Me cogí a la trans que me atendió en el taller de motos

Me cogí a la trans que me atendió en el taller de motos

@andres_rio ·29 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (24) · 346 lecturas · 10 min de lectura

El calor de la ciudad de México pegaba fuerte sobre la autopista; el aire vibraba como si estuviera hirviendo dentro del cilindro de una moto mal encendida. Andrés aparcó su Yamaha SR 200 bajo la sombra de un árbol viejo, sudando hasta por los codos, la camiseta pegada a la espalda. Tenía una hora antes de la cita con su novia, así que aprovechó para entrar al taller de su tío, donde su moto andaba metida en el refrigerador del taller: “El horno”, como lo llamaban los del gremio.

Dentro, el aire era más fresco pero cargado de grasa, gasolina y sudor de hombres trabajando. El sonido de las llaves inglesas, el zumbido del compresor y el chasquido metálico de piezas que se encajaban formaban una sinfonía mecánica. Pero Andrés no estaba allí por la moto. Estaba allí por *ella*.

La había visto la semana pasada, cuando trajo una motoneta rota que le había comprado a un tipo en Coyoacán. Ella estaba de pie, con los pies plantados en el suelo, los brazos cruzados sobre el pecho, y una sonrisa medio burlona, medio aburrida. Vestía pantalón de trabajo ajustado, botas de piel y una camisa abierta que dejaba ver un sostén deportivo negro, la piel morena y brillante por el calor. Tenía las cejas depiladas fino, labios gruesos pintados de negro mate, y el pelo recogido en una cola alta, teñido de un rubio ceniza. Pero lo que lo dejó quieto, parado en la puerta del taller, fue el tatuaje que se le veía en el cuello, bajo la cadena de plata: *Mía*. No sabía si era su nombre o una frase, pero le gustó como sonaba. Y le gustó *ella*.

Hoy no era cita de moto. Era cita de verla de nuevo.

—Oye, ¿ya dijo tu tío si mi moto ya se arregló? —preguntó, tratando de sonar casual, como si no le importara más que el estado del motor.

Su tío, que estaba agachado detrás de una moto abierta, levantó la cabeza, se limpió la grasa de la frente con el dorso de la mano y asintió.

—Sí, ya. Le dije que la trajera a la noche, que no le iba a cobrar nada más. Pero si quieres, ve y pídesela a *Mía*, que es la que la terminó.

—¿Mía? —Andrés fingió extrañeza, pero el corazón le latía fuerte en las sienes.

—Sí, Mía. La nueva. Ya te la presento.

Se separó un poco el casco de la cabeza y la miró. La había estado esperando. La había *deseado* desde que la vio.

—Ah, sí, Mía —dijo, con una sonrisa que le costó poco fingir—. Ya la conozco.

La oyó antes de verla: el sonido de las botas sobre el concreto, el chasquido del cinturón que se ajustaba al caminar. Cuando apareció en el marco de la puerta, la camisa abierta, sin sostén, mostrando pechos pequeños pero duros, los pezones oscuros y elevados por el aire acondicionado del taller, Andrés sintió que el aire se le atascó en la garganta.

—¿Andrés? —preguntó ella, con la voz grave, pero con un matiz suave, casi meloso, como si cada palabra la estuviera chupando con cuidado.

—Sí.

Ella se acercó. No rápido. No lento. Normal. Como quien camina hacia una moto que va a encender. Pero cada paso hacía vibrar el concreto a su manera. Llevaba los pantalones bajos en la cadera, el ombligo marcado, una línea oscura que bajaba hacia la entrepierna. Se detuvo frente a él, lo miró de abajo a arriba, como si lo estuviera midiendo con los ojos.

—¿Te duele el motor ya? —preguntó.

—No. Lo que me duele es el calor —mintió.

Ella soltó una risita baja, que le entró directo por los oídos. Se detuvo frente a él, muy cerca. Tanto que sintió el perfume de su piel: vainilla y tabaco y algo más, algo animal.

—Pues agárrate. Aquí no hace falta el motor para que te calientes —dijo, y le guiñó un ojo.

Y sin más, dio media vuelta y se dirigió hacia la oficina del tío, una pequeña habitación al fondo, llena de papeles, herramientas y una nevera vieja que sonaba como un camión pesado. Andrés la siguió, sin pensarlo.

—¿Te puedo preguntar algo? —dijo, cerrando la puerta tras él.

—Sí, pero después me pagas una cerveza —respondió ella, sentándose en el borde del escritorio, las piernas separadas, las manos apoyadas atrás, como si estuviera en su propia casa.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?

—Dos meses. Y antes, en otro taller. Y antes, en otro. Y antes… —se encogió de hombros—. Antes no era así.

—¿No era así cómo?

—No era *así*. No era *yo*.

Andrés tragó saliva. Sabía que Mía era trans. Lo sabía desde el primer momento, por la forma en que hablaba, por la forma en que caminaba, por la forma en que *existía*. Pero escucharlo decirlo, así, sin rodeos, como si fuera tan natural como decir que le gustaba el café, lo hizo sentir como si le estuviera abriendo la puerta de un cuarto que no sabía que existía.

—¿Y te gusta? —preguntó, sin pensar.

Ella lo miró, con los ojos medio cerrados, como si lo estuviera evaluando.

—Sí. Me encanta. Me gusta que me vean, que me toquen, que me cierren los ojos con una mano mientras me meten la verga hasta el fondo. Me gusta que me digan “mija”, que me digan “chica”, que me digan “mía”. Me gusta que me jodan como se debe.

Andrés se sintió desnudo. No con la ropa, sino con todo. Como si ella lo hubiera leído con la mirada y supiera que no había dormido en una semana pensando en cómo sería coger a una trans, cómo sería sentir su cuerpo contra el tuyo, cómo sería meterle la verga a una mujer que se parecía a las que había soñado, pero que nunca se había atrevido a buscar.

—¿Y qué te gusta más? —preguntó, con la voz más baja, más grave.

—Que me agarres por las nalgas y me jales para que te entre más hondo. Que me digas que soy tuya. Que me digas que me estás cogiendo hasta que no pueda caminar. Que me jodas como si no hubiera mañana.

Andrés no lo pensó más. Caminó hasta donde ella estaba, sentada en el borde del escritorio, y la tomó por la barbilla. Ella no lo evitó. Lo miró fijo. El pulgar le rozó el labio inferior. Se mojó el dedo con la saliva que se le formó en la boca. La respiración le salía cortada.

—¿Y si te digo que te voy a coger ahora? —preguntó.

Ella soltó una risita baja, pero esta vez no fue burlona. Fue de deseo.

—Entonces, agárrame por las nalgas y no me sueltes hasta que te pida piedad.

La agarró por la cintura y la tiró hacia él. Ella no se resistió. Se dejó llevar. Él la besó. Fuerte. Con la lengua. Ella le respondió con la misma intensidad, mordiéndole el labio, chupándole la lengua, hundiéndole los dedos en el cabello. Él la empujó contra el escritorio, haciendo que los papeles volaran. Ella se rindió, como si supiera que estaba en sus manos.

Él le subió la camisa. Los pechos eran pequeños, duros, los pezones oscuros y hinchados. Los tomó con las manos, los frotó con los pulgares, los chupó uno por uno. Ella gimió, bajo, profundo, como un gruñido de placer. Él bajó la mano por su estómago, hacia el borde del pantalón. Se lo desabrochó despacio. Se lo bajó, con cuidado, hasta las rodillas. Llevaba ropa interior negra, de algodón, ajustada. Él se arrodilló. Se la bajó.

Y allí estaba. Entre sus muslos, una vagina pequeña, bien formada, los labios oscuros, húmedos, los pelos recortados en una línea fina. El clítoris, hinchado, brillante, como una perla negra. Él se lamió los labios. Se acercó la cara. La olió: a mujer, a sudor, a deseo. Le rozó el clítoris con la punta de la lengua. Ella jadeó.

—Sí… sí, así… —dijo, agarrándole el cabello.

Él la metió dos dedos. Ella gritó, pero lo contenía, como si no quisiera hacer ruido. Él la metió con fuerza, moviéndolos con golpes cortos, como si la estuviera coger con una pistola de engrasar. Ella se arqueó, los pechos saliendo del borde del escritorio, la cabeza hacia atrás, la boca entreabierta.

—Me estás jodiendo fuerte —dijo, con la voz rota.

—Sí —dijo él—. Te voy a coger hasta que te olvides de tu nombre.

Se levantó. Se desabrochó el pantalón. Sacó la verga, dura, gruesa, la punta brillante por el pre-cum. Ella la miró, con los ojos medio cerrados, la boca entreabierta.

—¿Quieres que te la meta por atrás? —preguntó, con una sonrisa malvada.

—No —dijo ella—. Quiero que me la metas por adelante. Quiero verte cuando me jodas. Quiero sentir tu aliento en mi cuello. Quiero que me digas “mija, eres mía” mientras me jodes hasta que llore.

Él la tomó por la cintura. La levantó. Ella le envolvió las piernas alrededor de la cintura. Él se acercó a la verga, la puso en su entrada, la empujó un poco. Ella se abrió. Él la metió hasta el fondo.

Ella gritó.

—¡Ah! ¡Sí! —dijo, con la cabeza hacia atrás, el cuello estirado, los pechos temblando.

Él empezó a moverse. Golpes fuertes, profundos. Ella lo abrazaba, lo mordía en el hombro, le chupaba el cuello, le decía “mija”, “mi vida”, “mía”, como si fuera una oración. Él la jodía con fuerza, como si no hubiera otro modo. El escritorio crujió. Los papeles se movían con el viento que hacían sus cuerpos. Él le agarró los pechos, los apretó, los frotó, y la verga seguía metida, hundiéndose, saliendo, metiéndose.

—¡Sí! ¡Sí! —gritaba ella—. ¡Métela más fuerte! ¡Métela hasta el fondo! ¡Mija, eres la mejor!

Él se agarró de sus nalgas, las jala hacia él, la verga se hundía más profundo. Ella se arqueó, los pechos se le salían del borde del escritorio, la boca entreabierta, los ojos cerrados. Él la besó. La lengua le entró en la boca. Ella lo chupaba, lo mordía, lo lamía. Él se sintió que iba a correrse. Pero no quería correrse aún.

—¿Quieres que te meta hasta el fondo y me quede ahí? —preguntó.

—Sí —dijo ella—. Sí, mija. Sí.

Él la metió hasta el fondo. Se quedó así. Ella lo abrazaba, lo apretaba, le decía “mía”, “mi vida”, “mía”, como si fuera un mantra. Él sintió el calor de su cuerpo, el sudor de su piel, el olor de su deseo. Se quedó así, quieto, con la verga dentro de ella, hasta que ella empezó a mover las caderas, a chuparle el cuello, a decirle “sí, sí, sí”.

Él empezó a moverse de nuevo. Golpes cortos, fuertes. Ella gritaba, se arqueaba, se mojaba más. Él sintió que la verga se le ponía más dura, más gruesa. Se corrió.

—¡Mija! —gritó ella—. ¡Mija, me estás corriendo encima!

Él se corrió. Hasta el fondo. La verga se le llenó de su cuerpo. Él se quedó así, metido dentro de ella, hasta que la verga se le blanqueó. Ella lo abrazaba, lo besaba, le decía “mía”, “mi vida”, “mía”, como si fuera una oración.

Él la bajó despacio. Ella se puso de pie. Se ajustó la ropa interior. Se subió el pantalón. Él se abrochó el pantalón. Se limpió la verga con un pañuelo que tenía en el bolsillo trasero.

—¿Te duele algo? —preguntó él.

Ella sonrió, con los ojos medio cerrados.

—No. Me duele *todo* —dijo—. Pero bien.

—¿Te gustó?

—Sí. Me gustó mucho. Me gustó que me hayas cogido como si no hubiera mañana.

—¿Quieres que te vuelva a coger?

Ella se acercó a él. Le metió la mano en el pantalón. Le palpó la verga, ya blanda, pero still caliente.

—Sí —dijo—. Pero la próxima vez, en mi casa. Y no vamos a usar el escritorio.

—¿Dónde, entonces?

—En la cama. Y te voy a decir qué es lo que me gusta. Te voy a mostrar cómo me gusta que me jodan.

Él la miró. Ella lo miró. Y entre ambos, sin palabras, supieron que eso no había terminado. Que eso apenas empez

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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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