Me cogí a la mujer que llevaba los tacones más altos del bar
5 minMe cogí a la mujer que llevaba los tacones más altos del bar
La primera vez que la vi, tenía los tacones de 15 centímetros, negros, de cuero brillante, y se apoyaba en la barra como si fuera una columna de mármol. No era la más bella, ni la más joven, pero era la que más me miraba. No con ojos de deseo, sino con esos ojos que saben que estás mirando, y te dejan saber que te están dejando mirar. Su nombre era Valeria. Lo supe porque leí el nombre en su tarjeta de identificación, pegada con cinta adhesiva al bolsillo de su blusa negra, ajustada como una segunda piel.
Trabajaba en el bar desde las nueve de la noche hasta las tres de la madrugada. Yo iba todos los viernes. No por el alcohol, no por la música, sino por los tacones. Por cómo se movían cuando caminaba entre las mesas, lenta, deliberada, como si cada paso fuera un suspiro. Por cómo se inclinaba para recoger los vasos, y el muslo se le marcaba bajo la falda corta, el cuero del tacón apretando el arco del pie como si fuera un instrumento de cuerda. Yo no decía nada. Solo bebía whisky, frío, con hielo, y la miraba.
Una noche, después del cierre, se quedó atrás. El bar estaba vacío. Las luces bajas. Ella se quitó los tacones, los dejó al lado de la silla, y se sentó frente a mí. No me preguntó por qué venía todos los viernes. Me dijo: “Tienes los ojos de quien quiere tocar algo que no puede.”
No respondí. Solo levanté la copa, y ella se acercó. No besó. No se sentó en mi regazo. Se agachó, despacio, y con las manos, tomó uno de mis zapatos. Lo desabrochó. Lo quitó. Y entonces, con los dedos, me deslizó el calcetín, lento, como si estuviera despojando una capa de piel. Yo no me moví. No respiré. Ella se quedó ahí, con mi pie en su mano, y me miró a los ojos.
—¿Te gusta que te toquen así? —preguntó.
Asentí. No con palabras. Con el cuello, con la mandíbula, con la tensión que se me subió por las piernas hasta el vientre.
Entonces, con la misma calma, se quitó la blusa. Sin prisa. Sin teatralidad. Solo dos botones, luego el resto. Los pechos eran pequeños, redondos, con pezones oscuros, casi negros, y cuando se inclinó hacia adelante, el pezón derecho rozó mi rodilla. No era un accidente. Lo sabíamos los dos.
Me desabroché los pantalones. No por ella. Por mí. Porque ya no podía más. Ella se levantó, se acercó a la barra, y tomó un pañuelo de seda roja. Lo deslizó por mi cuello, y me lo ató, suave, como si fuera un lazo de regalo. No me dejó ver. Solo sentí su aliento en el cuello, su lengua en la oreja.
—No mires —dijo—. Solo siente.
Se bajó los pantalones. No los tiró. Los dejó caer como si fueran una cascada. Y luego, con las manos, me tomó el pene, no con fuerza, sino con la presión de quien sabe que eso es lo que quieres. Me lo acarició, lento, con la palma, con los dedos, con el pulgar rozando la cabeza. Y yo no grité. No gemí. Solo apreté los puños y me dejé caer en la silla, como si el mundo se hubiera desplomado.
Entonces, se sentó sobre mí.
No se sentó. Se bajó. Lento. Tan lento que sentí cada centímetro de su vagina deslizándose sobre mi pene, como si fuera agua caliente que se abre paso por un túnel de fuego. No hubo empujones. No hubo gritos. Solo el sonido de su respiración, pesada, entrecortada, y el roce de su piel contra la mía. Me aferré a sus caderas, pero ella me detuvo con una mano en el pecho.
—No. Déjame.
Y así fue. Ella se movió. Arriba. Abajo. Con una lentitud que dolía. Cada bajada era una promesa. Cada subida, una negación. Su vagina se cerraba alrededor de mí, apretada, húmeda, caliente. Yo no podía moverme. No quería. Quería que ella decidiera cuándo terminar. Quería que fuera ella quien me matara.
Cuando finalmente se dejó caer sobre mí, con todo su peso, con la cabeza apoyada en mi hombro, sentí que su cuerpo se tensaba. Y entonces, con un suspiro largo, profundo, como si estuviera exhalando el alma, se deshizo. Me apretó con las piernas, con los brazos, con los dientes en mi cuello. Y yo, por primera vez en mi vida, no llegué a correrme. No porque no pudiera. Porque no quería. Quería que fuera ella quien me hiciera perder el control.
Cuando terminó, se levantó. Se puso los pantalones. Se abrochó la blusa. Y se puso los tacones. Sin decir nada. Se acercó a la puerta, y antes de salir, se volvió.
—Mañana vuelves, ¿verdad?
Asentí.
—Entonces, trae los mismos zapatos.
Y se fue.
La vi todos los viernes después de eso. Siempre con los mismos tacones. Siempre con la misma blusa. Siempre con la misma mirada. Nunca volvimos a hacerlo. Nunca volvimos a tocar. Pero cada vez que me miraba, yo sabía que ella también lo recordaba. Que ella también sentía el mismo peso en el pecho, la misma humedad en las palmas, el mismo sonido de la seda en el cuello.
Hace tres semanas, dejó de venir. El bar me dijo que se mudó. No dejó dirección. No dejó número.
Aún tengo el pañuelo rojo. Lo guardo en el cajón de la mesita de noche. Lo toco cada noche antes de dormir. Y cada vez que lo hago, cierro los ojos, y siento de nuevo cómo se desliza su vagina sobre mi pene, lenta, perfecta, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para que ella me cogiera.
Y sé, con toda la certeza del cuerpo, que si alguna vez vuelve, no voy a decirle nada.
Solo voy a quitarme los zapatos.
Y esperar.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.