Me vine pensando en él

@diego_salas ·18 de marzo de 2026 · ★ 4.7 (14) · 271 lecturas

La casa estaba vacía, como siempre a esa hora. Las seis de la tarde en Medellín, con ese sol que se cuela entre las cortinas de encaje y pinta rayas en el piso de mármol. Lucía se dejó caer en el sofá, con los pies descalzos sobre la mesita de vidrio, el vestido ajustado marcándole las caderas anchas, el escote dejando entrever lo que ella sabía que era mejor no mostrar… pero que hoy, por primera vez en semanas, no le importó.

Había estado pensando en él todo el día. En su risa gruesa, en cómo movía las cejas cuando algo le parecía chistoso. En cómo, sin decir nada, le había rozado el brazo al pasarle el café en la reunión del edificio. Nada más. Un roce. Pero suficiente para que se le encendiera el cuerpo como si le hubieran puesto un fósforo entre las piernas.

Se levantó, se miró al espejo del pasillo. Cabello suelto, labios pintados de rojo mate, el pelo pegado a la nuca por el calor. Se mordió el labio inferior, despacio. No se había tocado en semanas. No porque no quisiera, sino porque no había nadie con quien valiera la pena. Hasta ahora.

Entró al cuarto, cerró la puerta con doble vuelta. Se desabrochó el vestido con lentitud, dejándolo caer al suelo como si fuera un secreto que ya no quería guardar. Solo con la ropa interior, se sentó en la cama, la espalda recta, las piernas juntas. Encendió el ventilador del techo. El aire le movió el pelo, le alborotó los pezones.

Se miró los senos, redondos, firmes, con las aureolas oscuras que él nunca había visto. Pero que ella, en su cabeza, ya le había mostrado. Una y mil veces.

Se acarició el muslo, arriba, despacio. Luego el otro. Subió un dedo por la costura de la bragas, sintiendo el encaje, el calor. Cerró los ojos.

Y pensó en él.

En cómo se paraba frente al ascensor, con el pantalón ajustado, el pito marcado como si fuera una promesa. En cómo se rascaba la nuca cuando estaba nervioso. En cómo, el otro día, se le había quedado viendo el culo cuando ella subía las escaleras.

—Ay, mi vida… —susurró, metiendo un dedo bajo la tela, rozando el clítoris ya hinchado.

No se apuró. No quería correrse rápido. Quería saborear cada segundo, como si fuera él quien la tocaba. Se imaginó sus manos grandes, morenas, deslizándose por sus caderas, bajándole las bragas con esa mirada de “yo sé lo que estás pensando”.

Se mordió el labio otra vez, más fuerte.

Metió dos dedos, despacio, mientras con el pulgar se rozaba el punto que le hacía ver estrellas. Abrió las piernas, se echó hacia atrás, apoyando las manos en la cama. El aire del ventilador le daba en los senos, en el cuello, en la cara.

—Ay, sí… —gimió, bajito, como si alguien pudiera oírla.

Pensó en su boca. En cómo sería besarla, probarla, morderla. Pensó en cómo sería tenerlo encima, con el pito duro buscando entrarle, con la respiración agitada, con los ojos cerrados.

Movió los dedos más rápido, con más fuerza. Se imaginó que era él quien la penetraba, que eran sus caderas las que se movían, que era su nombre el que ella gritaba en silencio.

—Diego… —dijo, apenas un susurro.

No sabía si ese era su nombre. Pero en su cabeza, ya lo era.

Se corrió con un jadeo contenido, las piernas temblando, los dedos mojados, el cuerpo arqueado como si alguien la estuviera sosteniendo. Se dejó ir, despacio, con los ojos cerrados, con el nombre en los labios.

Cuando abrió los ojos, el sol seguía ahí, las cortinas seguían ondeando. Nada había cambiado.

Pero ella, sí.

Se limpió con la toalla que tenía al lado, se puso el albornoz. Se miró al espejo.

—Mañana hay asamblea —dijo, sonriendo—. Y voy a sentarme justo frente a él.

Y con ese pensamiento, se fue a duchar, sabiendo que no sería la última vez que se venía pensando en el vecino del 503.

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