Me cogí a mi jefe de 51 años en su oficina
6 minMe cogí a mi jefe de 51 años en su oficina
La primera vez que noté la mirada de Federico fue en la reunión trimestral. Yo tenía veintitrés, acababa de entrar como asistente de dirección y él, con sus cincuenta y uno, era el director general. No era un hombre que llamara la atención por su físico —bajo, tez pálida, cabello canoso recortado con precisión militar—, pero sí por la forma en que hablaba: pausado, seguro, como si cada palabra fuera una decisión deliberada. Y cuando me miraba, lo hacía con una intensidad que no era de jefe a subordinada. Algo más antiguo. Más peligroso.
A los tres días, me pidió quedarme una hora después del horario normal. Dijo que tenía un informe urgente. Subí con un café humeante en mano, el tipo que le gustaba: negro, sin azúcar, con un toque de vainilla. Lo dejé en su escritorio de roble, oscuro, impecable, y me volví a sentar frente a él, esperando. No me pidió el café. Me pidió que me quitara los zapatos.
—Te van a doler los pies después de diez horas de oficina —dijo, sin levantar la vista del documento.
—Son zapatos de oficina, no de ballet, jefe —respondí, aunque no me atreví a moverme.
—Entonces, quédate con ellos. Pero si te sientes incómoda, quítatelo al menos la blusa.
Me quedé quieta. El aire se volvió más denso, cargado de algo que no era solo calor. Su voz no era una orden, era una certeza. Y yo, por alguna razón, quería que lo fuera.
Me levanté lentamente, desabroché el primer botón, luego el segundo. La tela se abrió como una promesa. No me dijo que continuara. Me miró los hombros, la curva de mis brazos, la línea de mi cintura bajo la camisa. Luego, con la punta de los dedos, me indicó que me acercara. Caminé hasta donde sus manos ya estaban extendidas, no para tocar, sino para esperar. Cuando mis dedos rozaron los suyos, supe que algo se rompía.
Fue un beso largo, lento, con sabor a café y a pericia. No era un joven que te consume con ansiedad; era un hombre que sabía cuánto tarda un cuerpo en abrirse, cuánto se necesita de antes. Me sentó en el borde del escritorio, entre las carpetas y el teléfono, y empezó a deslizarme la falda por las caderas. No me tocó la piel de inmediato. Primero rozó el borde de la lencería, una pieza sencilla de encaje negro, y me preguntó:
—¿Te pongo nerviosa?
—No —mentí, aunque el temblor en mis piernas decía otra cosa.
—Mentira. Te tiemblan las rodillas.
Y sí, me temblaban. Pero no por miedo. Por anticipación.
Me quitó la blusa con cuidado, como si cada tela fuera un papel de regalo, y luego las manos, frías al principio, fueron subiendo por mi espalda hasta desabrocharme el sujetador. Se detuvo apenas lo suficiente para ver cómo caían mis pechos, suaves, naturales, sin cirugía, sin mentira. No los toco aún, dijo, solo déjame mirarlos. Y así fue: con los ojos fijos en mí, con la boca entreabierta, como si estuviera descubriendo algo que ya había soñado.
—Tienes veintitrés años —dijo por fin—. Y yo cincuenta y uno. Eso no es un error. Es una ecuación.
—¿Y qué resuelve?
—Que tú quieres esto. Y yo también. Y eso es todo lo que importa.
Me tiré a su regazo sin pensarlo, con las piernas abiertas, buscando su cuerpo. Me detuvo con una mano en la cadera.
—No. No así. Quiero que te quites todo. Ahora.
Me levanté, frente a él, frente a la ventana entreabierta donde la luz del atardecer se colaba como un testigo silencioso. Me desprendí de la falda, del sujetador, de las medias. Quedé de pie, desnuda, con los pies en el suelo de madera y el corazón en la garganta. Él no movió un músculo. Solo me miró, con los ojos oscuros, la respiración controlada, la mano reposando sobre su muslo, justo donde el pene ya se marcaba contra el tejido de su pantalón.
—Gira —dijo.
Lo hice. Sentí su respiración en la nuca, luego los dedos que trazaban el contorno de mi columna, bajando hasta el hueco de mis caderas. Me abrazó por detrás, con fuerza, y me susurró al oído:
—¿Sientes eso?
—Sí.
—Eso es tu nombre. Federico. Mi nombre. En tu piel.
Me giré de golpe, lo atraje hacia mí, y lo besé con una sed que ya no era tímida. Me levantó sin esfuerzo, como si pesara poco, y me sentó sobre sus piernas, con la espalda apoyada en su pecho. Me abrió las piernas con las suyas, y por primera vez, sentí el peso de su miembro a través de la tela. No era grande, pero sí firme, exigente, como una promesa cumplida.
—¿Quieres que te meta ya? —preguntó, la voz ronca, sin urgencia.
—Sí —susurré, agarrándole el rostro, buscando sus ojos.
—No. Quiero que te lo metas tú.
Me soltó, me puso de pie frente a él, y me ayudó a desabrocharle el cinturón, la bragueta. El pene salió lento, maduro, ligeramente curvado, con el glande rosado y liso, sin vergüenza, con una historia. Me agarró de la cadera y me guió hacia él, colocándome sobre él, con la punta rozando mi entrada ya húmeda.
—Sujétate de mis hombros —dijo.
Lo hice. Sentí su calor, su textura, la imperfección de su piel, la experiencia de cada milímetro. Me incliné un poco, y él empujó, pausado, hasta que todo él entró en mí. No hubo dolor. Solo plenitud. Un vacío que se llenaba con precisión.
—Dime cuánto te duele —dijo.
—No duele —respondí, pero no era del todo cierto. Dolor era una palabra pequeña para lo que sentía: una mezcla de plenitud, de vulnerabilidad, de poder.
Me moví, al principio con torpeza, luego con más seguridad. Él no me controlaba. Me dejaba descubrir el ritmo, pero sus manos me sujetaban fuerte, como para no perderme. Me besó el cuello, mordió suavemente mi hombro, me susurró cosas que no repetiría ni en sueños. Me llamó niña. Me llamó hija. Me llamó mía.
—¿Te gusto así? —preguntó, mientras yo subía y bajaba sobre él, con las uñas clavadas en sus brazos.
—Sí —dije, y esto sí fue verdad.
Se levantó entonces, conmigo aún dentro, y me sentó sobre el escritorio. Me abrió las piernas más aún, y empezó a meterme con lentitud, con fuerza, con experiencia. Yo me aferraba al borde, con las uñas rasgando la madera, y él me miraba, con esa mirada que no perdona, que no perdona nada menos que el deseo puro.
—Voy a venírtelo a dar, niña —dijo, con la voz rota—. No te muevas.
Y así fue. Me tomó con ambas manos, me clavó en él, y se vino dentro, largo, profundo, con un gemido que no sonó de hombre, sino de quien se entrega. Me sentí llena, pesada, marcada.
Se limpió con una servilleta de papel que encontró en un cajón, sin perderme de vista. Luego me ayudó a recoger mis ropas, a ponerme los zapatos. Me acarició el pelo y me besó en la frente.
—¿Volveremos a hacerlo? —pregunté, con la voz temblorosa.
—No volveremos. Pero esto no fue un error —dijo, y me dejó ir.
Fuera, el sol ya se había ido. Yo seguía oliendo a él, a su piel, a su voz. Y en mi interior, algo había cambiado. No era el miedo. No era la vergüenza. Era el recuerdo de lo que se siente cuando un hombre maduro te toma como si supiera que un día, no estarás aquí.
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.