Me la comí entera en el barrio La Candelaria, entre la lluvia y el ron

Me la comí entera en el barrio La Candelaria, entre la lluvia y el ron

@valeria_storm ·1 de julio de 2026 · 🔥 4.3 (21) · 248 lecturas · 10 min de lectura

Yo no creí que aquella noche fuera a terminar así. Llovía a cántaros en La Candelaria, el aire pegajoso se mezclaba con el olor a empanadas fritas y café recién hecho que salía de la esquina del viejo don Lucho, y yo, con mi camiseta mojada y el pelo pegado a la frente, me metí en *El Pico*, ese bar chiquito que huele a madera vieja, cigarros baratos y sudor de hombre contento.

Estaba sola. No, no en el sentido de que no tuviera amigos ni nada —es que mi novio de entonces, un tipo serio de corbata de seda y mirada aburrida, me había dejado dos semanas antes con una frase de esas que duelen más por lo tontas que por lo duras: *“No somos compatibles”*. Como si el cuerpo no tuviera memoria, como si el calor de sus manos no se quedara grabado en mis caderas.

Llegué sobre las once y media. El bar estaba medio vacío: unos cuantos tipos de barba de tres días y camisas abiertas hasta el ombligo, una pareja mayor tomando cerveza con hielo y mirándose como si se acabaran de conocer, y al fondo, apoyado en el mostrador, un tipo que me puso los ojos encima antes de que me hubiera quitado el poncho.

No era guapo al estilo de esos modelos de revista —ni tan alto, ni tan musculoso, ni con el pelo peinado con gel— pero tenía algo. Una postura suelta, como si el mundo no lo apretara mucho. La piel morena, oscura pero no negra, con reflejos dorados bajo las luces tenues del bar. Los ojos oscuros, rasgados, y una sonrisa que no le llegaba del todo a la boca, como si siempre estuviera conteniéndose. Se llamaba Mateo. Lo supe porque el barman lo llamó así cuando le preguntó si quería que le reservaran una mesa.

—¿Tú también entraste por la lluvia? —me preguntó cuando me senté al final del mostrador, a dos sillas de él.

—Sí, hermano. Me trapeó el agua. Me siento como un plátano macho mojado —le dije, y me reí de mi propia broma, un poco forzada, pero con ganas.

—Ese es un plátano con potencial —respondió, y me pasó una servilleta.

La toqué con la punta de los dedos. Seca. Fresca. Luego la puse sobre la nuca, donde aún me corrió el agua.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Estoy peor de lo que parezco —mentí—. Pero mejor de lo que pienso.

Mateo pidió dos rones, el de la botella negra, el que no se bebe puro pero se bebe bien con hielo. Le dije que sí con la cabeza, y cuando el vaso llegó, lo levantó hacia mí, como un brindis silencioso. Nos miramos. Yo no bajé la vista. Él tampoco.

—¿Vives por aquí? —me preguntó.

—En la carrera séptima, a dos cuadras. Un depto chiquito, con paredes que sudan cuando llueve —le dije—. Y una cama que cruje como si le doliera el alma.

—Suena a sitio de confesiones —dijo, y esta vez sí me sonrió de verdad.

—Todas las noches son confesiones si uno tiene la suerte de estar con quien escucha —le respondí, y me di cuenta de que decía algo más de lo que quería.

—¿Y qué confesarías tú, si pudieras hacerlo en voz alta? —me preguntó, inclinándose un poco, como si temiera que la lluvia nos escuchara también.

—No sé. Cosas que duelen. Cosas que calientan. Cosas que no sé si son pecado o deseo —le dije, y tomé un trago. El ron me quemó la garganta, pero no me detuvo.

—Yo he confesado mucho en mi vida —dijo—. A veces con palabras. Otras… con las manos.

—¿Y cuándo fue la última vez que confesaste algo así?

—Hace poco —dijo, y me miró la boca—. En una cocina. Con una mujer que no debía tocar.

—¿Y qué pasó?

—Pasó que ella me cogió la cara entre las manos, me dijo que no pensara, y me besó hasta que olvidé mi propio nombre.

Me sentí un cosquilleo en el fondo de la espalda. Una tensión suave, que no era miedo, sino anticipación. Como cuando el trueno suena lejos, pero el aire ya huele a electricidad.

—¿Y si te dijera que yo también quiero olvidar mi nombre por un rato? —le dije.

—Entonces te diría que te acerques —respondió.

Y lo hice.

Me bajé de la silla, caminé entre las mesas, y me paré frente a él. Me pasó la mano por la cintura, y yo apoyé la frente en su hombro. Huele a tabaco y a jabón de palo. A algo que no conozco, pero que me suena a casa.

—¿Tienes miedo? —me preguntó.

—No. Tengo ganas —le dije.

—¿Ganas de qué?

—De que me hables en voz baja. De que me toques como si supieras dónde duermo. De que me digas algo que me haga temblar.

—Vamos a mi casa —me dijo.

—¿Ahora?

—Ahora.

No hubo más. Salió de la silla, me tomó de la mano, y salimos a la lluvia. No teníamos paraguas. Caminamos de la mano, los dedos enroscados, como si fuéramos dos jóvenes que no saben que el mundo es cruel. Me miraba de vez en cuando, y cada vez que lo hacía, yo sentía que me calentaba más.

Llegamos a un apartamento en el segundo piso de una casa vieja, con ventanas que daban a la catedral. El techo era bajo, las paredes blancas pero con manchas de humedad, y en la cocina, un mesón de madera con grietas. Mateo encendió una lámpara de pie, y la luz se volvió amarilla, cálida, como si supiera que aquello era importante.

—Tómate el poncho —me dijo.

—No —le dije—. Déjalo. Ya no necesito protección.

Me quitó la camiseta con la suavidad de quien abre una carta antigua. Me miró los pechos, los senos pequeños pero firmes, los pezones oscuros ya endurecidos por el frío y por la mirada de él. No dijo nada. Solo se arrodilló, y con la lengua, lenta, me lamió el pecho izquierdo, y luego el derecho. Me llevó la lengua al pezón, y yo me incliné hacia atrás, apoyada en la mesa, con las manos en su cabeza.

—Eres rica —me dijo, y me mordió suavemente el pecho.

—Tú eres el que huele a deseo —le respondí.

Me levantó, me quitó el pantalón, y cuando me lo bajó hasta las rodillas, me puso una mano en la cadera, y con la otra me acarició el culo. Me dio la vuelta, me puso la frente contra la pared, y se puso detrás, con las rodillas entre mis piernas. Me separó las nalgas con las manos, y me metió la lengua en el ombligo, luego en el hueco de la espalda, y luego me rozó el culo con la punta de la lengua, sin presión, como si me estuviera preguntando permiso.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Sí —le dije—. Pero no me estés preguntando. Hazlo.

Me separó más las piernas, y con la mano derecha, me metió dos dedos en la vagina. Estaba humeda. Caliente. Ya lo estaba desde que entré al bar. Me movió los dedos lentamente, y yo me apreté contra él, como queriendo que se metiera más.

—Estás mojada —me dijo.

—Sí. Por ti. Porque sé que me vas a coger.

—No te prometo que lo haga bien —dijo—. Pero te prometo que lo haré con ganas.

Me dio una palmada en el culo. No fuerte. Pero sí lo suficiente para que me estremeciera.

—Abre las piernas más —me ordenó.

Lo hice.

Se puso de pie, se desabrochó los pantalones, y yo lo vi: un pene grande, grueso, tieso, con el prepucio oscuro. Se pasó la mano por encima, se lubricó con la saliva que le dejé en el pecho, y se colocó frente a mi vagina.

—¿Estás lista? —me preguntó.

—Sí. Mete ese pito ya.

Se metió. Lentamente. Primero la punta. Luego, con un movimiento suave, fue entrando. Yo sentí su grosor, la tensión de mi cuerpo al abrirse, y luego, cuando ya estaba todo adentro, me puso las manos en la cadera y se quedó quieto. Me besó el cuello. Me lamió la oreja.

—Estás apretada —me dijo—. Como si me estuvieras agarrando con ganas.

—Sí —le dije—. Pero no me pares. Mueve esa cadera.

Y así empezó. Un ritmo lento, profundo. Cada embestida lo hacía con calma, como si me estuviera leyendo el cuerpo. Me puso una mano en el pelo, me jaló suavemente, y me besó el cuello. Me mordió la nuca. Me dijo cosas en voz baja, cosas que no recordaré, pero que sentí.

—Eres buena —me dijo—. Muy buena.

—Cógeme más fuerte —le pedí.

Y lo hizo. Me cogió con fuerza. Me clavó las uñas en los muslos, y yo le agarré los brazos, y le dije que me diera todo. Que no me cuidara. Que me cogiera como si fuéramos los últimos dos humanos en la tierra.

Y así lo hizo.

Me dio la vuelta. Me puso de pie, con las piernas abiertas, y yo me pasé las mías por su cintura. Me puso contra la pared, y me cogió con más fuerza. Me metió la lengua en la boca, y yo se la chupé como si fuera la última vez. Me pegué a él, con el pene dentro, con sus manos en mis caderas, con su aliento en el cuello.

—Te quiero comer entera —me dijo.

—Pues cógeme entera.

Se quitó el pene, me dio la vuelta, me puso de cuclillas, y me metió la cara entre sus piernas. Me besó el pubis, me separó los labios con los dedos, y me lamió la clítoris. Me lamió como si le fuera la vida en ello. Me mordió suavemente el clítoris, y yo me derrumbé. Me vine en su boca, con los ojos cerrados, con las manos agarrando el respaldo de una silla.

—Mierda… —susurré.

—No digas eso —me dijo—. Di que me quiero venir.

—Me quiero venir —repetí.

—Dilo más fuerte.

—Me quiero venir.

—Conmigo.

—Conmigo.

—Dime quién te cogió.

—Tú. Mateo. Me cogiste.

—Dime que te gusta.

—Me gusta. Me gusta que me cogas.

—Dime que me quieres.

—Te quiero. Te quiero, Mateo.

Y entonces se puso de pie, me dio la vuelta, y se metió dentro de nuevo. Me cogió con fuerza, y esta vez yo lo sentí todo. Su pene se estremeció dentro de mí, y yo sentí el calor de su semen, mezclándose con mi humedad, y yo me vine otra vez, con él.

Se derramó dentro de mí, lentamente, y yo lo sentí todo. Me agarró la cara, me miró a los ojos, y me besó.

—Eres rica —me dijo.

—Y tú eres un animal —le dije.

—Sí. Pero solo contigo.

Nos quedamos un rato abrazados en el suelo, con el ron y la lluvia fuera. Él me acariciaba el pelo. Yo le acariciaba el pecho.

—¿Qué hacemos ahora? —le pregunté.

—Te invito a otro ron —dijo.

—No —le dije—. Te invito a mi casa.

—¿Y qué hacemos allá?

—Te mamo.

—¿En serio?

—Sí. Y luego te cogo.

—Dios mío —dijo, y se rió—. Eres una loca.

—Sí. Pero una loca que te quiere.

—Entonces te voy a querer también —dijo, y me besó—. Pero antes, un ron. Porque esto no termina aquí.

Y así fue. Tomamos otro ron. Y luego otro. Y cuando salimos, la lluvia había cesado, y el aire olía a tierra mojada y a esperanza.

Me cogió de la mano.

—¿Te acuerdas de la primera vez que entraste a *El Pico*?

—Sí.

—¿Y qué pensaste?

—Que el mundo me iba a doler.

—¿Y ahora?

—Ahora pienso que el mundo me va a gustar. Si sigue así.

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@valeria_storm

Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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