Me la comí entera en la terraza de la quinta cuando el marido no estaba
7 minMe la comí entera en la terraza de la quinta cuando el marido no estaba
La terraza de la quinta de los Mena olía a jazmín marchito, café quemado y sudor de hombre que ya llevaba dos horas con la camiseta empapada. Carlos, el dueño, había salido a comprar cigarros a las siete y media, dejando a su esposa, Valeria, sola conmigo —aunque nadie lo supiera, ni siquiera ella misma lo asumía como cierto hasta ese instante, cuando el sol se metió detrás del cerro y el calor se volvió más denso que el aire acondicionado roto de su casa en el barrio La Candelaria, en Medellín.
Yo ya la miraba de reojo desde hacía semanas: primero en las reuniones del club de lectura, donde ella leía poesía de Nicanor Parra con una voz tan pausada que parecía arrastrar las palabras por el suelo, y luego en las fiestas de fin de año, donde se movía como si tuviera un reloj interno marcándole cuándo debía reír, cuándo bajar la mirada y cuándo cruzar la pierna con una lentitud que dolía. Pero esta vez no era un robo de miradas. Esta vez era una orden tácita que ella misma me envió con la mano, mientras servía aguapanela en vasos grandes y le decía a su amiga Clara que se fuera temprano porque le dolía la cabeza —mentira, pero Clara lo creyó, claro que lo creyó, y se fue con su bolso de paja y su sonrisa de poca duda.
—¿Tú qué quieres, profesor? —me preguntó, usando ese mote que todos le poníamos desde que dio clase de literatura en la universidad—. ¿Azúcar o panelita?
—Azúcar —dije yo, tomando el vaso con los dedos y mirando sus uñas, pintadas de rojo oscuro, como si fueran pequeños puños cerrados—. Pero me encantaría que me la endulzaras tú.
No dijo nada. Solo se acercó más, se inclinó sobre la mesa de madera, y por primera vez noté que tenía una marca de nacimiento en la parte baja de la espalda, casi oculta por la tira del top, una manchita oscura en forma de media luna, como un luna nueva que esperara su momento.
—Me estás hablando raro —dijo, pero no apartó la mirada.
—Porque no quiero hablar más —respondí.
Y entonces lo hizo: me tomó de la muñeca, con un agarre firme pero sin fuerza bruta, y me llevó hacia el fondo de la terraza, donde había un diván de mimbre bajo una pérgola de hiedra, y donde nadie nos vería si no se subía al techo del vecino —y hasta allá no iba nadie, ni siquiera los perros.
Me senté primero, con las piernas abiertas, las manos apoyadas atrás, como si estuviera esperando un juicio. Ella se puso de rodillas frente a mí, entre mis muslos, y me miró a los ojos mientras se quitaba la blusa. No se apresuró. Se desabrochó cada botón con lentitud, como si cada uno fuera una promesa, y cuando el tejido cayó al suelo, su pecho se mostró como si naciera de nuevo: redondo, firme, con pezones oscuros y hinchados ya, por el calor o por el deseo, no sabía cuál pesaba más.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó.
—Me gusta que lo sepas.
Ella sonrió, pero no fue una sonrisa de triunfo, sino de comprender. Como si yo le hubiera dado permiso para algo que ya tenía dentro, pero que nadie más había osado tocar.
Se inclinó hacia adelante, me desabrochó el pantalón, y me sacó el pito sin rodeos. Ya estaba duro, pero no por la vista, sino por el olor: sudor, perfume de jazmín y algo más, algo que no tenía nombre, pero que me hizo recordar que yo también tenía una responsabilidad, que no era solo el receptor, sino el que iba a dar.
—Mierda, qué rico —dije, sin poder evitarlo.
Ella no se inmutó. Solo me agarró la base con ambas manos, apretó suavemente, y bajó la cabeza.
El primer toque fue con la punta de la lengua, un roce húmedo y rápido, como si la estuviera probando, midiendo. Luego, más profundo: abrió la boca, me metió la cabeza entera, y me chupó con una suavidad que dolía. No era una boca de niña, ni de novia de veinte años. Era la boca de una mujer que sabía lo que quería y no tenía prisa por hacerlo rápido. Me chupaba lento, con succión constante, mientras con una mano me masajeaba los testículos, apretándolos con delicadeza, y con la otra me acariciaba el fondo del coño, ya mojado, ya abierto, ya esperándome.
—Estás rico —susurró, sin soltar el pito—. Mami te quiere mamar bien.
Y me volvió a meter, esta vez hasta la garganta. Me miró por encima, con los ojos medio cerrados, los labios estirados alrededor de mi verga, y soltó un gemido sordo, como si también ella estuviera follando.
Yo no me aguanté. Le puse las manos en la cabeza, pero no para empujar, sino para sostenerla, para indicarle cuándo subir, cuándo bajar. Ella me siguió el ritmo, y cuando sentí que iba a correrme, le dije:
—Valeria… me voy a venir.
Ella no se movió. Solo me apretó un poco más la base, me sostuvo la verga con los dedos, y me dejó correrme en su boca, todo, sin pausas, sin cortes. Yo sentí el calor, el tirón, el deseo que se desbordaba, y ella lo tragó todo, con una tranquilidad que casi me hizo llorar. Porque no era vergüenza. Era respeto. Era que me había dejado ir.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, me miró y sonrió.
—Te quedaste duro de nuevo —dijo.
—No me digas que quieres más —respondí, jadeando.
—Sí —dijo ella, y se levantó—. Quiero más.
Me puso de espaldas al diván, me pidió que me sentara, y ella subió la falda, se quitó la tanga, y se sentó sobre mí, con el coño abierto, mojado, listo.
—¿Me dejas entrar? —me preguntó.
—Si no me lo metes ya, me muero —le dije.
Ella se bajó despacio, y primero introdujo la punta del pito, rozando el clítoris, que se le hinchó enseguida, y luego, con un movimiento suave pero firme, me lo metió todo. Yo solté un gruñido, como un animal herido, y ella se puso a moverse, con las manos atrás, apoyada en mis muslos, subiendo y bajando con una cadencia que hacía que su coño se frotara contra mi pubis, contra mi pene, contra todo lo que teníamos dentro.
No hablamos. Solo nos miramos. Ella con los ojos cerrados, yo con la mirada fija en su pecho, que rebotaba con cada embestida. Ella se movía más rápido, y yo la agarré de las caderas, la empujé hacia abajo, y le dije:
—Mamá, me estás matando.
Ella se inclinó hacia adelante, me besó el cuello, y me metió los pechos en la cara, mientras con una mano se frotaba el clítoris con el pulgar, y con la otra me agarraba la verga, acelerando el ritmo.
—Sí, sí, sí —musitaba—. Mámame, cógeme, déjate ir.
Y cuando yo sentí que me iba otra vez, ella se estremeció, se apretó como un puño alrededor de mi pene, y se corrió con un grito que se ahogó en mi hombro. Yo la seguí, metiéndole las manos en el pelo, tirando de ella hacia mí, y corriéndome dentro, otra vez, sin vacilar.
Se quedó un momento así, con el pito dentro, la frente contra mi cuello, respirando fuerte. Luego se levantó, se puso la ropa, me sirvió otro vaso de aguapanela, y se sentó a mi lado.
—¿Te arrepientes? —le pregunté.
—No —dijo—. Pero no vuelvas a decirle a nadie que me viste en la terraza.
—¿Y si alguien lo ve?
Ella se levantó, se dio la vuelta, y me mostró la espalda.
—Aquí no queda nada —dijo—. Solo el recuerdo. Y la marca.
Y salió a buscar a Clara, como si nada hubiera pasado, como si el sol no hubiera cambiado de color, como si el jazmín no estuviera ardiendo.
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.