Nuestra llamada de medianoche

Nuestra llamada de medianoche

@isabella_mar ·16 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (11) · 365 lecturas · 7 min de lectura

La luz azul del celular iluminaba la cara de Lucía mientras se recostaba contra los almohadones, los pies descalzos apoyados en el colchón, el cabello suelto sobre los hombros. Era casi medianoche en Bogotá, pero en Madrid, donde vivía Daniel, la noche apenas empezaba. Habían intercambiado mensajes durante semanas —chistes, fotos de atardeceres, confesiones sueltas sobre miedos y deseos—, pero esta era la primera vez que se verían en video, cara a cara, piel contra pantalla.

—¿Estás cómoda? —preguntó él, su voz más grave de lo que imaginaba, cargada de esa resonancia cálida que solo dan las voces que han aprendido a bajar el volumen cuando quieren hacer sentir algo íntimo.

Lucía sonrió, ajustó la camiseta de algodón que usaba como pijama, demasiado grande para ella, con la parte trasera levantada un par de centímetros por debajo de la cintura.

—Casi. Solo tengo frío en los pies —mintió. En realidad, sudaba ligero. El calor le subía por el cuello cada vez que Daniel la miraba sin pestañear por la cámara.

Él asintió, como si hubiera leído la mentira en su expresión.

—Entonces ponte más cerca de la lámpara. Déjame ver cómo se te marcan las clavículas cuando respiras.

Lucía no se ruborizó de inmediato. Primero inhaló profundo, consciente de que él la observaba, de que cada movimiento suyo era escrutado con lentitud, con intención. Se incorporó un poco, dejando que la luz dorada del abanico de luz cayera en ángulo sobre su pecho, dibujando sombras suaves en los bordes de su camiseta.

—¿Te gusta cómo se ve? —preguntó, moviendo los dedos con lentitud por el borde del tejido, sin quitársela aún, solo presionando con la uña el pliegue donde el algodón se adhieren a su piel, como si estuviera midiendo su propia valentía.

—Me gusta más cuando los dedos se quedan quietos —respondió él, bajando la voz—. Porque así puedo imaginar lo que harías si estuvieras aquí.

Esa frase —tan simple, tan directa— hizo que el pulso de Lucía se acelerara. Se llevó una mano al cuello, sin darse cuenta. Sentía la humedad ya entre las piernas, leve pero constante, como una marea que se acercaba sin prisa pero sin pausa.

—¿Y qué imaginas? —preguntó, con una sonrisa que sabía peligrosa.

Daniel respiró lento. La cámara capturaba cada detalle: la ligera contracción de su mandíbula, el brillo en sus ojos, el modo en que su pecho subía y bajaba más rápido.

—Imagino que te quitas esa camiseta… —dijo, pausando un segundo— …y que te pones de lado, con una mano apoyada en la cadera y la otra pasando por tu vientre… lentamente… hasta que encuentras el borde de tus bragas.

Lucía no respondió con palabras. Cerró los ojos, inhaló, y cuando los volvió a abrir, ya no estaba sentada como antes. Se había girado, dejando que la luz resbalara sobre su espalda, sobre la curva de sus riñones, sobre la suave protuberancia de sus omóplatos. Con la mano derecha, apoyó la palma en su cadera, con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Con la izquierda, se llevó el dedo índice hasta la línea baja de su abdomen, donde la camiseta se levantaba y dejaba al descubierto una estrecha tira de piel, ligeramente más oscura por el sol de verano.

—¿Y si ahora… —susurró— …en lugar de imaginarlo, te lo muestro?

Se quitó la camiseta despacio, dejándola caer sobre el colchón sin prisa. No se cubrió. Dejó que el aire rozara su piel, y sobre todo, que la cámara captara el movimiento de su pecho al respirar, el leve balanceo de sus pechos, pequeños pero firmes, con pezones que ya se habían endurecido bajo la tensión de la expectativa.

Daniel se inclinó hacia la pantalla, como si quisiera tocarla.

—No muevas las manos —dijo, voz ronca—. Déjame ver cómo te tocas… sin presionar aún. Solo… rozar.

Lucía hizo lo que le pedía. Colocó ambas manos a los lados de sus pechos, sin apretar, sin frotar. Solo rozó los bordes, con los pulgares rozando el aire cerca de sus pezones, sin llegar. Se mordió el labio inferior, los ojos fijos en la cámara, en su cara.

—¿Te gusta así? —preguntó.

—Sí —respondió él, tragando saliva—. Pero quiero más. Quiero que te acuestes. Lentamente. Y que me digas qué sientes… mientras lo haces.

Lucía obedeció. Se recostó con calma, una mano bajo la nuca, la otra extendida sobre el colchón, la pierna derecha ligeramente flexionada. La camiseta, ahora doblada a un lado, dejaba al descubierto su vientre plano, el ombligo hundido, el borde de sus bragas de encaje negro —las había elegido pensando en esto—.

—Siento… —empezó, con voz pausada— …como si cada parte de mi cuerpo estuviera esperando algo. Como si la piel me picara, pero no de picazón… de anticipación.

Daniel se llevó una mano al cuello, como si también sintiera la tensión.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora… —Lucía bajó la mano derecha, lentamente, hasta el borde de sus bragas— …ahora siento que si me toco, si solo un dedo se desliza por ahí… voy a explotar.

Se mordió el labio otra vez. Esta vez, con más fuerza. Y bajó los dedos.

No entró. Solo rozó.

Con la punta de los dedos, deslizó una línea horizontal sobre la parte superior de su encaje, desde un lado hasta el otro, presionando justo donde sabía que le dolería bien, donde el nudo de sus nervios y sus ganas se concentraban.

—Mierda… —susurró Daniel, sin apartar la mirada— …Sigue.

Lucía exhaló, lento, y volvió a pasar los dedos. Esta vez, más lento. Con la punta del índice, rozó el punto exacto donde el encaje se apretaba contra su clítoris, sin rozar la piel directamente, pero suficiente para hacerla temblar.

—¿Te doy más? —preguntó, con la respiración entrecortada.

—No —respondió él, sin dudar—. Quiero que me mires. Que me digas qué necesitas.

Lucía lo miró fijamente. Sus ojos, ya más oscuros, ya más húmedos, lo fijaron en la cámara.

—Necesito que me digas lo que harías si estuvieras aquí… —susurró— …lo que harías conmigo.

Daniel inhaló hondo.

—Me acercaría a ti… —empezó, voz más grave aún— …te apartaría el cabello de la nuca… y te besaríamos el cuello, suavemente, hasta que sintieras que se me escapa el aliento en la oreja… Luego, me deslizaría hacia abajo, con la boca, con las manos… hasta que pudiera vernos juntos, cómo te abro las piernas, cómo te tomo con cuidado, cómo te miro mientras te hago sentir que no puedes respirar… solo con mirarte.

Lucía cerró los ojos. El pulso le latía en las muñecas, en la ingle, en la garganta.

—¿Y si ahora… —abrió los ojos, lo miró de nuevo— …si ahora me toco, mientras me lo dices…?

—Sí —respondió él, sin vacilar— …sí, Lucía. Hazlo.

Ella bajó la mano. Esta vez, apartó con suavidad el borde del encaje, dejando al descubierto su piel, su calor. Deslizó los dedos hacia abajo, despacio, hasta que los encontró húmedos, ya preparados.

—¿Ves? —dijo, entre jadeos— …ya está listo…

—Sí —respondió él, con un susurro arrastrado— …Sí. Sigue.

Y Lucía siguió. Con un dedo, rozó su clítoris, solo una vez, dos veces, tres… con la presión justa, con la lentitud que la hacía temblar. Sus caderas se alzaron, sin fuerza, como si su cuerpo ya no perteneciera del todo a ella, sino a la imagen que proyectaba en la pantalla, a la voz que la decía *sí, sí, así, así te quiero*, a la mirada que la devoraba sin tocarla.

Daniel no se movió. Solo la miraba. Solo la decía.

Y cuando Lucía sintió que el nudo se deshacía, cuando su respiración se perdió entre jadeos y palabras sueltas, cuando su cuerpo se contrajo con un temblor que empezó en los pies y subió como un trueno por su columna, él seguía hablando.

—Dime qué sientes —dijo, voz rota— …Dime que no estás sola.

—No estoy sola —respondió

¿Qué tanto te calentó?

4.4 · 11 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@isabella_mar

Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.

También en Sexo virtual

Más de @isabella_mar

Ver autor →