Mi primera vez con un extranjero en el tren
A los veintitrés años, aún creía que el amor se encontraba en los lugares comunes: cafés con música en vivo, discusiones de fin de semana por WhatsApp, o miradas furtivas en las fiestas universitarias. Nunca imaginé que mi primera vez —esa que los libros llamaban “el antes y el después”— sucedería en un tren que cruzaba el norte de México, entre Chihuahua y Durango, con una sola maleta de 22 kilos, una botella de tequila de regalo y un corazón que aún no sabía latir de otra forma.
Llamaba a ese tren “El Olvido”, aunque en realidad se llamaba *Tren Dorado*. Lo había elegido porque, según un foro de viajeros anónimos, era el único que ofrecía asientos con cama individual y ventana panorámica. Yo necesitaba espacio. Necesitaba irme. Había terminado con Jesús dos días antes: una despedida educada, sin gritos, con un abrazo corto y la promesa de no volverse a escribir. Me había quedado con su camiseta negra y una sensación de vacío que no lograba llenar con pizza ni series.
El tren partió a las 6:45 p.m., justo cuando el sol se hundía tras la sierra, pintando el cielo de naranjas y púrpuras. Me acomodé en mi asiento, un cubículo pequeño pero privado, con una cama estrecha y una mesa plegable. En la entrada, un hombre con una mochila gris de montañismo y un libro de García Márquez en la mano me sonrió. No fue un gesto forzado, sino algo suave, como si ya nos hubiésemos saludado antes, en otra vida.
—¿El 14? —preguntó, indicando mi puerta.
—Sí —respondí, un poco sorprendida por la precisión.
—Yo soy el 15. Al lado.
Asentí, y entré. Cuando lo vi de nuevo al poco rato, ya con los pies sobre la mesa y una botella de jugo de tamarindo entre las manos, me di cuenta de que era más alto de lo que parecía, con hombros anchos pero no agresivos, y una barba corta, bien cuidada. Tenía los ojos claros, casi transparentes bajo la luz del atardecer, y una sonrisa que parecía tener su propia gravitación.
—Soy Lucas —dijo, ofreciéndome la botella. —¿Quieres?
—Claro. Gracias.
Tomé un trago. El tamarindo era dulce, ácido, fresco. Él me miró beber y luego bajó la vista a mis labios, sin disimulo, sin vergüenza. No me incomodó. Al contrario. Me hizo sentir viva.
—Vas sola —no fue una pregunta.
—Sí. —Me encogí de hombros. —A Durango, a visitar a una amiga. Pero la verdad es que necesitaba salir.
—Yo voy a San Luis Potosí. A buscar algo que tal vez no encuentre —dijo, abriendo el libro de Márquez como si fuera una excusa para no mirarme demasiado. Pero luego volvió a levantar la vista, y esta vez la sonrisa fue más lenta, más íntima. —¿Alguna vez has estado en un tren con cama?
—No.
—Entonces —se levantó, se acercó y apoyó una mano en el marco de la puerta, cerrándola con suavidad—, te voy a enseñar algo que no está en los guías turísticos.
No hubo coqueteo agresivo, ni palabras de seducción baratas. Solo una presencia. Una confianza que no pedía permiso, sino que lo otorgaba, como si supiera que yo ya lo había dado.
Me puse de pie. No por obligación, sino porque algo en mí, desde lo más hondo, decidió que era el momento. No era miedo. Era curiosidad. Era la necesidad de sentir que aún podía elegir algo nuevo, algo que no viniera de un pasado que ya no me pertenecía.
Lucas se quitó la mochila, la dejó en la cama contigua, y entonces, lentamente, desabotonó su camisa. No con apuro, sino con deliberación. Cada botón era una pausa, un suspiro silencioso. La tela se abrió como un pergamino, revelando un pecho terso, con una ligera sombra de vello oscuro que descendía hasta el ombligo. Tenía una cicatriz pequeña, blanca, en el costado derecho —un recuerdo de algo lejano, tal vez un accidente de bicicleta, un corte de cuchillo, un error de juventud. No pregunté. Algunas historias se cuentan con el cuerpo antes que con las palabras.
—¿Puedo? —preguntó, extendiendo la mano.
—Sí —susurré.
Tocó mi rostro. Sus dedos eran calientes, con una ligera roughness de piel de hombre que trabajaba con las manos. Me incliné hacia él, sin pensar, como si ya hubiésemos hecho esto antes. Su otro brazo envolvió mi cintura, y entonces me sentí leve. Como si el tren, que avanzaba a cien kilómetros por hora por el cañón, me sostuviera en el aire.
Me besó. No fue un beso de prueba, ni de urgencia. Fue un beso de descubrimiento. Labios contra labios, luego la lengua buscando la mía con una lentitud que hacía vibrar cada nervio de mi piel. Sentí su respiración entrecortarse cuando sus manos bajaron hasta mis caderas, tirando suavemente de mi falda hasta que pude ayudarlo a sacármela. Mis piernas temblaban. No de miedo, sino de algo más fuerte: anticipación pura, cruda, sin filtros.
Se sentó en la cama y me pidió que me sentara sobre sus piernas. Me desabroché su pantalón yo misma, con las uñas rozando su entrepierna, y cuando lo vi en su totalidad —blando, flácido aún, pero grande, más grande de lo que imaginaba—, me sonrojé. Pero él me detuvo con una mano en la mejilla.
—No tienes que hacer nada que no quieras. Solo… déjate sentir.
Lo hice. Me despojé de la blusa, de los shorts, y me acerqué a él con lentitud. Lo toqué. Con la palma. Con los dedos. Sentí su piel cálida, suave, con una textura de pene recién despierto, húmedo en la punta. Me incliné y lo besé en el glande. El sabor fue salado, natural. Él soltó un suspiro profundo y me atrajo hacia él.
—¿Te gustaría estar encima? —susurró.
Asentí. Me senté sobre él, con sus manos guiando mis caderas. Me deslizé hacia abajo, lentamente, hasta sentirlo dentro. No fue dolor. Fue plenitud. Fue como encontrar una pieza que faltaba en un rompecabezas que ni sabía que estaba incompleto. Mis ojos se cerraron. Su pecho contra mi espalda. Su respiración en mi cuello. El tren seguía avanzando, y el mundo se redujo a esa cama estrecha, a ese calor, a ese ritmo que íbamos construyendo juntos.
Me moví con delicadeza, al principio, sin saber cuánto podía dar. Él me ayudó, con las manos en mis muslos, empujando suavemente, susurrando palabras en inglés que no entendía, pero que sentí. Supe después que decía: *“Tú eres hermosa. Estoy aquí. Solo tú.”*
Las paredes del tren vibraban suavemente con cada curva de la vía, y yo sentía ese temblor también en mi cuerpo, como si el tren y yo estuviésemos latiendo al mismo ritmo. Lucas me tomó de la mano y se la llevó a su boca, besando cada dedo. Luego, con la otra mano, encontró mi clítoris, masajeándolo con una suavidad que me hizo arquear la espalda. No duró mucho. Un segundo más de presión, un gemido contenido, y luego me deshice en sus brazos, con el orgasmo tan fuerte que sentí las lágrimas asomar en mis ojos.
No fue vergüenza. Fue liberación.
Se corrió poco después, con un susurro ahogado contra mi hombro, y entonces me abrazó fuerte, como si temiera que desapareciera. Me acurriqué contra su pecho, escuchando sus latidos, que aún eran rápidos. Él acarició mi cabello, y por primera vez en semanas, no pensaba en Jesús. No pensaba en nada. Estaba allí. Con él. En movimiento. Viva.
Cuando el tren entró en la estación de Durango, a las 11:30 p.m., la ciudad estaba en silencio, iluminada por faroles antiguos. Lucas me ayudó a recoger mis cosas. Me besó en la frente.
—¿Te llamo? —preguntó.
—No —dije, y esto no fue una negativa, sino una confesión. —Hoy no. Hoy solo… gracias.
Él sonrió, entendió. Asintió.
Y así fue. Bajé del tren con una maleta un poco más pesada, un cuerpo que ya no era el mismo, y un corazón que, por primera vez en mucho tiempo, latía con calma.
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