Mi primera vez con mi jefe

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La oficina estaba vacía, solo el eco de los fluorescentes zumbando sobre el silencio. Habían pasado las diez, y el edificio entero parecía haberse tragado a todos, menos a ellos. Sofía, veintitrés años, recién graduada, con el pelo oscuro recogido en un moño flojo que ya empezaba a deshacerse, tecleaba con urgencia en su computadora. El informe se le había complicado. Tenía que entregarlo al día siguiente, y aunque era viernes, no había querido irse sin terminar. No quería fallar. No quería decepcionar a *él*.

Él. Daniel. Cuarenta y dos. Gerente de operaciones. Alto, barba cuidada, voz grave, mirada que no necesitaba alzar el tono para imponerse. Vestía trajes oscuros, camisas negras o azul marino, y siempre olía a cuero y tabaco dulce, aunque no fumaba. Su presencia era como una sombra que se extendía por el pasillo antes de que él apareciera.

Esa noche, Sofía lo escuchó antes de verlo. Pasos firmes. Piel contra piel. Zapatos de cuero sobre piso frío. Levantó la vista cuando él dobló la esquina. Llevaba la chaqueta en el hombro, la corbata aflojada.

—Todavía aquí —dijo, sin sorpresa.

—Sí. No quería dejar el informe para el lunes —respondió ella, intentando que su voz no temblara.

Daniel se acercó. No se detuvo en su oficina. Fue directo a ella. Se paró detrás de su silla, lo suficientemente cerca como para que Sofía sintiera el calor de su cuerpo.

—Déjame ver —dijo, y se inclinó.

Sus manos se posaron en los brazos de la silla, rodeándola. Sofía contuvo el aliento. El cuello le ardía. Podía sentir el aliento de él en su oreja.

—Está bien —murmuró—. Pero podrías haberlo dejado.

—No quería que pensara que no soy responsable.

—No pienso eso —dijo, y esta vez su boca rozó el lóbulo de su oreja. Solo un roce. Un segundo. Pero fue suficiente para que Sofía sintiera un calambre desde el vientre hasta los muslos.

No se movió. No dijo nada.

Daniel se enderezó.

—Vámonos. Te invito un trago.

—¿Ahora?

—¿Tienes algo mejor que hacer?

Ella negó con la cabeza. Apagó la computadora. Tomó su bolso. Caminaron juntos por el pasillo. No hablaron. Solo el sonido de sus pasos. El ascensor bajó lento. Cuando las puertas se abrieron en el sótano, Daniel puso su mano en la espalda baja de ella. Justo encima de la cintura del pantalón. Un gesto leve, pero firme. Poseedor.

El bar estaba a tres cuadras. Un lugar discreto, con mesas de madera oscura, luz tenue, música de jazz bajo. Se sentaron en una esquina. Daniel pidió dos whiskys con hielo.

—¿Nunca has bebido con tu jefe? —preguntó, mirándola fijo.

—Nunca.

—¿Y si te digo que quiero que lo hagas?

Sofía lo miró. Sus ojos eran negros, profundos. No había broma en su voz.

—Entonces lo haré.

Él sonrió. Pequeño. Sincero.

Bebieron. El alcohol le quemó la garganta, pero le relajó los hombros. Daniel habló poco. Preguntó por su carrera, sus planes, si tenía novio.

—No —dijo ella.

—¿Nadie?

—Nadie importante.

—¿Y si yo lo fuera?

Sofía bajó la vista. Su pulso latía en la garganta.

—Depende de lo que quiera hacer.

Daniel se inclinó hacia adelante.

—Quiero llevarte a un hotel. Quiero desnudarte. Quiero que me dejes meterte la lengua en la boca, los dedos en la concha, y después, la polla. Quiero oírte gritar mi nombre mientras te follo. ¿Estás lista para eso?

Ella no respondió con palabras. Asintió.

Él pagó. Salieron. Caminaron. No tomaron un taxi. Fueron caminando, en silencio, bajo las farolas amarillas. Daniel la tomó de la mano. No la soltó.

El hotel era discreto. Pequeño. Un ascensor antiguo los subió al tercer piso. La habitación olía a madera vieja y perfume caro. Daniel cerró la puerta con llave. Encendió una lámpara de noche. La luz era tenue, cálida.

—Quítate la blusa —dijo.

Sofía obedeció. Desabrochó los botones lentamente. Sus dedos temblaban. La tela cayó al suelo. Llevaba un sostén negro, simple, que apenas contenía sus pechos.

—El sostén también —ordenó.

Lo desabrochó por atrás. Se lo quitó. Sus pechos quedaron expuestos. Firmes, con pezones oscuros, endurecidos.

Daniel se acercó. No tocó. Solo miró.

—Hermosos —dijo.

Luego, con un dedo, rozó el pezón izquierdo. Solo un roce. Sofía jadeó.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Dilo mejor.

—Sí… me gusta.

Él repitió el movimiento. Esta vez con más presión. El pezón se endureció más. Sofía se mordió el labio.

—¿Tienes idea de lo que te voy a hacer? —preguntó Daniel, bajando la mano hasta la cintura del pantalón de ella.

—No.

—Te voy a follar como nunca te han follado. Pero primero, quiero probarte. Quiero saborearte. Quiero que te corras en mi boca antes de que te penetre.

Sofía se estremeció.

—Sí… por favor.

Daniel se arrodilló frente a ella. Le desabrochó el pantalón. Se lo bajó lentamente, junto con la ropa interior. Sofía quedó desnuda de cintura para abajo. Sus piernas temblaban.

Él miró.

—Estás mojada —dijo.

Y era verdad. Su concha brillaba en la penumbra. Un hilo de humedad bajaba por el interior de sus muslos.

Daniel puso las manos en sus caderas. La atrajo hacia sí. Acercó la boca.

Y la lamió.

Un jadeo agudo salió de la garganta de Sofía. La lengua de Daniel era larga, firme, precisa. Recorrió todo su sexo, desde el culo hasta el clítoris. Lamió sus labios mayores, separó los menores con los dedos, y luego, con la punta de la lengua, trazó círculos alrededor del clítoris.

—Ay… Dios… —gimió ella, agarrándose de sus hombros.

—No digas Dios —dijo él, sin dejar de lamer—. Di mi nombre.

—Daniel… Daniel…

Él sonrió contra su sexo. Volvió a lamer, más fuerte, más rápido. Introdujo dos dedos dentro de ella. Sofía gritó.

—Estoy… voy a…

—Correte —ordenó.

Y ella lo hizo. Un orgasmo violento, profundo, que la hizo temblar de pies a cabeza. Daniel no se detuvo. Siguió lamiendo, chupando, mientras ella se sacudía.

Cuando terminó, la tomó en brazos y la llevó a la cama.

—Ahora —dijo—, voy a cogerte.

Se quitó la ropa. Lento. Camisa, corbata, pantalón, ropa interior. Su cuerpo era fuerte, marcado, con vellos oscuros en el pecho y el pubis. Y su polla… larga, gruesa, con venas marcadas, el glande hinchado, brillando con una gota de líquido preseminal.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí… —susurró ella.

—¿Quieres chupármela?

—Sí.

Daniel se acercó. Sofía se sentó. Tomó la polla con la mano. Pesaba. Era caliente. La acercó a su boca. Lamió la punta, saboreó el líquido salado. Luego, poco a poco, se la metió en la boca.

Chupó. Con ansias. Con hambre. Su jefe gemía.

—Así… así… joder…

Ella iba y venía. Con la boca, con la mano. Sentía el glande golpear el fondo de su garganta. No se detuvo. Quería que él se corriera en su boca. Quería tragarlo todo.

—Para —dijo él, de pronto.

Sofía se detuvo. Lo miró.

—No quiero correrme así. Quiero correrme dentro de ti.

La empujó suavemente hacia la cama. Le abrió las piernas. Se puso entre ellas.

—¿Tienes condón? —preguntó.

—Sí —dijo él, sacando uno de la billetera.

Lo abrió con los dientes. Se lo puso lentamente, con la mirada fija en ella.

—¿Estás lista? —preguntó.

—Sí —dijo Sofía, con voz temblorosa.

Daniel acercó la punta de su polla a la entrada de su concha.

—Dime que me quieres dentro —ordenó.

—Quiero que me folles —dijo ella—. Quiero que me la metas toda.

Él sonrió.

Y empujó.

Un grito. Sofía se arqueó. La polla de Daniel era grande, y ella estaba estrecha. El dolor fue agudo, pero pasó rápido, reemplazado por una presión intensa, llena.

—Relájate —dijo él.

Ella respiró. Lentamente.

Daniel empezó a moverse. Lento al principio. Entraba y salía con cuidado. Pero cada vez más profundo. Más fuerte.

—¿Duele? —preguntó.

—No… no… sigue…

Él aumentó el ritmo. Sus caderas golpeaban las de ella. El sonido de la carne contra carne llenaba la habitación.

—Dime que te gusta —dijo.

—Me gusta… me gusta que me folles…

—¿Quieres más?

—Sí… más…

Daniel la tomó de las caderas, la levantó un poco, y entró más fuerte. Sofía gritó. Otra vez.

—Sí… así… más…

Él no se detuvo. La cogió sin piedad. Con fuerza. Con dominio. Sus bolas golpeaban contra su culo. Cada embestida la hacía temblar.

—Voy a correrme —dijo él.

—Hazlo… dentro… quiero sentirte…

Daniel gruñó. Empujó una última vez, profundo, y se corrió. Sofía sintió el condón hincharse. Daniel se quedó dentro, jadeando, sudoroso.

—Joder… —murmuró—. Qué puta delicia.

Se dejó caer a su lado. Le quitó el condón, lo anudó, lo tiró al piso.

—No te muevas —dijo.

Se acostó a su lado, la abrazó. Sofía puso la cabeza en su pecho.

—¿Fue tu primera vez? —preguntó él.

—Sí —dijo ella.

—No será la última —dijo Daniel.

Y no lo fue.

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