele? —preguntó.
—No. Solo es un recuerdo.
Mateo se acercó. Se detuvo entre ellas, tan cerca que su aliento se mezclaba con el de las mujeres. Con la yema de los dedos, pasó sobre el hombro de Lucía, rozó la línea de su espalda, luego se volvió hacia Silvana y le acarició el cuello, bajando hasta la base del cuello, donde la piel era más tierna.
—¿Y tú? —preguntó Lucía—. ¿Cómo te sientes?
—Como si estuviera en el momento justo —respondió él—. No es un sueño. Es una elección.
Silvana se inclinó y besó la frente de Lucía. Un beso ligero, sin prisa, como si estuviera sellando una promesa antigua. Luego, con la misma calma, desabrochó el segundo botón de la blusa de Lucía. Y el tercero. El algodón se abrió, dejando al descubierto el borde del sujetador de encaje negro, y la curva de su pecho, que respiraba lento.
Mateo se arrodilló. No hacia una de ellas, sino entre ambas. Colocó las manos sobre sus muslos, sintió el calor de su piel a través del lino. Con la cabeza inclinada, acercó su boca al oído de Lucía.
—¿Te gustaría que te tocase ahora?
Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre su hombro, y asintió, apenas.
Silvana se giró y tomó su mano, la llevó a su propia boca. La besó en los nudillos, uno a uno, como si estuviera rezando. Luego la llevó a su pecho, sobre la camisola, y la presionó contra su piel.
—Toca —susurró—. No es una ofrenda. Es un regreso.
Lucía cerró los ojos. Mateo, con la otra mano, pasó sobre su cintura, bajando hasta la falda de lino, que ya se había levantado un poco con el movimiento. Con los dedos, rozó la curva de su muslo, sintió el tejido del calcetín de red que llevaba en una pierna, el hule de la otra, descalza.
—¿Te acuerdas de la primera vez que estuvimos juntos? —preguntó Silvana.
—Sí —dijo Lucía—. En el balcón de tu departamento. Tú me habías invitado a ver la ciudad desde arriba. Y luego, cuando el sol se puso, te acercaste a mí y me dijiste: “Hoy no hay miedo. Solo luz”.
—Y tú me besaste —continuó Silvana—. Y sentí que todo lo que había sido una duda, de repente, tenía forma.
Mateo, entre ellas, no decía nada. Solo movía los dedos, con suavidad, sobre la piel de Lucía, siguiendo el contorno de su cadera, bajando hasta el pliegue del muslo, donde la tela de la falda se detenía.
—¿Y qué forma tiene? —preguntó él, en voz baja.
—Es difícil de describir —respondió Silvana—. Pero cuando lo siento, es como si el cuerpo recordara algo que el tiempo había olvidado.
Lucía abrió los ojos. Miró a Mateo, luego a Silvana. Tomó su mano libre, la colocó sobre su pecho, sobre el pezón ya endurecido por la tensión.
—Entonces —dijo—. Recordemos.
Silvana se inclinó y besó el hombro de Mateo, luego el cuello, bajando hasta la clavícula. Él suspiró, sin moverse. Lucía, con la mano que aún descansaba sobre su propio pecho, lo atrajo hacia ella, y lo besó también. Un beso que no era posesivo, ni exigente, sino una invitación: *ven, no corras*.
Mateo se levantó. No con prisa, sino con resolución. Se quitó la camisa, la dejó sobre el banco, y se puso de pie entre ellas, con el torso desnudo, la piel clara y el vello oscuro en el pecho, las cicatrices de un corte antiguo en el antebrazo izquierdo, una marca que parecía una luna nueva.
—¿Me permiten tocarlos? —preguntó Lucía, con los ojos fijos en su torso.
—Sí —respondieron al unísono.
Ella se levantó de un movimiento fluido, y se puso frente a él. Con la mano izquierda, pasó sobre su pecho, sintió la dureza de sus músculos, el latido bajo la piel. Con la derecha, bajó hasta su ombligo, luego más abajo, donde la bragueta del pantalón se tensaba.
—Estás duro —dijo.
—Sí —respondió él—. Pero no por prisa. Porque quiero sentirlo todo.
Silvana se acercó por detrás de Lucía, le pasó los brazos por la cintura, y apoyó su frente en su espalda. Con la mano derecha, tomó la de Mateo y la llevó a su muslo, al borde del vestido.
—Aquí —susurró—. Donde la tela se detiene.
Mateo la tomó de la mano y la atrajo hacia él. Lucía se giró y se acercó también. Los tres formaron un triángulo perfecto, con las manos entrelazadas, los pechos casi tocándose, las respiraciones sincronizadas.
—¿Alguna vez han sentido que el tiempo se detiene? —preguntó Silvana.
—Sí —dijo Lucía—. Cuando el cuerpo habla antes que la mente.
—Yo —añadió Mateo—. Cuando siento que no soy uno solo, sino lo que se construye entre los tres.
Silvana sonrió. Bajó la mano de Mateo, que aún descansaba sobre su muslo, y la llevó hasta su propia cintura. Luego, con suavidad, bajó elástico y tela hasta sus tobillos. Quedó de pie, desnuda, con el pecho erguido, la cicatriz en la espalda baja claramente visible, los muslos firmes, las piernas ligeramente separadas.
Lucía la miró. No con admiración, sino con reconocimiento. Como si, por fin, pudiera verla tal como era.
—Eres hermosa —dijo.
—Lo soy —respondió
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.