La primera vez que toqué su piel negra
4 minLa primera vez que toqué su piel negra
La conocí en una fiesta de cumpleaños en el barrio, un viernes cualquiera de julio, con aire cargado de humedad y música de salsa moderna retumbando en el patio trasero. Ella se llamaba Liliana, pero en su voz había un sonido más áspero, más profundo, como si su nombre hubiera nacido en otro continente, en otra lengua. Era alta, de piel oscura como el café recién cocido, con rulos sueltos que le caían hasta la mitad de la espalda, y ojos que brillaban con una chispa que no admitía excusas. Yo, blanco, rubio, de piel pálida que se sonrojaba con el más mínimo esfuerzo, me sentí como un extraño en su órbita desde el primer minuto.
—¿Tú también estás de vacaciones? —me preguntó, esa sonrisa entre burlona y prometedora en los labios carnosos.
—No —respondí, con la garganta seca—. Vivo aquí. Desde hace años. Y nunca te había visto.
—Es porque no sales de noche —dijo, y me tendió su vaso medio vacío—. Toma. Bebe algo conmigo.
No era solo el alcohol lo que me hacía temblar las manos. Era la forma en que me miraba, como si ya conociera cada pliegue de mi piel, cada grieta de mi control. Me acerqué, sentí su calor antes incluso de tocarla, y cuando sus dedos rozaron la muñeca, fue como una descarga eléctrica que me arrancó el aliento.
Nos fuimos a mi departamento, no por impulso, sino por necesidad. Necesitaba respirar, necesitaba que ella hablara, necesitaba que me dijera algo que rompiera el hechizo. Pero cuando cerré la puerta tras de nosotros, ella se volvió, me miró fijamente, y solo dijo:
—¿Quieres tocarme?
Asentí, pero ella me detuvo con una mano en el pecho.
—No con la mano. Con los ojos primero.
Y así fue: me senté en el borde del sofá, ella frente a mí, entre mis piernas abiertas, y me despojé de la corbata como si fuera una ofrenda. Luego, lentamente, me desabotoné la camisa, dejando al descubierto el pecho, y ella me observó, sus ojos oscuros bajando, subiendo, regresando a los míos.
—Ahora —susurró.
Me levanté, me acerqué, y puse mis manos en sus caderas. Su piel era suave, cálida, como terciopelo sobre fuego. Me agaché y besé su ombligo, luego el borde de su blusa, y con los dedos deslicé la cremallera lateral. La tela cedió, se deslizó por sus hombros, y quedó solo su sostén negro, ajustado, que dejaba ver la curva de sus pechos anchos y firmes. No me apresuré. Me arrodillé frente a ella, y con la yema de los dedos, tracé el contorno de su pecho, sintiendo cómo su respiración se aceleraba, cómo su pecho se elevaba, cómo su pezón endurecía bajo mi tacto.
—Sí —gimió, inclinando el cuerpo hacia adelante.
Después, con cuidado, le quité el sostén. Sus pechos salieron libres, redondeados, oscuros como miel dorada, y sus pezones eran pequeños brotes oscuros, hinchados ya por el deseo. Me incliné y chupé uno, con fuerza, y ella soltó un grito ahogado, sus dedos enredándose en mi pelo. La otra mano la llevé a su vientre, bajando, bajando, hasta el borde de sus pantalones. Los desabotoné, bajé la cremallera, y deslicé la tela y la ropa interior juntas, revelando su vulva perfecta, cubierta por un vello oscuro y recortado, húmeda ya a pesar de todo.
—Tú no sabes lo que haces conmigo —susurró.
—Sí lo sé —respondí—. Lo sé desde que te vi.
Le separé los labios con los dedos, y allí estaba: su clítoris, hinchado, brillante, como una cereza madura. Lo acaricié con la lengua, una, dos veces, y ella se estremeció, agaró mi cabeza con fuerza, y gritó mi nombre. Entonces me levanté, me deslicé los pantalones y la ropa interior, y ella me vio erguido frente a ella, mi pene tieso, grueso, la cabeza roja y brillante por la prepucio estirado. Me coloqué entre sus piernas, ya abiertas, ya esperándome, y empujé lentamente.
La penetré de un solo golpe, hasta la raíz, y su cuerpo se arqueó como una cuerda tensa. Su vagina era apretada, cálida, con paredes suaves que se contraían a cada latido. Me quedé quieto, viendo su cara, sus ojos cerrados, su boca entreabierta, su pecho subiendo y bajando rápido. Luego empecé a moverme, con golpes cortos, profundos, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba, cómo sus caderas comenzaron a buscar el ritmo, cómo sus uñas se clavaban en mis brazos.
—Sí, sí, más fuerte —murmuró—. Dime lo que haces.
—Te follo, Liliana —respondí—. Te follo hasta que no puedas más.
Y así fue: la follé con fuerza, con desesperación, con una ternura que dolía. Ella gemía, me llamaba “blanco”, “mi blanco”, “mi blanco negro”, palabras que sonaban a pecado y a gracia. Sentí su cuerpo temblar, sentir su clítoris pulsar contra mí, y cuando me dijo “ahora”, me agarré de sus caderas, y la penetrate hasta lo más hondo, y explotó, gritando, con el cuerpo arqueado, los o
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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.