Me la comí a la de la peluquería cuando me cortó el pelo
8 minMe la comí a la de la peluquería cuando me cortó el pelo
La primera vez que entré a la peluquería “La Esmeralda” fue por accidente: el espejo del tallerecho de la esquina estaba roto y no quería cortarme el pelo a oscuras, así que crucé la calle. Me llamó la atención el letrero: “Cortes masculinos, afeitados clásicos y tratamientos capilares premium”. Nada raro, pero sí el nombre de la dueña, escrito en letras doradas sobre el vidrio: *María Elena*. Sonaba a vieja peluquera de barrio, pero cuando abrió la puerta, se me paró el pito en los pantalones.
Tenía veintitrés años y yo cincuenta y uno. Ella, según me dijo con una sonrisa que le partía la cara, recién cumplidos: veintitrés. Yo, sí, con esos cincuenta y uno bien vividos, con los pelos canosos en las sienes y las arrugas alrededor de los ojos que me decían que había vivido ya bastante vida. Pero también me decían que sabía lo que quería, y en ese momento, lo que quería era verla moverse detrás del espejo.
—¿Tiene cita? —preguntó, y aunque no era una pregunta sospechosa, me la dijo con un tono que sonaba a insinuación.
—No, vengo por accidente —le respondí, y me di cuenta de que era cierto. No había planeado nada, pero ya me estaba poniendo duro.
—Entonces, ¿le puedo atender? —se acercó, y el perfume que llevaba no era de esos baratos de droguería. Era algo dulce, con notas a vainilla y tabaco, y algo más, algo que no sabía identificar pero que me hacía sentir la lengua seca.
—Sí, por favor. Un corte limpio, nada del otro mundo —le dije, y me senté en la silla giratoria, con la espalda recta, como un caballero.
Ella me puso el delantal, me giró la cabeza para ver el cuello, y con las tijeras empezó a cortar. No fue un corte rápido. Lo hizo lento, pausado, como si estuviera dibujando. Y mientras cortaba, me decía cosas: que el viento de la mañana le había levantado el pelo, que había tenido una mala noche, que estaba cansada pero feliz porque hoy iba a cerrar temprano.
—¿Usted qué hace? —me preguntó, con una tijera a un centímetro de mi oreja.
—Soy abogado —le dije, y me dio por mentir. No porque me avergonzara, sino porque quería ver si reaccionaba. Y reaccionó.
—¿Ah sí? —se acercó más, y el aliento me rozó el cuello—. ¿Y en la vida real, qué le gusta hacer?
—Depende —le respondí, sin mirarla al espejo—. Hoy, por ejemplo, me encantaría que me cortara el pelo sin mirar el espejo. Que me tocara la nuca con las manos, que me limpiara los recortes del cuello con el paño húmedo, que me dijera si tengo canas tempranas.
Ella soltó una risita baja, como un murmullo entre dientes.
—Usted es un peligro —dijo, y me dio un toquecito en el hombro con la tijera—. Pero me gusta.
Y eso fue todo lo que necesité. Porque si algo sabía a los cincuenta y uno, era que cuando una mujer joven te dice eso, no es una broma.
Le dije que esperara un momento, y me levanté de la silla. Fui al baño, me miré al espejo, me acomodé los pantalones, y respiré profundo. Me costaba creer que estaba allí, en una peluquería de barrio, a punto de hacer lo que me estaba viniendo a la cabeza. Pero la excita-ción me corría por las venas como ron con hielo.
Volví, y ella ya tenía puesta la música suave, algo de Juanes, pero bajito, como para que no se escuchara más allá de la puerta. Me senté de nuevo.
—Ahora sí —dijo—. ¿Usted quiere que le corte todo o solo arreglarle las puntas?
—Quiero que me corte como si no hubiera nadie más en el mundo —le dije, y esta vez fue ella quien se puso roja.
—¿De verbo? —preguntó, y por la forma en que me lo dijo, sabía que no era una pregunta inocente.
—De verbo, sí —le respondí—. Pero con educación.
Ella soltó una risita y me palmeó el hombro.
—Venga, póngase de pie.
Y cuando me levanté, me dio la espalda, se quitó el delantal y me lo puso a mí. Me lo ajustó con cuidado, me dio la vuelta, y me dijo:
—Ahora soy yo la que le va a cortar el pelo.
Me puse la mano detrás de la nuca, pero no me moví.
—¿Y si me corta algo que no quiero? —le dije, fingiendo preocupación.
—Entonces se lo mando a arreglar a otro —dijo, y me palmeó el culo con las tijeras—. Pero no lo haré.
Y me di cuenta de que no lo haría. No porque no pudiera, sino porque no quería. Quería hacerlo bien, porque quería verme reaccionar.
Me dio la espalda otra vez, y se puso frente al espejo. Me dijo que me quitara la camisa, que se iba a manchar de polvo de cabello si no lo hacía. Le obedecí. Me desabroché la camisa con lentitud, dejando ver el pecho, el vello que ya había ganado terreno en los últimos años, los pezones oscuros, los músculos que aún mantenía con el ejercicio.
—Qué cosa más rica —susurró, y me miró por el espejo.
—¿Le gusta lo que ve? —le pregunté.
—Me encanta —dijo, y se acercó, con las tijeras en la mano, y me rozó el cuello con la punta—. Pero prefiero verlo sin nada.
Me desabroché los pantalones, me los bajé hasta las rodillas, y me quedé allí, de pie, con los calzones puestos, pero ya flojos. Ella me los bajó lentamente, con los ojos clavados en mí, y cuando vi mi pito, tieso y brillante, me sonrojé. No por vergüenza, sino por la emoción de verla mirarme como si fuera el único hombre en el mundo.
—Qué cosa más hermosa —dijo, y me pasó la mano por el vientre, bajando poco a poco, hasta rozar el pito—. Y tan grande, ¿sabe?
—Usted me lo va a medir —le dije.
—No, yo lo voy a saborear —dijo, y se arrodilló frente a mí.
Me puso una mano en la cabeza, otra en la cintura, y me dijo:
—Respira profundo.
Y lo hice. Respiré hondo, y cuando lo hice, ella me metió el pito en la boca.
Fue como un relámpago. No me esperaba que fuera tan rápido, tan natural. No hubo titubeos, no hubo dudas. Solo su boca, cálida, húmeda, su lengua enrollándose alrededor del glande, sus labios rozando mi pubis. Me agarré de sus hombros, no para empujar, sino para sostenerme. Porque me estaba derritiendo.
—¡Ay, dios mío! —susurré, y sentí sus manos en mis glúteos, apretándome, tirando de mí hacia ella.
Y entonces, con un movimiento suave, me puso de rodillas frente a ella. Me dijo que le quitara la blusa, y lo hice con lentitud, como si fuera un regalo. La tela se subió poco a poco, hasta que vi sus pechos, pequeños, redondeados, con pezones rosados y duros. Me los llevé a la boca, y supe que también estaba duro, porque sentí cómo se estremecía cuando lo lamí.
—Sí —dijo—, así, con la lengua.
Y lo hice. Le lamí el pezón, lo chupé, lo mordí con suavidad, y ella me dijo que me levantara, que se quitara la falda.
Y lo hice. Me puse de pie, y ella se quitó la falda con un movimiento rápido, dejando ver su culito redondo, sus muslos firmes, su entrepierna cubierta por una slip de encaje negro. Me quedé mirándola, paralizado por la belleza.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó.
—Me gusta todo —le dije—. Pero lo que más me gusta es que me estés mirando como si fuera el único hombre que has querido.
Ella sonrió, y me dijo:
—Pues eres el único que voy a querer hoy.
Y me puso la mano en el pito, me lo apretó suave, y me dijo:
—Ven acá.
Y me llevé la mano a la cintura, la tomé de la cadera, y la senté en la silla giratoria. Me puse entre sus piernas, le abrí las piernas con las mías, y le dije:
—¿Estás lista?
—Sí —dijo—. Pero no te demores, que me muero por sentir tu pito dentro de mí.
Y entonces me deslicé hacia abajo, le aparté el entrepierna, y vi su coño, húmedo, abierto, con los labios rosa y brillantes. Me puse frente a ella, le pasé el dedo por el clítoris, y ella soltó un grito suave.
—¿Así te gusta? —le pregunté.
—Sí —dijo—, pero quiero sentirte dentro.
Y entonces, con una mano en su cadera, la otra en su cabeza, la empujé hacia mí, y le metí el pito hasta la raíz.
Fue como una descarga eléctrica. Sentí su interior, apretado, cálido, húmedo. Me agarré de sus muslos, y empecé a moverme. Lento al principio, para que se acostumbrara, pero luego más fuerte, más rápido, hasta que ella me dijo:
—¡Sí, más fuerte! ¡Dame todo!
Y le di. Le di todo. Le metí el pito hasta el fondo, la tomé de la cintura, la levanté un poco, y la bajé sobre mí, con fuerza. Ella gemía, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el aliento cortado.
—¡Ay, rico! —decía—. ¡Qué rico, qué rico!
Y yo, que ya no podía más, le dije:
—¿Quieres que te la meta bien fuerte?
—¡Sí! —me dijo—. ¡Hazme sentir todo!
Y la agarré con fuerza, la levanté, y la bajé sobre mí, con una fuerza tal que ella gritó. Sentí cómo su coño se apretaba alrededor de mi pito, cómo se estremecía, cómo su cuerpo se entregaba. Y cuando sentí que iba a correrme, la tomé de la cintura, la giré, y la puse de cuclillas, con las manos en el respaldo de la silla, y le metí el pito por atrás, con fuerza, hasta que ella gritó:
—¡Estoy llegando! ¡Estoy llegando!
Y entonces corríme dentro de ella, con fuerza, con todo, y sentí cómo su cuerpo se estremecía con cada latido de mi pito.
Cuando terminamos, estaba agotado, pero feliz. Me senté a su lado, la tomé de la mano, y le dije:
—¿Volvemos a hacerlo?
Ella me miró, con los ojos brillantes, y me dijo:
—Sí. Pero esta vez, voy a ser yo la que te mame.
Y así fue.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.