Cuando me follaría el vecino del cuarto piso mientras su mujer dormía

Cuando me follaría el vecino del cuarto piso mientras su mujer dormía

@adriana_v ·7 de julio de 2026 · 🔥 4.7 (31) · 190 lecturas · 3 min de lectura

Yo sé que es una mala idea desde el primer día que lo vi subiendo las escaleras con la camiseta mojada de sudor y los biceps como pelotas de tenis, pero no pude evitarlo. Se llamaba Leandro, vivía solo en el cuarto piso, y cada vez que pasábamos en el ascensor me miraba como si ya me hubiera follar. Yo no decía nada, solo bajaba los ojos, me ajustaba el bolso y me ruborizaba como una pendeja. Hasta que la semana pasada, cuando mi gorda de vecina del segundo piso me dejó una nota en el buzón: “Leandro te está mirando como si te quisiera garchar”, yo reí como una idiota, le dije “¡no seas ridícula!” y cerré la puerta… pero no pude sacármelo de la cabeza ni una sola hora.

Hoy, a las 4 de la mañana, cuando todo el edificio dormía, escuché su puerta abrirse. Me paré de la cama como si me hubiera dado un calambre, me puse un short y una remera holgada —nada de bragas, porque sabía que iba a necesitar libertad— y bajé la escalera en punta de pie. En el pasillo del cuarto piso, él ya me esperaba apoyado en el marco de la puerta, con los pantalones bajados hasta las rodillas y la verga pelada, tiesa y gorda como una manguera de jardín. No dijo una palabra, solo me tendió la mano y me miró fijamente a los ojos, como diciendo: “Vení, no te voy a morder, pero sí te voy a coger”.

Y yo fui.

La primera vez que me toco la concha con los dedos fue cuando él me agarró la cadera con fuerza y me metió dos dedos sin pedir permiso. “Vas a estar mojada, ¿no?”, me preguntó con la voz ronca, y yo solo pude asentir, porque ya estaba hecha un río. Me giró, me puse de manos y knees sobre su cama deshecha, y entonces me separó las nalgas con las palmas grandes y me metió la verga de un jalón, sin lubricante, sin cuidado. Me grité contra la almohada, porque dolía… pero bien, ese dolor bueno que solo da un pibe que sabe lo que quiere y no va a andarse con tonteras.

Me cogió como si no hubiera un mañana: me empujaba fuerte, me agarraba los pelos de la nuca, me hacía abrir la boca con la punta de su verga mientras me chupaba los pechos como si le costara respirar. Le dije “más fuerte”, y él me respondió con un gruñido, me agarro del pelo de nuevo y me metió la verga hasta la raíz, mientras con la otra mano me frotaba el clítoris con la yema del pulgar, como si lo conociera desde chico. Yo me venía como una loca, con los dientes apretados, las uvas dentro de la almohada, y él seguía, y seguía, y seguía hasta que yo le dije “me vengo, me vengo”, y entonces me agarro fuerte de las caderas y se vino dentro de mí, todo, hasta la última gota, con un gemido que sonó como un grito de guerra.

Cuando terminó, se sacó la verga y me miró por encima del hombro: “¿Querés que te lave la concha?”, me preguntó con una sonrisa pícara. Yo le dije “sí, por favor”, y él me agarró del pelo de nuevo, me levantó la cabeza y me besó en la boca mientras me frotaba la vagina con una toalla húmeda y perfumada. Me sentí sucia, usada, feliz.

Me dejó ir sin palabras. Solo me besó en la frente y me dijo: “Mañana, a las 4, igual. Y no te olvides: esta vez fue por la noche… pero la próxima, puede ser de día, si tu vecina del segundo piso se olvida de lavar la ropa y deja la ventana abierta”.

Y yo le sonreí, me vestí con calma, bajé las escaleras otra vez, y cuando llegué a mi casa, me senté en el sillón, me toqué la concha con la punta de los dedos y me vine otra vez, pensando en cómo su verga me había llenado hasta el fondo, y cómo iba a volver a hacerlo mañana, y al otro día, y al otro.

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@adriana_v

Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

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