Una llamada que me devoró
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Vos tenés que entender una cosa: no fue una casualidad. Fue una noche de lluvia fina, de esas que se meten por las rendijas de la ventana y te obligan a abrazarte a una manta con las piernas dobladas. Yo estaba sola, sí, pero no triste. Con la pantalla del celular encendida, buscando algo que ni yo sabía bien qué era, apareció tu nombre. No en contactos. Sólo en el historial de llamadas perdidas. Una llamada corta, de apenas 12 segundos. Y luego, nada. Hasta que a las 22:47 llegó el mensaje: *¿Seguís escuchando a los vecinos hacer el amor?*
Eso fue lo primero que me hizo sonreír. Porque vos sabés que a veces, en los edificios viejos de Recoleta, los muros no guardan secretos. Sólo ruidos. Y a veces, cuando la mala suerte o el calor te dejan sin aire acondicionado, los gritos de los otros se vuelven tu luna de miel particular.
Le respondí: *No escucho. Sólo imagino. Y vos, ¿a quién estás imaginando?*
No esperé respuesta inmediata. Me puse de pie, descalza, con el celular pegado a la oreja mientras caminaba hasta la cocina. Me serví un vaso de agua fría. Me miré en el espejo del comedor: pelo despeinado, labios húmedos por el calor, camiseta blanca que se me pegaba un poco en los hombros. Me senté en el sofá. Me cubrí con la manta. Y entonces me llamaste.
Tu voz llegó como una caricia lenta: *Decime, Camila… ¿te gusta esperar?*
Y vos sabés que ahí, en ese instante, no hubo dudas. Sólo la respiración pausada, el silencio que se hace denso cuando algo empieza a moverse dentro, sin que las manos se toquen. Yo me crucé las piernas, bajé la voz hasta hacerla casi un susurro: *Depende. ¿Vas a hacerme esperar mucho?*
—No. Te voy a hacer esperar… lo justo. Para que te ardan las manos si te tocas.
Me pasé la lengua por el labio inferior. Me sentí húmeda. No por el calor. Por la idea de que vos sabés cómo se siente mi piel antes de que yo misma lo note. Me acerqué la manta al pecho, como si pudiera esconder lo que ya empezaba a latirme en la entrepierna.
—¿Te gusta cuando digo las cosas así? —preguntaste, con una pausa que duró lo suficiente como para que yo sintiera el peso del silencio en la base de la espalda.
—Sí —admití—. Cuando lo decís vos.
—Entonces escuchá bien: querés que te hable, ¿no? No de lo que vas a hacer, sino de lo que vos *me* hacés imaginar. ¿Cómo te imaginas que te toco? ¿Con qué mano? ¿Dónde empezaría si pudiera ponerte una mano encima?
Me mordí el dedo índice. No por vergüenza. Porque sí, vos lográs que me muerda los dedos. Me pasé la mano por el cuello, imaginando tu aliento en la nuca. Imaginé tus dedos, primero rozando el borde de la camiseta. Luego, deslizarse por el costado, hasta la cintura. Y después… más abajo. Hasta la concha. Hasta el clítoris, ya húmedo, ya dolido por la espera.
—Empezarías… por el cuello —susurré—. Y después bajarías despacio. Tanto que yo pediría que te apresuraras… y después te rogara que te detuvieras.
—¿Y si no me detuviera? Si te cogiera así, sin pedir permiso, como quien se sirve un vino que sabés que ya está abierto desde hace días?
Me arqueé. Me toqué con una mano entre las piernas, sin mirar. Sólo con la certeza de que vos estabas ahí, escuchando cada respiración rota que me escapaba.
—Entonces… —dije, con la voz rota—… garcháme. Pero no me digas cuándo. Que yo no sepa si es tu dedo o tu polla o tu lengua… que yo sienta que se me mete dentro sin avisar.
Y vos, mi querido desconocido, me dijiste: *Vení, Camila. Acercá la silla a la ventana. Abrí los ojos. Y ahora cerrá los puños, como si agarraras algo real…*
Y yo lo hice. Porque vos sabés que con vos, hasta lo invisible se vuelve real.
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