Cacharrito en la pantalla

Cacharrito en la pantalla

@nocturna ·2 de julio de 2026 · 🔥 4.8 (24) · 238 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que lo vi —en esa maldita app de match que me recomendó Lalo porque «ya estás más vieja que un chile seco y necesitas salir de tu casa, mija»—, su foto no me voló la cabeza. Era un tipo común: pelo oscuro, camiseta blanca, fondo de pared gris. Pero su nombre sí me hizo sonreír: *Chaparro*. No por la estatura, porque medía más o menos lo mismo que yo, sino por la forma en que lo escribía: con poca jota y mucha confianza. Chaparro, como el aguacate maduro, bien chiquito pero lleno de crema.

Le escribí de casualidad, casi por error, después de que mi celular se cayó al fondo del baño y se encendió solo. Mandé un «¿qué onda, Chaparro?» con una cara de broma y un pulgar arriba. Me respondió en menos de diez segundos: «¿Tú eres la que me mandó pulgar arriba o el universo ya está de mala madre?». Me llamó la atención que no me pidió foto ni me soltó el clásico «¿ya te chingaron en tu vida?». Fue directo, sin pedir permiso, pero tampoco agresivo. Como si ya supiera que éramos del mismo color.

Hablamos tres días seguidos. No de cosas aburridas, sino de lo que nos daba risa: el calor de la CDMX, los vecinos que escuchan todo, el miedo a que la chaviza de abajo deje la tina llena de agua sucia y el grifo abierto. Él vivía en San Ángel, yo en Roma Norte. Él trabajaba en una agencia de diseño, yo en una editorial. Él fumaba cigarros mal parados en el balcón, yo tomaba tequila con sal y limón mientras veía series hasta las tres de la mañana. Todo coincidía… excepto que nunca nos habíamos visto en persona.

El sexto día, me mandó un mensaje con una cámara abierta. Solo la cámara. No había video, no había voz. Solo una pantalla negra. Le escribí: «¿Y esto qué es?». Me respondió: «Tú primera». Me puse nerviosa. No porque fuera novata —no, mija, ya había chingado de todo un poco—, sino porque nunca había hecho algo así sin saber quién estaba al otro lado. Pero Chaparro me había hecho confiar. Me dijo: «Tranqui, que no voy a grabar, ni a grabar nada. Solo quería saber si te ponía nerviosa cuando te hablo sin ver tu cara». Le dije que sí. Que estaba nerviosa. Me dijo: «Bien. Yo también. Pero no por tí. Porque ya no sé si esto es real o si me estoy cayendo al fondo del baño como tu celular».

Abrió su cámara. Me mostró su cuarto. Una cama deshecha, una lámpara de pie con pantalla negra, un reloj despertador antiguo que marcaba las 2:17 a.m. Se quitó la camiseta con calma. Tenía el pecho plano, no muy musculoso, pero con una red de venas que se marcaban cuando se estiraba. Me dijo: «Soy trans. Trans hombre. Ya te dije que no te iba a grabar, pero sí te voy a mostrar lo que tengo. Porque no quiero que pienses que te estoy engañando. Y tampoco quiero que me perdones. Solo quiero que me digas si esto te gusta, o si te da igual».

No me dijo *perdóname*. Me dijo *no me perdones*. Y eso me encendió más que cualquier cumplido.

Le dije: «Chaparro, si no me gusta, ya me voy. Pero si sigo aquí, es porque sí me gusta. Y mucho». Me sonrió. No con los ojos. Con la boca. Como si me estuviera chupando un chicle lento.

Me pidió que me quitara la blusa. Le dije que no, que primero él. Me dijo que no, que primero tú. Le dije que no. Me dijo: «Mija, no te vayas a poner perra conmigo. Te dije que soy trans, pero no me vas a tratar como si fuera una flor de plástico. Tú me mandaste pulgar arriba. Tú iniciaste esto. Entonces, o te quitas la blusa, o yo me bajo los pantalones y me pongo a masturbarme frente a la cámara. Y créeme, yo puedo hacerlo. No te voy a pedir permiso para meterme la verga en la boca si me da gana». Me puse roja. Me puse dura.

Me levanté de la silla. Me desabroché la blusa con lentitud. Me la saqué por los hombros. Me quedé con el sujetador negro, de encaje, que no me ponía desde que mi ex me dejó por una de «no me siento suficientemente deseada». Chaparro no dijo nada. Solo me miró. Me bajó los pantalones, pero primero me pidió que me quitara el sujetador. Le dije que no, que primero me mostrabas tu verga. Me dijo: «Está bien. Pero si no me lo quitas, me voy a poner a tocarme hasta que me corra encima de la cámara». Me puse nerviosa otra vez. Pero no de miedo. De ganas.

Se bajó los pantalones. Tenía un pene mediano, de color moreno, con un poco de vello en la base. No estaba circuncidado. La foresia lo tapaba todo, pero se le marcaba el grueso cuando se movía. Me dijo: «¿Quieres que te lo muestre bien?». Le dije que sí. Me pidió que me sentara en el sofá, con las piernas abiertas. Le dije que no, que tú primero. Me dijo: «Mira, mija. Si tú no te abres, yo no me toco. Pero si tú te tocas, yo me pongo a chupar mi propia verga hasta que me salga el ojo por la nariz». Me sonreí. Me senté. Me abrí.

Me puse de costado, con una mano sobre el coño, la otra en el pecho. Me separé los labios con los dedos. Me miró. Me dijo: «Mierda. Eres hermosa». Me dijo: «Ahora tú me tocas». Le dije: «¿Y si me da miedo que te corras sin avisar?». Me dijo: «Te aviso. Pero no te voy a pedir permiso para correr. Solo te voy a decir: *córrete, mija*. Y tú te corres. Y yo me corro encima de tu mano. O en tu cara. O en tu boca. Lo que tú quieras». Me puse tonta. Me puse dura.

Me acerqué a la cámara. Me puse de pie. Me bajé la bragas. Me pasé el dedo por el clítoris. Me puse a moverlo lento. Me miró. Me dijo: «Más fuerte». Le dije: «Tú primero». Me dijo: «Mira». Se agarró la verga con la mano. Se la apretó. Se la movió. La foresia se abrió y dejó ver la cabeza, húmeda y brillante. Se pasó el dedo por el glande. Se puso a mover la mano con ritmo. No rápido. Lento. Como si estuviera chupando un dulce de leche. Me puse a mover el dedo más rápido. Me puse a gemir.

Me dijo: «Mija, tú te corres. Yo me voy a correr en dos minutos. Y no te voy a pedir que me esperes. Porque no puedo». Me puse nerviosa. Me puse dura. Me apreté el clítoris con la uña. Me puse a mover la cadera. Me puse a gritar su nombre. Me puse a correr.

En ese momento, me dijo: «Chaparro, tú te corres». Me corrí. Me corrió. Me pidió que me levantara. Me pidió que me acercara a la cámara. Me pidió que me limpiara la cara. Me pidió que me pusiera un dedo en la boca. Me pidió que chupara. Lo hice. Me pidió que lo hiciera más fuerte. Lo hice. Me pidió que lo hiciera hasta que me saliera saliva. Lo hice. Me dijo: «Tú eres la mujer más linda que he visto en mi vida». Me dijo: «Mañana volvemos a hacer esto». Le dije: «Sí». Le dije: «Pero me tienes que prometer algo». Me dijo: «Dime». Le dije: «Que no me pongas a llorar». Me dijo: «Nunca te haré llorar. Solo te haré correr». Me dijo: «Y cuando te corras, te voy a decir: *grita, mija, grita que te voy a chingar hasta que no te acuerdes de tu nombre*.»

Y así fue. Así sigue siendo. Cada noche, después del trabajo. Cada noche, después de que me quito los tacos y me pongo el pijama que no me pongo en público. Cada noche, con él frente a la pantalla, y yo frente a la mía. Y cada noche, cuando me dice *córrete*, yo me corro. Y cuando me dice *grita*, yo grito. Y cuando me dice *Chaparro, tú eres mi puta*, yo le digo: «Sí, mi capitán».

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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.

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