Me la follaron dos hermanas trans en un hotel de la frontera
7 minMe la follaron dos hermanas trans en un hotel de la frontera
Yo nunca pensaba que algo así me pasaría, pero la verdad es que cuando te encuentras con el destino en un lugar como Ciudad Juárez, a las dos de la madrugada, con el calor pegándote en la piel y el alcohol ya en el cuerpo, todo es posible. Había llegado en autobús desde El Paso, después de una noche entera en el puente internacional, con la mirada baja y las manos metidas en los bolsillos, como si el frío del desierto me hubiera entrado por la nuca y no me dejará salir. Estaba solo, cansado y con ganas de olvidar, y el hotel donde me registré —el *Puente Dorado*— no tenía nada de especial: paredes manchadas, olor a cloro y cigarro, una cama doble con sábanas amarillentas. Pero entonces, como si el destino hubiera decidido que esa noche no iba a ser normal, llamaron a la puerta.
No sabía quién era. Pensé que era error, que alguien se había equivocado de habitación. Pero cuando abrí, ahí estaban: dos mujeres, altas, morenas, con el pelo recogido en coletas altas y los labios pintados de negro. Llevaban minifaldas ajustadas, botas de taco alto y una seguridad que me hizo tragar seco.
—¿Eres tú? —preguntó la más alta, con voz grave, casi ronca. Me fijé en su cuello: una cicatriz suave, casi imperceptible, debajo de la mandíbula. Una marca de cirugía. Ella me sonrió, y en ese momento supe que era trans.
—Sí —murmuré—. Yo soy.
—Soy Valeria —dijo, entrando sin esperar respuesta. Detrás, la otra se coló como si conociera el lugar desde siempre.
—Y yo soy Camila —añadió, cerrando la puerta con un clic seco.
No dije nada. Me quedé quieto, con el corazón acelerado, viendo cómo Valeria se quitaba las botas sin desatarse los cordones y Camila se sentaba en la cama, cruzando las piernas con una naturalidad que me dio calor. Sus pechos se movieron con el gesto: redondos, firmes, con pezones oscuros y visibles bajo la tela fina de la blusa.
—No te asustes —dijo Valeria, acercándose. Se puso frente a mí, me miró a los ojos y me acarició la barbilla con los dedos fríos—. Somos amigas de un tipo que te conoció en el puente. Me dijo que estabas solo y con ganas de… diversión.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunté, con la voz más firme de la que sentía en el pecho.
—Queremos cogerte —dijo Camila, sin rodeos, sin sonrojo—. Las dos. Juntas. Como nos gusta.
No tuve tiempo de responder. Valeria me tomó de la camisa y me tiró hacia atrás, sobre la cama. Me sentí pequeño, vulnerable, pero en ese instante, algo en mí se encendió. Camila se levantó, se quitó la blusa lentamente, desabotonando cada botón con parsimonia, hasta que sus pechos quedaron al descubierto. No eran grandes, pero perfectos, con esa curva que solo el tiempo y la experiencia saben dar. Se acercó y me los tocó, con las manos calientes, con los pulgares pasando por los pezones hasta que se endurecieron.
—Estás excitado —dijo Valeria, agarrándome el pene a través del pantalón. Me hizo un gesto con la cabeza—. Despágate.
Me desvestí yo solo, porque cuando Valeria intentó ayudarme, le dije: “Déjame”. Quería sentirme dueño de ese momento. Me quitó los calcetines, los pantalones, la ropa interior. Y ahí quedé, en toda mi desnudez, con el pene tieso, la vulva de Camila frente a mí, y Valeria agachada, observando. No era la primera vez que veía un cuerpo trans, pero sí la primera vez que estaba en esa posición: entre dos mujeres que sabían exactamente qué querían.
Camila se sentó sobre mí, con las manos en mis hombros, y bajó su cuerpo hasta que su pecho rozó el mío. Me besó, con la lengua abierta, profundo, y mientras lo hacía, Valeria me agarra del pene y comenzó a acariciarme con movimientos lentos, desde la base hasta la punta, limpiando con el pulgar el líquido preseminal que ya empezaba a salir.
—Tienes un pene hermoso —dijo Valeria, sin soltarlo—. Grande, firme… y huele bien.
—Es la primera vez que lo hacen conmigo así —confesé, con la voz temblorosa.
—Entonces vamos a hacerlo bien —dijo Camila, y se movió hacia abajo, colocando su vulva frente a mi boca.
No dudé. Le abrí los labios con los dedos y metí la lengua. Sabía a sal y a sudor, a femenino puro. Se arqueó, soltó un gemido ahogado y se agarró de mi pelo. Valeria no se quedó atrás: se colocó a mi espalda, me sujetó las caderas y metió el dedo índice en mi ano, con cuidado, pero sin pausas. Me estiró un poco el cuerpo y me metió un segundo dedo, mientras Camila me chupaba los pezones como si le fuera la vida en ello.
—Está bien —susurré—. Sí, así.
Valeria me estiró más, con los dedos ya tres, y empezó a girarlos. Camila me soltó los pezones y se puso de pie, volviendo a sentarse sobre mí, esta vez con la vulva pegada a mi pene. Me tomó la cabeza y me la empujó contra su entrepierna.
—Chupame mientras te meto el dedo —ordenó Valeria—. No te detengas.
Lo hice. Mientras Camila me chupaba la lengua y yo lamía su vulva, Valeria me metió el cuarto dedo, estirando el ano con paciencia, y luego, sin más aviso, me puso un dedo en la base del pene y lo movió hacia abajo, como si lo estuviera guiando hacia su propia entrada.
—¿Quieres verlo? —me preguntó, con los ojos fijos en los míos—. ¿Quieres ver cómo te cojo?
No contesté. Solo asentí.
Se levantó, se quitó el sujetador y se puso de pie frente a mí. Me mostró su cuerpo: la cicatriz del cuello, los pechos redondeados, la cintura fina y las caderas anchas. Pero lo que más me atrajo fue su vulva: labios oscuros, húmedos, con el clítoris hinchado y brillante. Me acerqué y le lamí el clítoris con la lengua. Ella jadeó, se agarró de mi cabeza y me empujó contra ella.
—Tú primero —dijo Camila, ya sin respiración—. Que te meta la lengua en la vulva y te folla con los dedos.
Valeria me empujó hacia atrás y se sentó sobre mi cara. Me obligó a abrir la boca y me metió dos dedos. Los lamí, los chupé, mientras ella se movía sobre mí, con la vulva pegada a mis cejas. Camila se acercó, me agarró del pene y lo frotó contra su humedad. Me pidió que me girara, y lo hice. Me puso una mano en la nuca y me empujó hacia atrás, hasta que su pene —sí, un pene pequeño, bien formado, con venas visibles— rozó mi ano.
—No es lo que crees —dijo Valeria, sin soltar mi cabeza—. Soy trans, pero nací con un clítoris agrandado. Lo usamos cuando queremos. Pero hoy quiero que me cojas por el culo.
Me giré. Valeria se quitó la falda y se puso de pie, con las piernas abiertas. Me mostró su trasero: redondo, firme, con una marca de cesárea en la parte baja del abdomen. Me pidió que lo tocase. Le pasé la mano por la nalgas, le froté el ano con el pulgar, lo lubriqué con la saliva que Camila me había dejado en la lengua.
—Ya no te detengas —dijo Valeria—. Mete el dedo. Y luego el pene.
Lo hice. Le metí un dedo, luego dos, y cuando sintió que estaba listo, se puso encima de mí, me tomó el pene con la mano y se bajó lentamente, hasta que su ano se tragó la punta. Me miró a los ojos, se detuvo un segundo y luego se hundió todo el camino, hasta el fondo.
—¡Ah, mierda! —grité.
—Sí —dijo ella—. Sí, así. Ahora, Camila, ponle la mano en el culo y empuja.
Camila lo hizo. Le puso la mano en la nalgas y lo jalo hacia atrás, mientras yo me empujaba hacia adelante. Valeria se movía con lentitud, con control, hasta que me pidió que la agarrara por las caderas y la sacudiera. Le lamí el cuello, le mordí la oreja, le susurré que sí, que quería más, que no me importaba el dolor.
—Camila —dijo Valeria, sin soltar el aire—. Tócame el pene. Y fóllamela con los dos.
Camila se acercó. Me tomó el pene y lo frotó contra su vulva, mientras Val
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.