Una noche con la nueva vecina del piso de arriba
10 minUna noche con la nueva vecina del piso de arriba
El portón de hierro forjado crujió suave, como si hubiera estado esperando ese momento, y Lucía subió las escaleras con el paso ligero de quien sabe que algo bueno se acerca. Tenía los pies descalzos, los dedos rozando el mármol frío de los peldaños, y una bolsa de tela con una botella de vino tinto, dos vasos y una sonrisa contenida. Arriba, en el departamento 2B, vivía ahora la vecina nueva: una mujer que había cambiado el nombre del buzón sin pedir permiso, sin disculparse, como quien cambia de ropa sin mirar el espejo. Se llamaba Martina. Y Lucía, después de tres semanas de verla cruzarse en el pasillo —con pantalones anchos y camisetas anchas, con el pelo recogido en un nudo desordenado, con una mirada que no sabía si era desconfiada o cansada—, había decidido romper el hielo con una botella de Malbec y una intención clara.
No era la primera vez que se interesaba por alguien trans. Había sido, incluso, una vez, con un chico que ahora era su amiga, y después, con otra mujer que trabajaba en la librería del barrio. Pero Martina era distinta: no por su cuerpo, que Lucía intuía que era bello pero no lo demostraba, sino por esa calma que tenía al caminar, como si cada paso estuviera pesado, deliberado, como si el mundo le exigiera más que a los demás y ella, simplemente, lo cargara sin quebrarse.
Tocó el timbre. Esperó. Oyó pasos desde adentro, lentos, seguros. El cerrojo se deslizó.
—¿Sí? —dijo Martina, entreabierta la puerta, con una toalla alrededor de los hombros, el pelo húmedo, el rostro sin maquillaje, las cejas arqueadas como si ya supiera lo que iba a pasar.
—Te traigo esto —dijo Lucía, mostrando la bolsa—. Por haberme prestado el cepillo de dientes hace dos días. Y porque me caíste bien.
Martina soltó una risita baja, seco pero cálido, como el crujido de una hoja seca bajo el pie.
—¿Cepillo de dientes? Ah, sí. El de cerdas suaves. No lo usaste, ¿no?
—No. Me dio reverencia. Como si fuera una reliquia.
Ambas se miraron un segundo más de la cuenta. Lucía sintió que su piel se ponía más sensible, que las puntas de los pezones se endurecían contra la tela del camisón de algodón. No era por desesperación, ni por hambre física inmediata: era por la tensión que se armaba en el aire, por la forma en que Martina la miraba como si ya la conociera desde siempre.
—Pasá, si querés —dijo Martina, abriendo la puerta de un tiro, como quien ofrece un asiento en el sofá de un amigo.
El departamento era pequeño, pero limpio, ordenado, con luces tenues y una música de fondo que no se oía bien: jazz suave, saxofón lento. El aroma era a lavanda y a humedad de ducha recién tomada. En la cocina, sobre la encimera, una taza de té medio vacía, una hoja de papel con garabatos —letras sueltas, nombres tachados—, y un par de zapatillas descalzas, una con el pie izquierdo desgastado.
—Sentate —dijo Martina, y se fue al baño a secarse el pelo con una toalla más pequeña, más fina.
Lucía se sentó en el sofá, con las manos juntas sobre las rodillas, mirando el marco de una foto colgada en la pared: una pareja en una playa, con sol y risas, sin duda antes de todo. Martina, más joven, más delgada, con el pelo largo y rubio, abrazada a una mujer que también sonreía, pero con los ojos un poco más apagados.
—¿Esa es tu hermana? —preguntó Lucía, sin acusar curiosidad excesiva.
—No. Mi ex. Antes de todo. —Martina volvió, con el pelo suelto, ahora ligeramente rizado, y una camiseta de algodón gris oscuro, que le dejaba ver el borde del sostén de malla negra que llevaba debajo.
—¿Y ahora?
—Ahora vivo sola. Y me encanta.
Se sentó frente a Lucía, en una silla baja, con las piernas cruzadas, los codos sobre los muslos. Tenía las manos grandes, los nudillos marcados, las uñas cortas pero bien cuidadas. Sus ojos eran verdes, claros, con un brillo que Lucía no supo describir: ni dulce ni agresivo, sino… observador. Como si estuviera midiendo cada gesto, cada respiración.
—¿Por qué me trajiste vino? —preguntó, tomando la botella y mirándola con atención.
—Porque me gustás. Y porque no quería empezar con un “hola, buenas noches, ¿cómo estás?” y terminar con un “buenas noches, chau”.
Martina soltó otra risa, más larga, y se levantó para abrir el vino. Lo movió suavemente, lo olió, lo sirvió en los vasos que Lucía había traído. Los puso sobre la mesa de centro, con cuidado, sin mirarlas directamente.
—Vos tenés una forma rara de decir que te gustan las personas —dijo.
—¿Cómo? ¿La de la toalla y el cepillo?
—La de venir a casa de una desconocida y ofrecerle vino sin pedir permiso.
—Pero vos me dejaste entrar. Y me ofreciste sentarme. Y me mirás como si ya me conocieras.
Martina se acercó un poco más, hasta que sus rodillas tocaron las de Lucía. No fue brusco, ni forzado: fue un movimiento natural, como si el espacio entre ambas se hubiera encogido sin que ellas lo notaran.
—Y vos tenés una forma rara de mirar —dijo, y su voz bajó un tono—. Como si estuvieras leyendo algo que escribí hace mucho y que finalmente entendiste.
Lucía sintió un calor en el cuello, que bajó hasta los pechos, y luego más abajo, hacia el centro de su vientre. No era la primera vez que le decían eso, ni que sintiera ese calor. Pero con Martina, algo era distinto: no era solo deseo, ni solo atracción física. Era como si su cuerpo supiera, antes que su mente, que esta mujer era la que había estado esperando.
—¿Me permito…? —preguntó, y se levantó, acercándose hasta donde estaba Martina.
No esperó respuesta. La tomó de la mano, lentamente, como si temiera que se fuera a disolver entre sus dedos. La piel de Martina era suave, pero no frágil: callosa en algunos puntos, suave en otros, como si hubiera trabajado con las manos, pero también se hubiera cuidado. Lucía la llevó hasta el sofá, y ambas se sentaron, ahora juntas, con las manos entrelazadas, las rodillas rozándose.
—¿Vos siempre hacés esto? —preguntó Martina, con una sonrisa.
—No. Solo con las que me dejan entrar.
—Y si no te dejara entrar, ¿qué harías?
—Volvería al día siguiente. Y al siguiente. Hasta que lo hicieras.
Martina lo miró fijo, y luego soltó la mano. No para alejarse, sino para ponerla sobre el muslo de Lucía. La palma plana, los dedos extendidos. Luego, con lentitud, subió el muslo, rozando la tela del camisón, hasta que su mano quedó sobre el muslo interno, cerca de la ingle. No apretó. Solo se quedó allí, como si estuviera aprendiendo el contorno de algo nuevo.
—Estás sudando —dijo, y se inclinó para olerle el cuello.
Lucía se estremeció, pero no retrocedió. Se dejó llevar, con la cabeza ligeramente inclinada, dejando que Martina tocara su piel, que la oliera, que la saboreara con la respiración.
—Y vos —susurró— tenés el cuello humedecido de mi sudor.
Martina rió, suave, y se incorporó para mirarla con los ojos entrecerrados.
—¿Querés que te saque la camiseta?
—Sí —dijo Lucía, sin dudar.
Martina le desabrochó los botones del camisón con lentitud, cada uno como un acto de fe. Cuando quedó abierto, no se apresuró. Se inclinó, lamió el pezón derecho, con un movimiento suave, húmedo, y luego lo chupó, con la boca tibia y los labios sensibles. Lucía cerró los ojos, dejó que el placer la invadiera, y puso las manos sobre la nuca de Martina, para que no se alejara.
—Vos tenés pechos hermosos —dijo Martina, cuando se separó un momento—. No grandes, pero firmes, con pezones que parecen pétalos. Y sensibles.
—Y vos —respondió Lucía— tenés una lengua que sabe a vino y a promesas.
Martina se levantó entonces, y tiró su camiseta al suelo. Se quedó con el sostén de malla, con el pelo suelto, con la piel dorada por el sol de verano, y con una cicatriz fina, casi invisible, en el costado del pecho izquierdo. Lucía la miró, y no preguntó. Sabe que hay cicatrices que no se tocan con palabras.
—Dame un minuto —dijo Martina, y se fue al baño.
Volvió con una pequeña caja de madera, que puso sobre la mesa. La abrió: dentro, un lubrificante de coco, un preservativo de látex, y un vibrador pequeño, redondo, de silicona negra.
—No lo uso siempre —dijo—. Pero hoy me sentí valiente.
Lucía sonrió, y se quitó el resto de la ropa. Se quedó con los calzoncillos de algodón, pero se inclinó para besar el vientre de Martina, y luego deslizó los dedos por su ombligo, hasta que llegó a la cintura de su pantalón. Lo desabrochó, lo bajó con suavidad, y vio que Martina no llevaba ropa interior debajo. Solo una capa fina de vello, suave y oscura, que rodeaba una concha tersa, húmeda ya, con la humedad que le había sacado con la lengua.
—Vos me estás poniendo mojita —dijo Martina, con voz ronca.
—Y vos me estás poniendo loco —respondió Lucía, y se puso de rodillas frente a ella.
No se apresuró. Comenzó por fuera, con los labios mayores, con la piel sensible que rodea la concha. Lamió, chupó, mordisqueó con cuidado, hasta que Martina empezó a mover las caderas, con un ritmo suave, como si estuviera bailando sola. Entonces Lucía separó los labios con los dedos, y vio el clítoris: pequeño, erguido, con un color rojo oscuro, como una cereza madura. Lo rozó con la punta de la lengua, una vez, dos, tres, y luego lo chupó con suavidad, mientras sus dedos se metían dentro de su vagina, con movimientos lentos, buscando su punto.
Martina gimió, alto, y se apoyó en el respaldo del sofá, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
—Sí —susurró—. Así. Más profundo.
Lucía le puso las manos en las caderas, para sostenerla, y metió dos dedos, con curva hacia arriba, buscando la entrada de su útero. Martina se estremeció, y su respiración se hizo más rápida, más entrecortada. Entonces Lucía se levantó, se quitó los calzoncillos, y se sentó frente a ella, con las piernas abiertas, con su concha húmeda, con su corazón golpeándole en los oídos.
—Quiero estar adentro —dijo Martina—. Quiero sentir tu concha contra la mía.
Lucía asintió, y se puso el preservativo. No era necesario, pero Martina lo quería. Quería sentirse protegida, quería que Lucía la cuidara.
Se abrazaron, con las piernas enredadas, con los pies rozándose, con las manos acariciando espaldas, caderas, cuellos. Y cuando Martina la empujó hacia adentro, con un movimiento lento, profundo, Lucía cerró los ojos y sintió que su cuerpo se llenaba de luz.
Estaba apretada, cálida, húmeda. Sus músculos la apretaban suavemente, como si la estuvieran besando desde adentro. Se movieron con calma, al principio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Martina la miraba a los ojos, con una sonrisa que no se le borraba, con la frente sudada, con los labios rojos por tanto chupar.
—Sí —dijo—. Sí, así. No pare.
Y Lucía no paró. Subió más fuerte, con los caderas pegadas a las de Martina, con su concha rozando la de ella, con sus pechos aplastados, con su aliento mezclado. Se sintió bien, muy bien, con una sensación que no había sentido en mucho tiempo: era como si su cuerpo hubiera estado esperando esto, como si cada célula supiera que esto era lo que le faltaba.
—Estoy por venir —dijo Martina, con voz rota.
—Yo también —respondió Lucía.
Y juntas se vinieron, con un grito que salió de lo más hondo, con las manos apretadas, con las uñas clavándose en la piel, con los ojos cerrados, con el mundo que se disolvía en una sola sensación: la de estar juntas, en el mismo momento, con la misma respiración.
Se quedaron así, abrazadas, sudadas, con las piernas temblorosas, con la respiración pesada. Martina le acarició el pelo, con los dedos temblorosos, y le besó la frente.
—Volvé a venir —dijo.
—Sí —dijo Lucía—. Mañana. Y al día siguiente. Hasta que lo hagas.
Y
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