El momento en que su mano dejó de temblar

El momento en que su mano dejó de temblar

@el_anonimo ·5 de julio de 2026 · 🔥 4.4 (19) · 10 lecturas · 7 min de lectura

Llegué a la fiesta con una botella de mezcal y la promesa de no quedarme más de dos horas. Me engañaba. Siempre llego con una botella y una promesa similar, y siempre me quedo hasta que el sol vuelve a colarse por las persianas. Pero esa noche había algo distinto. No era solo el calor, ni el olor a pinza quemada y sudor barato. Era ella.

Estaba junto a la cocina, inclinada sobre la encimera, agarrando un vaso con ambas manos. No bebía. Solo lo sostenía. Su cabello, castaño oscuro y ondulado, caía en cascada sobre la nuca, dejando al descubierto la curva de su espalda baja, donde la tela del vestido se ajustaba como una promesa incumplida. No era joven, tampoco vieja. Algo entre los treinta y los cuarenta. Los ojos tenían el brillo húmedo de quien ha llorado hace poco, o de quien está a punto.

Me acerqué.

—¿Necesitas ayuda con eso? —pregunté, señalando el vaso.

Ella levantó la vista. Me miró como si me conociera desde siempre, pero sin reconocerme.

—Está vacío —dijo, y sonrió, pero no fue una sonrisa real. Fue el espejismo de una.

—Entonces déjame llenarlo.

Asintió, lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo invisible.

En la cocina, entre botellas y vasos, hablamos de todo y de nada. Se llamaba Lucía. Vivía en la colonia Roma, trabajaba en una editorial pequeña, le gustaban las películas antiguas y odiaba el café descafeinado. Tenía una gata que se llamaba Nena y que se había escapado hace dos semanas. No volvió a hablar de eso.

—¿Tienes hijos? —me preguntó de pronto, mientras vertía el mezcal con una mano firme, por fin.

—No. Tú?

—No. Pero me gustaría. Si alguna vez el tiempo y el espacio coinciden.

Me dio el vaso. Nuestras manos se rozaron. Un roce breve, casual. Pero en ese instante, su mano tembló. Lo noté. Un temblor leve, casi imperceptible, como una hoja al borde de la caída. Lo noté porque yo también estaba temblando.

—¿Estás bien? —le pregunté, sin soltar el vaso.

Ella no respondió. Solo me sostuvo la mirada. Y entonces, por primera vez, su boca se abrió sin pensar, sin fingir. Respiró profundo, como si hubiera estado conteniendo el aire desde que entró a la fiesta.

—¿Quieres irte? —me preguntó, voz baja.

—Sí.

Fue así. Sin más. No hubo miradas furtivas, ni toques calculados. Cuando salimos del depto., el aire de la calle nos golpeó como un reencuentro. Eran las once y treinta y siete. La ciudad vibraba con su ritmo habitual: autos, risas, luces que no parpadeaban por culpa de nadie.

—¿A dónde? —le pregunté, mientras caminábamos en silencio hacia el metro.

—A donde tú quieras —dijo ella.

No fue una invitación. Fue una confesión.

Subimos al depto. de un amigo mío, que se fue de fin de semana a Oaxaca. No era mi lugar. Pero tenía cama, agua fría y una puerta que cerraba bien.

Lucía no miró alrededor. No evaluó. Se dejó caer sobre el sofá, como si todo su cuerpo se hubiera olvidado de sí mismo. Me acerqué. Me senté al borde, a un metro.

—¿Por qué temblaste? —le pregunté.

Ella se giró lentamente. Sus ojos, ahora más oscuros, me atravesaron.

—Porque desde que entraste, no pude dejar de pensar en cómo sería si me besabas.

—¿Y si te lo pregunto? —dije, inclinándome.

—Entonces no lo harías. Porque ya lo estás haciendo.

Me acerqué hasta que pude sentir su aliento, cálido y ligeramente dulce, como miel derretida. Su nariz rozó la mía. Sus pestañas temblaban.

—¿Tu mano? —susurré.

—Sí —dijo, y esta vez su mano se elevó, sin vacilar, y se posó en mi nuca—. Porque sé que si me besas, no voy a poder parar.

Y entonces me besó.

Fue un beso suave, inicialmente, como si estuviera probando el sabor del aire entre nosotros. Pero después, cuando notó que yo no me retiraba, que no me frenaba, se abrió. Y entonces su boca cambió. Se volvió urgente. Húmeda. Su lengua rozó la mía, una, dos veces, como si estuviera aprendiendo. Como si estuviera reconociendo un lugar que ya conocía.

Me levanté. Ella me siguió. No hubo prisa. Solo manos que encontraban piel, que se aferraban, que se deslizaban por la espalda, por la cintura, por la nuca. Desabroché el vestido, pero no lo tiré. Lo dejé colgado de sus hombros, como un manto que ya no servía.

Sus pechos no eran grandes, pero perfectos. Redondos, firmes, con areolas oscuras y pezones que se erizaron apenas el aire los tocó. Me incliné. Lamió primero. Un lamido seco, rápido, como si quisiera probar mi sabor antes de dejarse probar. Luego, con más lentitud, me cerró los labios sobre uno.

El calor me subió a la cara. Me hice cargo de su vestido y lo bajé, lentamente, hasta sus tobillos. Se quitó las sandalias sin romper el contacto. Se puso de pie. Su piel estaba ligeramente sudorosa, y su olor, ese olor que no se puede describir, sino solo reconocer cuando ya lo has sentido una vez en la vida, era más fuerte.

Me desabotoné los pantalones. Ella me miró, pero no bajó la vista. Me sostuvo los ojos mientras sacaba mi pene, ya medio erecto, como si estuviera sacando una espada de su funda.

—¿Te gusta que te mire así? —me preguntó.

—Sí —dije, y era la verdad. Porque nadie me miraba así. No con ese mix de curiosidad y dominio. No con esa seguridad que no es de la piel, sino del alma.

Me tomó la mano. Me llevó hasta la cama. Me hizo sentarme. Se acomodó entre mis piernas, de espaldas a mí, con las rodillas separadas, como si ya supiera cuál era el ángulo, cuál la inclinación.

—¿Te importa si uso mis manos primero? —me preguntó, sin mirar atrás.

—No —dije.

Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en la colcha, y se deslizó el vestido hasta la cintura. No se quitó la ropa interior. Solo se apartó el elástico y bajó una pierna, despacio, como si cada movimiento fuera parte de un rito.

—Mira —dijo.

Y lo hice.

Entre sus muslos, su vulva estaba abierta. No era joven, pero tampoco marchita. Tenía una delicadeza que solo dan los años y la experiencia. Los labios menores eran más oscuros, húmedos, ligeramente hinchados. Entre ellos, un pequeño brote que temblaba con cada respiración.

Le acerqué la boca.

No la lamí de inmediato. Primero la besé. Un beso seco, lento, sobre el clítoris. Ella soltó un gemido que no era más que aire roto.

—Sí —susurró—. Sí, así.

Le metí dos dedos, humedecidos con mi saliva. Ella se contrajo. Se arqueó. Me apretó la nuca, como si me suplicara que no me detuviera.

—Más —dijo—. Por favor.

Le añadí un tercero. La sentí cerrarse a mi alrededor, como si me hubiera estado esperando.

—¿Tú quieres? —le pregunté, mientras la movía con cuidado.

—Sí —dijo, y esta vez no fue un susurro. Fue un grito contenido—. Sí. Quiero.

Me levanté. Me coloqué detrás de ella. Le abrí las piernas. Me puse un dedo en la boca, lo mojé con más saliva, y le rozé el ano. Ella se relajó. Me dio acceso.

—¿Estás segura? —le pregunté, poniendo la punta de mi pene allí, donde el músculo empezaba a abrirse.

—Sí —dijo—. Pero no me hagas esperar.

La primera entrada fue lenta. Tan lenta que sentí su cuerpo aceptar cada milímetro, como si supiera exactamente qué hacer. Su vagina se cerró alrededor de mí, húmeda, caliente. Me aferré a sus caderas.

—Dime si duele —le dije.

—No duele —dijo—. Me duele que no estés adentro ya.

Empujé. Con cuidado. Con fuerza.

Ella soltó un gemido largo, que parecía salir de lo más hondo. Se puso de puntillas. Apoyó las manos en la colcha. Me dejó entrar.

Y entonces, cuando ya no hubo

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