El día que el jefe me pidió que me arrodillara y le chupara el pene en su oficina, entre papeles y silencio
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El teléfono sonó a las 13:47, justo cuando Valeria ya tenía el café frío en la taza y el primer bocado del sándwich de lomo en la boca. Era un tono corto, seco, de those que no te dan opción: el tono del jefe. No era una llamada cualquiera. Era la llamada que venía después de dos semanas de miradas que se deslizaban por su cuerpo como si le estuvieran midiendo el contorno con las yemas de los dedos. Miradas que no bajaban rápido cuando ella se levantaba del escritorio para ir a la fotocopiadora, que se quedaban pegadas en su cintura al doblarse para recoger un papel, que subían por sus muslos cuando se cruzaba de piernas en la silla, sin intención aparente —o con intención demasiado aparente.
—Valeria, subí a mi oficina —dijo Lucas, sin darle lugar a pregunta—. Necesito que revisés el informe del cliente X. Y después… quedáte un rato.
No era un pedido. Era una orden.
Ella ya lo había notado antes: Lucas no decía «por favor», ni «¿te molestaría…?», ni siquiera «podrías…». Usaba frases cortas, directas, con un tono bajo que sonaba como un gruñido de perro guardián. Y eso, en vez de asustarla, la ponía nerviosa de otra manera: una mezcla de miedo y deseo que le hacía latir el corazón más rápido y le secaba la boca.
Subió las escaleras lentamente, con los tacones que hacían *clic clic* en el piso de mármol. Sabía que él la estaba escuchando. Sentía su mirada desde la puerta entreabierta, y cuando entró, Lucas no levantó la vista del monitor. Estaba sentado en su silla ejecutiva, camisa blanca abierta hasta el pecho, corbata deshecha, los puños subidos hasta los codos. Tenía los antebrazos cubiertos de vello oscuro, tensos, como si estuviera conteniendo algo.
—Sentate —dijo, sin mirarla.
Valeria no se sentó. Se quedó de pie, frente al escritorio, con las manos atrás, apretadas contra la cadera. Sabía que él quería que se sentara. Pero también sabía que si lo hacía, le estaría entregando el control. Y eso era lo único que no iba a dar.
—Me dijiste que revisara el informe —dijo, con la voz más calmada posible, aunque le temblaba un poco la punta de la lengua—. ¿Dónde está?
Lucas finalmente levantó la vista. Sus ojos eran grises, como el cielo antes de la tormenta, y ahora tenían ese brillo húmedo, de alguien que ya había decidido algo y solo esperaba que los demás lo aceptaran.
—Está ahí —dijo, señalando el escritorio con un movimiento de barbilla. Pero no miró el informe. Miró a Valeria. De arriba abajo. Lento. Como si la estuviera desnudando con la mirada, y cada centímetro de tela que la cubría se volvía invisible.
—Después lo revisamos —agregó.
—¿Después? —replicó ella, arqueando una ceja—. ¿Y si el cliente llama?
—No va a llamar.
—¿Y si…?
—No hay un «y si». —Se levantó entonces, despacio, sin prisa, como un león que ya sabe que su presa no va a escapar. Valeria sintió cómo el aire se hacía más denso, como si el oxígeno se hubiera vuelto más espeso, más caliente. Él dio dos pasos, y el olor de su colonia —madera oscura, tabaco y algo más animal— le golpeó la cara. Le hizo acordarse de una noche en la que había ido a un bar de Palermo Hollywood, con una amiga, y un tipo le había ofrecido un trago que decía «fuego en la lengua». Ella rechazó, pero el tipo sonrió y le dijo: *No es fuego. Es que vos ya estás ardiendo. Solo que no lo sabés*. Valeria le había dicho que se jodiera. Pero ahora, con Lucas a veinte centímetros, entendió lo que había querido decir.
—¿Y si yo no quiero revisarlo después? —dijo ella, pero su voz ya no sonaba tan segura.
—Entonces —Lucas se detuvo frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor de su pecho a través de la blusa—… me lo vas a querer. Porque yo te lo voy a hacer querer.
Valeria tragó saliva. No por miedo. Por deseo.
—¿Y cómo vas a hacer eso? —preguntó, desafiante, pero con un hilo de voz que temblaba.
Él no respondió con palabras. Respondió con manos.
Las puso en su cintura, con firmeza, no bruscas, pero tampoco suaves: con autoridad. Y la empujó hacia atrás, hasta que sus piernas tocaron el borde del escritorio. Valeria sintió el frío del mármol a través de la falda, y el corazón le dio un vuelco. No iba a caer. No iba a perder el equilibrio. Pero sí iba a ceder. Lo sabía.
—¿Ves esto? —dijo Lucas, agarrándole la mano y llevándosela hasta su entrepierna. Allí, bajo la tela de su pantalón, sentía un bulto firme, hinchado, que latía con fuerza—. Esto es lo que me hacés sentir desde hace días. Cada vez que me mirás de esa forma, como si quisieras romperme la corbata con los dientes… esto se pone así. Y no me importa quién esté en la oficina de al lado. Ni si hay gente en la planta baja. Esto es lo que querés. ¿No es así?
Valeria no respondió. Pero no negó con la cabeza. No dijo «no». Su pecho subía y bajaba más rápido, y sus dedos se apretaron contra el pene de él, sintiendo su peso, su calor, su urgencia.
—Decilo —dijo Lucas, inclinándose, con la boca pegada a su oreja—. Decime qué querés.
—Quiero… —empezó ella, pero se detuvo.
—¿Sí?
—Quiero que me digas qué tengo que hacer.
Lucas soltó una risa baja, gutural. No fue una risa de burla. Fue una risa de victoria.
—Ahora sí… —dijo, y la empujó hacia atrás, obligándola a sentarse en el escritorio—… ahora sí me lo estás pidiendo.
Se arrodilló frente a ella, sin romper el contacto visual. Se puso de pie de nuevo, desabrochó el cierre de su pantalón con movimientos lentos, calculados. El sonido del metal fue como un disparo en silencio. Bajó la cremallera despacio, hasta que la tela se abrió, dejando al descubierto la tela de sus calzoncillos. Y entonces, con una mano, tiró de los calzoncillos hacia abajo, revelando su pene.
Estaba duro, grueso, de color rosado en la cabeza, la punta húmeda por el preseminal. La vena le subía por el lado, tensa, y el glande brillaba con la luz tenue de las lámparas del techo. Valeria lo miró. No como si fuera algo peligroso. No como si fuera tabú. Lo miró como alguien que ya sabe que va a comerse el postre, y solo espera a que le sirvan la porción.
—Abrí las piernas —dijo él.
Ella obedeció. No con prisa, sino con lentitud, como si estuviera escenificando un ritual. Bajó una pierna, luego la otra, separándolas hasta que sus rodillas rozaban los lados del escritorio. Sus muslos estaban lisos, sin vello, y el tacto de la falda de verano se le pegaba a la piel húmeda, ya.
—¿Ves? —dijo Lucas, con la mano en su pene, frotando suavemente la cabeza contra su propio ombligo—. Ya estás mojada. Y ni siquiera te toqué.
—Sos un imbécil —dijo Valeria, pero no lo dijo en tono de queja. Lo dijo como si fuera un cumplido.
—Sí. Y vos sos mía ahora.
Y con eso, la tomó de la nuca, con suavidad, y la obligó a bajar la cabeza. Ella no resistió. Bajó la frente contra su entrepierna, sintiendo el calor y el olor de su pene. Lucas la sostuvo, firme, y con la otra mano le separó los labios de la concha, descubriendo su clítoris, hinchado, brillante.
—Ahora —dijo—, mientras yo me miro en tus ojos, vas a chuparme. Lento. Con la lengua. Y si te detenés, si me mirás con cara de que no querés… te paro.
Valeria levantó la vista. Lo miró fijo a los ojos, con la lengua entre los labios, y se puso de rodillas frente a él, entre sus piernas.
Lo tomó con la mano, con cuidado, como si fuera algo frágil, y lo acercó a su boca. Lo besó primero, con la punta de la lengua, rozando la cabeza, lamiendo el orificio, saboreando su sabor: salado, amargo, pero suyo. Lucas soltó un gruñido, y sus dedos se apretaron en su cabello, pero no la detuvieron. No la jaló. Solo la sostuvo, como si ella fuera el ancla de un barco en tormenta.
—Ahora… —dijo él, con la voz rota—… ahora abrí la boca.
Valeria abrió la boca, profundamente, y lo tomó entero, hasta la raíz. Lucas cerró los ojos por un segundo, y luego los volvió a abrir, para mirarla. Mirarla mientras lo chupaba, mientras su boca se movía con lentitud, como si estuviera savoreando cada centímetro. Ella subía con la boca, lentamente, hasta que solo quedaba la cabeza, y luego bajaba, profundamente, hasta tocar su garganta.
—Sí… —dijo Lucas, con la voz rota—. Sí, así… ¿Ves? Te lo estás ganando.
Valeria lo soltó con un *pop* húmedo, y lo miró fijo, con los labios brillantes, con los ojos vidriosos.
—¿Y ahora qué? —preguntó, con voz ronca.
—Ahora… —Lucas se inclinó, la tomó de la barbilla y le limpió la punta de la lengua con el pulgar—… ahora te voy a meter el pene en la concha, y te voy a garchar hasta que no puedas más.
Se levantó, la tomó de la mano, y la llevó hacia su silla. La sentó en su regazo, con la espalda pegada a su pecho, y le quitó la falda como si fuera una tela de seda. Bajó su ropa interior hasta las rodillas, y se puso detrás de ella, con las manos en sus caderas.
—¿Te acordás de cuando te dije que me lo ibas a querer? —le susurró al oído, mientras separaba sus labios con los dedos y apuntaba su pene a su entrada—. Porque ahora… lo vas a querer. Porque yo te lo voy a hacer querer.
Y la empujó dentro.
No fue rápido. No fue brusco. Fue lento, profundo, como si estuviera entrando en un templo sagrado. Valeria soltó un grito ahogado, con la cabeza hacia atrás, apoyada en su hombro, sintiendo cómo su cuerpo se abría, cómo se expandía, cómo lo contenía todo, entero, desde la punta hasta la raíz.
Lucas la sostuvo, inmóvil, con la frente apoyada en su nuca, respirando su olor.
—Sí… —murmuró—. Sí, así… ¿Ves? Ya sos mía. Ya sos mía y no la podés recuperar.
Y empezó a moverse.
Con paciencia. Con profundidad. Cada empuje era una promesa, cada retirada era una tentación. Valeria se aferraba a los brazos de la silla, con los nudillos blancos, con los dientes apretados, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el pene de él le rozaba el punto más sensible de su interior, cómo la hacía arquear la espalda, cómo la obligaba a soltar gemidos que no podía contener.
—Decime qué sentís —le dijo Lucas, agarrándole una mano y llevándosela al clítoris—. Decime lo que querés.
—Quiero… quiero que me folla… —dijo ella, entre jadeos—. Quiero que me la garchés hasta que me desgarres la concha.
—¿Y si te la garcho hasta que te vayas a la mierda? —preguntó él, y le dio un empujón más fuerte, más hondo.
—¡Sí! ¡Sí, así! —gritó Valeria, con los ojos cerrados, con la cabeza hacia atrás, con las uñas clavadas en su brazo.
Y entonces Lucas se inclinó, le separó la falda de nuevo, le puso la mano sobre el clítoris, y empezó a moverla en círculos mientras le clavaba el pene una y otra vez, con fuerza, con urgencia, como si quiso que ella lo sintiera hasta en los huesos.
—¿Ves? —dijo él, con la voz rota—. Esto es lo que querés. Esto es lo que siempre quisiste. No me tenés que pedir permiso. Solo decime qué querés.
—Quiero que me la garchés hasta que me desgarres la concha —repitió ella, con la voz rota, con los ojos cerrados, con las lágrimas en las comisuras.
Y Lucas la garchó.
Con fuerza. Con profundidad. Con deseo. Con dominación. Y Valeria se vino, con un grito que no era de miedo, sino de entrega, con las piernas temblando, con el cuerpo ardiendo, con la boca abierta, con los ojos cerrados, con el corazón a mil.
Y cuando Lucas se vino dentro de ella, con un gruñido gutural, con las manos aferradas a sus caderas, con el pene palpitando dentro de
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