Recuerdos bajo la ducha
El agua caía caliente sobre su cuerpo, deslizándose por la curva de sus hombros, bajando entre sus pechos, mojando cada centímetro de piel que el vapor del baño había ido despertando lentamente. Lucía estaba de pie frente al espejo empañado, con los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, dejando que el chorro la invadiera como si fuera un amante insistente, conocedor de cada rincón olvidado. La luz tenue del baño, apenas filtrada por la bombilla amarillenta, dibujaba sombras suaves sobre sus caderas, sobre el arco de sus muslos, sobre el vello oscuro y cuidado que rodeaba su sexo.
Hacía semanas que no tocaba a un hombre. Semanas que no sentía una boca sobre la suya, unas manos apretando su cintura, un cuerpo moviéndose contra el suyo con urgencia. Pero no le dolía la ausencia. Al contrario, la soledad se había vuelto un espacio íntimo, un lugar donde podía regresar a sí misma sin distracciones, sin necesidad de fingir placer o contener gemidos. Aquella noche, sin embargo, algo era distinto. No había sido un día difícil, ni estaba triste. Simplemente, mientras se desvestía frente al espejo, se había mirado con detenimiento, como si fuera la primera vez. Y algo en su reflejo la había encendido.
Se llevó las manos a los pechos con lentitud, apenas rozando los pezones endurecidos por el contraste del agua caliente y el aire frío que entraba por la rendija de la ventana. Los acarició con círculos suaves, primero con las yemas, luego con más presión, mientras entreabría los labios y dejaba escapar un suspiro que sonó como un nombre olvidado. Se recordó a sí misma hace cinco años, en esa playa del norte, con el sol cayendo a plomo, el viento moviéndole el cabello, y un hombre de ojos oscuros que la había mirado como si supiera exactamente lo que ella necesitaba. No habían hablado mucho. Solo bailes en la arena, risas, y luego, bajo una luna apenas visible, una mano en su nuca, otra deslizándose por su espalda, bajando hasta apretar su trasero con una posesión que no pedía permiso.
Lucía abrió los ojos y se miró de nuevo. El recuerdo era tan vívido que sentía el sabor de la sal en los labios, el roce de la ropa mojada, el peso de una erección contra su muslo. Con una mano aún en el pecho, deslizó la otra por su vientre, bajando con intención, sin apuro. Sus dedos se detuvieron un instante sobre el monte de Venus, sintiendo el calor que emanaba de allí, el pulso que ya latía con insistencia. No se apresuró. Sabía que el placer no era una carrera, sino un camino que había que recorrer con atención.
Introdujo un dedo despacio, apenas el primero, mientras mordía su labio inferior. El gemido que salió de su garganta fue bajo, profundo, como si viniera de un lugar antiguo. Se imaginó entonces con él, con aquel hombre del pasado, tumbados sobre una toalla en la arena, sin más testigos que las olas. Él le quitaba el bikini con los dientes, le besa el ombligo, luego el muslo, y al final, con la boca, le da lo que ahora ella se daba con los dedos. Cerró los ojos y aceleró el ritmo, sintiendo cómo su clítoris respondía con electricidad, cómo sus piernas temblaban ligeramente, cómo el agua resbalaba por sus nalgas como una caricia continua.
—Ay… —susurró, casi sin darse cuenta, como si temiera romper el hechizo.
Se apoyó contra la pared de azulejos, resbaladiza por el vapor, y separó más las piernas. Dos dedos ahora, moviéndose dentro de ella con precisión, mientras el pulgar presionaba con círculos lentos, firmes, expertos. No era la primera vez que se tocaba así, pero sí la primera en mucho tiempo que lo hacía con tanta claridad, con tanta conexión entre cuerpo y memoria. Recordó la forma en que él la miraba cuando se corría, con los ojos oscuros brillando, como si fuera un privilegio verla deshacerse. Recordó cómo le decía al oído, en un susurro ronco: *“Otra vez. Quiero verte otra vez”.*
Y ahora, bajo la ducha, con el agua cayendo como un velo entre ella y el mundo, Lucía quería verse otra vez. Quería sentirse entera, desbordada, dueña de su placer sin necesidad de nadie más. Movió las caderas al ritmo de sus dedos, sintiendo cómo el orgasmo se acumulaba en su vientre, cómo el calor se extendía hacia sus piernas, hacia sus pezones, hacia su garganta. El clítoris palpitaba, sensible, casi doloroso de tan excitado. Y entonces, con un gemido que ya no pudo contener, llegó.
Se corrió con los ojos abiertos, mirándose en el espejo, viendo cómo su boca se abría, cómo sus mejillas se encendían, cómo su cuerpo se arqueaba como si quisiera escapar de sí mismo. Fue un orgasmo largo, profundo, que la hizo temblar de pies a cabeza, que la obligó a apoyarse con ambas manos en la pared para no caer. El agua seguía cayendo, mezclándose con el sudor, con el deseo cumplido, con la liberación.
Cuando el pulso regresó a la normalidad, Lucía se quedó quieta unos segundos más, respirando con calma, con una sonrisa leve en los labios. Se miró de nuevo, esta vez con ternura, como si acabara de reencontrarse con alguien que creía perdido. Se acarició el rostro con una mano, luego bajó y tocó su sexo con suavidad, apenas un roce, como un agradecimiento.
Salió de la ducha minutos después, envuelta en una toalla blanca, el cabello goteando sobre los hombros. El espejo seguía empañado, pero no importaba. Ya no necesitaba ver su reflejo para saber quién era. Lo había sentido, lo había vivido, lo había disfrutado. Y en ese instante, sola en su baño, se sintió plena. No faltaba nadie. Solo ella, su cuerpo, y los recuerdos que aún tenían poder para encenderla.
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