Una noche con el nuevo vecino del piso de arriba
Sí, vos sabés cómo es esto: cuando se muda alguien nuevo en el edificio, todos lo notamos. El portero lo comentó en la cocina, la señora de la lavandería lo miró de reojo, y hasta el viejo Raúl, que nunca levanta la vista del diario, dijo “mire quién subió al quinto, un tipo bien fornido, con hombros de albañil y cara de quien sabe lo que quiere”. Y sí, lo recordé porque era justo el día que me pasé la tarde entera con el aire acondicionado roto, sudando como perra en celo, y el sonido de las cajas que bajaban por las escaleras me sacó de mis casillas. Pero cuando lo vi por primera vez en persona, con los pantalones ceñidos en las nalgas y una camiseta mojada de sudor que le marcaba el pecho, me dije: *ahí tenés tu salvación*.
Se llamaba Martín. Treinta y tantos, divorciado, sin hijos —o eso dijo cuando lo vi por segunda vez, cuando me encontró parada en la puerta de mi depto.4B con una caja de vino que no podía subir sola. Me miró y me sonrió con una seguridad que me puso la piel de gallina. “¿Necesitás mano, Valeria?” —me dijo, y el nombre me salió de su boca como algo ya conocido, como si lo hubiera pronunciado antes en sueños, en voz baja, mientras me tocaba.
Le dije que sí, claro. ¿Quién iba a decir que no a un tipo como él, con esos brazos marcados, esos ojos verdes que parecían saber exactamente dónde me iba a tocar? Subimos la caja juntos, paso a paso, y cada vez que se acercaba, sentía su calor, su olor a jabón de barro y sudor. Cuando pasó frente a mí en la escalera, la cadera rozó mi muslo, y yo no me moví. No me importó. Me gustó. Me puso en jaque.
—Vivís solo vos acá abajo? —me preguntó, apoyando la caja en el piso del pasillo.
—Sí. Hace dos años. Mi vieja se murió, y desde entonces, el silencio es mi única compañera —respondí, y me di cuenta de que era la primera vez que lo decía en voz alta, sin que me doliera tanto.
—¿Y nunca te cansa tanto el silencio?
Me miró. No era una pregunta cualquiera. Era una invitación disfrazada, una trampa suave y sabia. Yo sonreí, le pasé la lengua por los labios, y le dije:
—Depende de quién venga a romperlo.
Esa noche, mientras me duchaba, sentí su presencia en el aire. Como si el agua hubiera sido suya, como si el vapor le perteneciera. Me dije: *no te pases, Valeria, es nuevo, no sabés nada de él*. Pero el cuerpo no escucha esas razones, sobre todo cuando llevás meses sin tocar, sin ser tocada, sin sentir un aliento en el cuello que no sea el tuyo propio.
Al día siguiente, cuando salí a comprar, lo encontré en la puerta del edificio, con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Me miró y dijo:
—Me quedó un vaso de más. ¿Querés acompañarme? Es temprano, pero ya es tarde para no empezar.
No me lo pensé dos veces. Subimos, abrimos la puerta de su depto. —¿Querés que te sirva algo? —me preguntó, y yo le dije: “Un vaso de vino, bien frío, y después… después vos me vas a explicar qué es lo que querés”. Él se rió, bajo y profundo, como una promesa hecha sonido.
La primera copa fue pausada, de esas en las que se miran, se miden, se toman el tiempo. Pero la segunda, cuando el vino ya le brillaba en los ojos y a mí me temblaban un poco las manos al sostener el vaso, él se levantó y caminó hasta mí, despacio, como si me estuviera acercando a una estatua que iba a tocar con los ojos cerrados. Se puso frente a mí, me tomó la mano y la apretó contra su pecho. Sentí el latido, fuerte, rápido, como si me estuviera hablando en un idioma que yo ya conocía.
—Estoy loco por vos —me susurró, y el aliento me quemó la oreja—. Desde que te vi ayer, no paro de pensar en cómo serían tus tetas bajo una remera ajustada, en cómo se movería tu culo si caminaras descalza por el pasillo.
Yo lo miré, y le dije:
—¿Y si te digo que ya me puse en la ducha pensando en vos?
Se le dilataron las pupilas. Me agarró la cara con las dos manos y me besó. Fue un beso de los que arrancan fuego en el centro del pecho. Lengua, dientes, saliva, hambre. Me lo comí. Me lo tragué entero. Me lo desvestí con los labios y los pulgares, desabotonando con lentitud, como si cada botón fuera una promesa que no quería romper.
Lo empujé hacia la cama, y cuando se tumbó, lo miré con calma. Era hermoso: piel morena, pelo oscuro en los pechos, abdomen marcado sin ser exagerado, y un pene que ya se erguía en su pantalón, tenso, hinchado, esperándome. Le desabroché la camisa con lentitud, y mientras lo hacía, lo miraba a los ojos. Él no apartó la vista. Me gustó eso: el control, el consentimiento, el deseo compartido. Le bajé la cremallera de la pantalón, lentamente, y cuando lo vi salir, libre, no pude evitar soltar un suspiro.
—Dios, qué hermoso tenés el pito —le dije, y lo toqué con la punta de los dedos, acariciando el glande húmedo, la cabeza ya brillante de presemilla.
Se estremeció. Me tomó la mano y me guió hasta su polla, y entonces la apreté con fuerza, moviendo la mano con un ritmo que me salía de las tripas. Lo miré mientras lo hacía, y cuando vi que sus ojos se cerraban, que su respiración se volvía entrecortada, le dije:
—Quiero verte venir dentro de mí. Pero primero, voy a garcharte bien.
Me levanté, me desvestí hasta quedar en ropa interior, y me puse de cuero sobre la cama, con las piernas abiertas, la concha al descubierto. Él se incorporó, me miró, y cuando vio mi pollita ya húmeda, me dijo: “Juro que no aguanto ni un minuto más si no me dejás meter la lengua ahí adentro”. Yo le sonreí, le dije “vení”, y cuando se inclinó, se lo comí como si fuera lo único que me quedaba en el mundo.
Lo hice con calma, primero el clítoris, luego los labios, luego hundí la lengua adentro, profundamente, como si quisiera encontrarle fondo. Lo sentí respirar pesado, agarrarse de mis caderas, y cuando me metió los dedos, dos a la vez, yo grité. Me abrió la concha con los dedos, me masajeó el punto G con una precisión de cirujano, y yo me deshacía en sus manos, sudando, jadeando, pidiéndole más.
—Martín, pinche gordo, no pare, no pare, no pare… —le decía, mientras me retorcía, mientras me dejaba ir.
Cuando me sentí a punto de estallar, lo empujé hacia atrás y me puse de pie. Me quitó el resto de la ropa, y cuando me tuvo desnuda frente a él, me tomó de la cintura y me lo puso frente al pene, que ya estaba más duro que el concreto.
—Quiero entrar desde atrás —le dije, y él, sin dudar, me tomó las caderas, me inclinó sobre la cama, me abrió la concha con una mano y con la otra se lubricó bien la polla con la saliva que me había robado.
Lo sentí rozándome, la cabeza de su pene rozándome el ano, y luego, lentamente, entrando. No fue rápido. Fue profundo. Fue dueño. Me rompió la espalda con su peso, pero no me quejé. Le dije: “Sí, así, meterme todo, garcharme hasta que no me acuerde de mi nombre”.
Y lo hizo.
Me lo metió todo, una y otra vez, con fuerza, con ganas, con ese deseo que no se puede esconder. Me agarró los pechos, me los apretó, me los molió, y mientras me cogía, me susurraba al oído: “Sos una gorda hermosa, Valeria, una perra que sabe lo que quiere, un culo que no quiere otra cosa que mi polla”, y yo le decía: “Sí, Martín, sí, metéme esa verga, cogeme que me estoy rompiendo, no pare, no pare, que voy a venir otra vez”.
Y cuando sentí que mis músculos se cerraban, que mi concha se estrechaba alrededor de su polla, que el orgasmo me subía por las espinas y me explotaba en la cabeza, él me agarró más fuerte, me clavó los dedos en las caderas y me corrió dentro, a raudales, llenándome con todo lo que tenía. Lo sentí temblar, lo sentí soltar un grito gutural, como de animal herido, y entonces yo también grité, sin vergüenza, sin miedo, con todo lo que tenía.
Me dejó caer sobre la cama, boca abajo, y él se acostó a mi lado, con la respiración aún pesada, con la polla que aún estaba dentro de mí, blanda ya pero contenta, como si supiera que había hecho su trabajo.
—Sos una mala —me dijo, y me acarició el pelo con suavidad.
—Y vos, un gordo peligroso —le respondí, y me di vuelta, lo miré a los ojos, y le dije: “Otra vez, Martín. Otra vez, que me tenés que enseñar a hacerlo bien”.
Y así fue. Hasta que el sol se puso, hasta que el teléfono sonó dos veces y no lo atendimos, hasta que no nos quedó ni una gota de energía para mover un dedo, ni siquiera para reírnos.
Pero al final, cuando ya todo estaba en silencio, y el vino se había acabado, y el cuerpo de Martín estaba pegado al mío, con sus brazos alrededor de mi cintura, yo le susurré:
—Gracias.
—Por qué me das gracias —me dijo, y me besó la nuca—. Yo soy el que te tiene que dar las gracias. Porque vos me enseñaste cómo se siente estar vivo de nuevo.
Y sí, era cierto. Había vuelto a sentirme viva. No con una promesa, no con un futuro lejano. Con una mano en el culo, una polla metida, y un beso que me dejó sin aire.
Y si alguien pregunta, yo digo: valió la pena.
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