Mi primera vez con un viajero en el tren

Mi primera vez con un viajero en el tren

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (38) · 13 lecturas · 10 min de lectura

El tren que conecta Guadalajara con Morelia se movía con la suavidad de quien conoce bien el camino: cada curva era un mecanismo interior, cada parada una pausa calculada. Lluvia fina arrastraba líneas grises por las ventanas, y el ambiente dentro del coche era cálido, húmedo, como un pulmón que exhala vapor. Clara, de veinticinco años, se ajustó la bufanda de lana gris sobre los hombros. Llevaba puesta una falda plisada hasta la rodilla, una blusa blanca de botones frontales y zapatos bajos de cuero marrón. Su cabello, castaño claro, lo tenía recogido en un nudo bajo, con algunas hebras sueltas que le rozaban las mejillas. Iba a Morelia para visitar a su hermana menor, recién egresada de la universidad; un viaje rutinario, pero hoy —por alguna razón— sentía que el aire olía distinto. Como si el mundo hubiera decidido girar un poco más despacio.

A su izquierda, un asiento vacío. A su derecha, un hombre que acababa de subir en León. Se llamaba Santiago, según el ticket que dejó en el compartimiento de la silla frente a la suya. Tenía una mochila negra con manchas de polvo, un portátil viejo asomando por el borde, y ojos color miel que parecían observar el mundo sin juzgarlo. Se quitó los anteojos de sol con lentitud, como si sacudiera una pesadilla, y se frotó los párpados con la yema de los dedos. Tenía la piel dorada por el sol de verano, pero no agresiva: de un moreno suave, el de quien pasa mucho tiempo al aire libre sin exponerse con inconsciencia. Usaba jeans oscuros, una camiseta negra de manga larga con un logo casi desgastado de una banda que Clara no reconoció, y botas de cuero que crujieron cuando se acomodó.

—Perdón —dijo él, sin mirarla directamente, pero sí con una sonrisa leve—. ¿Este asiento está ocupado?

—No, está libre —respondió Clara, y notó cómo su propia voz se volvía más suave de lo habitual, como si el tren la hubiera envuelto en una burbuja.

Él asintió, agradecido, y se sentó. El movimiento hizo que su muslo rozara el borde del suyo, apenas un instante, pero suficiente para que Clara sintiera una sacudida eléctrica en la base de la columna. No era la primera vez que compartía espacio con un hombre guapo, pero sí la primera vez que sentía ese leve temblor en los dedos, ese latido en el cuello que parecía querer salirse de su piel.

El tren avanzó. Las luces del interior parpadeaban con la vibración de las vías, y el ruido de las ruedas sobre los raíles se volvió un fondo rítmico, casi hipnótico. Clara abrió su bolso, sacó un libro de bolsillo —una novela que llevaba semanas empezar—, pero no logró concentrarse. Cada vez que giraba la página, sus ojos volvían, sin querer, hacia la curva de la nuca de Santiago, donde el cabello castaño claro se cortaba en un borde impreciso, casi militar. Él, por su parte, había abierto su portátil, pero después de unos minutos lo cerró y se volvió hacia la ventana, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

—¿También vas a Morelia? —preguntó él, sin volver la cabeza.

—Sí. A visitar a mi hermana.

—¿Y tú? —añadió ella, con una sonrisa que apenas se atrevió a mostrar.

—A trabajar —dijo Santiago, y por primera vez la miró a los ojos—. Soy fotógrafo. Estoy cubriendo un proyecto de arquitectura vernácula en la región.

Clara asintió, como si entendiera más de lo que realmente sabía. Le gustaba cómo decía “vernácula”, como si fuera una palabra que le gustaba pronunciar, como una canción antigua. Él sonrió de nuevo, y esta vez su boca se abrió un poco más, descubriendo un diente ligeramente más grande que los demás, que le daba un aire de complicidad, como si fuera un secreto compartido entre ellos.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Estudias?

—Trabajo. En una editorial. Edito libros de historia —dijo, y por un instante, su voz se volvió más grave, como si le gustara escucharse así—. Pero me encanta viajar. Es la única forma en que me siento capaz de respirar.

Santiago guardó silencio un momento. Luego, con una lentitud deliberada, se quitó la bufanda que llevaba colgada del cuello —una pieza de lana azul oscuro— y la extendió sobre sus rodillas.

—Mira —dijo, señalando con la barbilla hacia el ventanal—. Ahí viene el túnel de Zacoalco.

Clara se volvió. El tren entró en el túnel con una sacudida seca, y por unos segundos todo se volvió oscuro. Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, Santiago la estaba mirando, y en su mirada había algo que no era solo curiosidad. Era atención. Una atención que no era casual. Clara sintió cómo su piel se erizaba, como si el aire mismo se hubiera vuelto más espeso, más cálido.

—¿Te asusta la oscuridad? —preguntó él, con una voz baja, casi un susurro.

—No —respondió ella, pero su pulso le respondió con un golpe seco en las sienes.

—Yo tampoco —dijo Santiago, y entonces, lentamente, se inclinó hacia ella. No era una aproximación brusca, no. Era como si estuviera midiendo la distancia, como si cada centímetro contara. Su mano derecha se apoyó en el respaldo de su asiento, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para que Clara sintiera el calor de su piel.

—¿Puedo? —preguntó, y en su voz había una pregunta que no necesitaba palabras.

Ella asintió. No con la cabeza. Con la respiración. Con un leve movimiento de los párpados, como si le dijera: *sí, sí, sí*.

Santiago acercó su mano, con extremo cuidado, y rozó con la yema de los dedos la mejilla de Clara. El contacto fue breve, apenas un instante, pero suficiente para que ella sintiera una oleada de calor que le subió desde el estómago hasta la garganta. Él no se retiró de inmediato. Mantuvo su mano allí, con la palma casi rozando su piel, como si estuviera midiendo la temperatura de su rostro.

—Tu piel huele a limón y a lluvia —dijo, y su voz se volvió más grave, más gutural.

Clara tragó saliva. No sabía qué decir. No quería decir nada que sonara falso. Así que simplemente cerró los ojos, y dejó que su rostro se inclinara un poco hacia su mano, como una flor que busca el sol.

Él sonrió. No con los labios, sino con los ojos. Y entonces, con una lentitud que le costaba esfuerzo, bajó su mano, deslizándola por el cuello de Clara, sin presionar, sin forzar. Sólo deslizándose, como si estuviera siguiendo una línea invisible que ambos conocían.

—¿Puedo besarte? —susurró.

Ella asintió otra vez. Esta vez con un movimiento más claro, más definitivo.

Y entonces, Santiago se inclinó hacia adelante, y sus labios encontraron los de ella.

No fue un beso apasionado. No fue un beso rápido, fugaz. Fue un beso lento, deliberado, como si cada segundo contara. Clara sintió cómo sus labios se abrieron con una suavidad casi inaudible, cómo la lengua de él rozó el borde de los suyos, como preguntando permiso. Ella le dio ese permiso con un leve movimiento de la lengua, apenas un roce, pero suficiente para que él soltara un suspiro profundo, casi un grito ahogado.

Su mano, que aún descansaba en su nuca, se hundió en su cabello con delicadeza, y él la atrajo hacia sí. Clara sintió cómo su cuerpo se inclinaba hacia adelante, cómo su espalda se despegaba del respaldo del asiento, cómo sus rodillas se rozaban con las de él bajo el pequeño espacio que había entre los asientos. El tren seguía avanzando, pero en ese momento, para ella, no existía nada más que el sabor de los labios de Santiago: un sabor a café y a sal, y a algo más profundo, más antiguo, como si llevara mucho tiempo esperando ese momento.

Él separó su boca de la suya, pero no del todo. Se quedó con sus labios apenas rozando los de ella, con la frente apoyada en la suya, con la respiración entrecortada.

—¿Estás bien? —preguntó, con una voz que temblaba ligeramente.

Clara asintió. Pero no con la cabeza. Con el corazón. Con una sonrisa que le iluminó toda la cara.

—Sí —dijo, y su voz sonó más segura de lo que se sentía.

Él volvió a besarla. Esta vez más profundo, más lento, como si estuviera aprendiéndola. Sus manos se movieron: una siguió en su nuca, la otra se deslizó por su cintura, y luego, con una lentitud que le costaba esfuerzo, subió por su espalda, bajo la blusa, hasta rozar la curva de sus omóplatos. Clara sintió cómo su piel se erizaba bajo esa caricia, cómo su respiración se volvía más rápida, más superficial.

Él separó sus labios por un instante, y entonces, con una mano, desabrochó el primer botón de su blusa. No con precipitación, sino con una ternura que la hizo temblar.

—¿Te importa? —preguntó.

Clara negó con la cabeza.

Él desabrochó el segundo botón. Y luego el tercero. Cada uno, un minuto de tensión, de espera, de deseo contenido. Cuando llegó al cuarto, se detuvo. Miró sus ojos. Ella asintió. Él bajó la mano, con suavidad, y deslizó los dedos por el borde de su camiseta interior, rozando la curva de su pecho, sin presionar, sin exigir.

Clara cerró los ojos. Sintió cómo su corazón le latía en los oídos, cómo el aire se volvía más denso, más cálido. Él inclinó su cabeza, y con los labios rozó el cuello de Clara, justo debajo de la oreja. Ella soltó un suspiro, largo, casi un gemido, y se hundió más en su asiento, como si quisiera deshacerse de sí misma y rehacerse con él.

—¿Te gusta? —susurró Santiago.

Ella asintió, con los ojos cerrados.

Él besó su cuello otra vez, esta vez con más intensidad, con la lengua, rozando la vena que latía con fuerza. Clara sintió cómo su cuerpo se volvía más blando, más vulnerable. Sus manos, que antes estaban rígidas sobre sus muslos, ahora se deslizaron hacia la espalda de Santiago, agarrando su camiseta con fuerza, como si temiera que se fuera.

—¿Quieres que pare? —preguntó él, sin separar sus labios del cuello de ella.

Ella negó con la cabeza, con un movimiento casi imperceptible.

—No —susurró.

Él la besó otra vez. Esta vez, con más urgencia, con más hambre, pero sin perder esa ternura que la estaba deshaciendo. Sus manos subieron por su espalda, deslizándose bajo la blusa, rozando la curva de sus riñones, y luego, con una lentitud que le costaba esfuerzo, subieron hasta sus senos. Clara sintió cómo sus pechos se tensaban bajo la palma de su mano, cómo sus pezones se endurecían al contacto con el aire frío y con la calidez de su piel.

Él separó sus labios de los de ella, y entonces, con una mano, deslizó la blusa hacia abajo, hasta que le quedó colgando de los hombros. Clara no lo detuvo. No quería detenerlo. Quería sentirlo todo. Quería sentir su mirada, su manos, su respiración.

Él la miró. Sus ojos se fijaron en sus pechos, en los pezones endurecidos bajo la ligera tela de su camiseta interior. Luego, lentamente, se inclinó hacia adelante, y con los labios rozó el borde de la tela. Clara soltó un gemido, bajo, ahogado, como si no quisiera que el tren lo escuchara.

Él besó uno de sus pechos, a través de la tela. Luego el otro. Con suavidad, con devoción. Y luego, con una lentitud que le costaba esfuerzo, bajó la lengua por su cuello, por su pecho, hasta rozar el borde de la tela.

—¿Puedo? —preguntó, con la voz rota.

Ella asintió, con los ojos cerrados.

Él deslizó la tela hacia abajo, con cuidado, y entonces, con las manos, separó los bordes de su camiseta interior, dejando al descubierto sus pechos. Clara sintió el frío del aire del tren, pero también el calor de la mirada de Santiago. Él se inclinó hacia adelante, y con los labios rozó el pezón derecho. Luego, con la lengua, lo rozó con suavidad. Clara soltó un grito, bajo, ahogado, y se hundió más en el asiento, como si quisiera desaparecer.

Él lo hizo de nuevo. Y luego con el otro. Con una lentitud que le costaba esfuerzo, con una ternura que la estaba deshaciendo. Clara sintió cómo su cuerpo se volvía más blando, más vulnerable, como si ya no fuera dueña de sí misma. Sus manos se agarraron a los brazos del asiento, como si temiera que se fuera.

—¿Te gusta? —susurró él.

Ella asintió, con los ojos cerrados.

Él se levantó, lentamente, y se quitó la camiseta. Clara lo miró. Vio su pecho, ancho, musculoso, con una

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