Me cogí a la dueña de la tienda de cueros

Me cogí a la dueña de la tienda de cueros

@lucia_noche ·6 de julio de 2026 · 🔥 4.2 (17) · 85 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que entré a su tienda, no fui por los cueros. Fui por el olor. Ese olor que te mete en la nariz y te deja con la verga dura sin que sepas por qué. No era perfume, ni aceite, ni nada de esos rollos de tiendas de moda. Era cuero viejo, sudor de hombre, cera de botas, y algo más… algo que me hizo tragar saliva como si me hubieran puesto un nudo en la garganta.

Ella estaba detrás del mostrador, con un delantal de cuero negro, sin camisa, solo los pechos al aire, sin sujetador, como si no le importara que el mundo los viera. No era joven, pero tampoco vieja. Treinta y tantos, con las nalgas bien puestas y los brazos llenos de tatuajes que parecían cicatrices de fuego. Se llamaba Lía. Nadie la llamaba María, ni Lucía. Solo Lía. Y cuando hablaba, lo hacía con voz de cigarro fumado hasta el filtro.

—¿Qué buscas, chico? —me preguntó sin levantar la vista del libro que leía.

—Nada en específico —mentí. Mi verga ya estaba apretada contra el pantalón.

Ella sonrió, como si supiera. Como si desde que entré, me hubiera desvestido con la mirada.

Pasé semanas allí. Siempre a la misma hora: después del trabajo, cuando el sol se ponía y la luz se volvía dorada, como si el tiempo se detuviera. Compraba una correa, un par de guantes, un cinturón… cosas que no necesitaba. Pero ella nunca me cobraba. Solo me decía: “Déjalo para la próxima”. Y yo, cada vez, volvía.

Una tarde, me quedé hasta que cerró. Ella apagó las luces, se quitó el delantal y se sentó en el piso, con las piernas cruzadas, frente a mí. No dijo nada. Solo me miró. Yo tampoco hablé. Solo me acerqué. Lento. Como si el aire fuera de cristal y un movimiento brusco lo rompiera.

Me arrodillé. No por pedir. No por obligación. Porque algo dentro de mí, desde la primera vez que la vi, ya había decidido que eso era lo que quería hacer.

Le toqué la cadera. Ella no se movió. Le bajé la mano por el muslo, hasta el borde del pantalón de cuero. Lo desabroché. No con prisa. Con cuidado. Como si fuera a desvestir a una diosa que no se deja tocar.

Ella se abrió. No dijo “sí”. No dijo “no”. Solo respiró más hondo. Y yo metí la lengua.

No fue un beso. Fue una invasión. Un hundimiento. Mi boca se encontró con su vagina, húmeda, caliente, con ese sabor a cuero y sal que me hizo temblar. Ella no gritó. No gimió. Solo puso una mano en mi cabeza y me empujó más adentro. Como si me estuviera diciendo: “Más. Aún más.”

Cogí sus nalgas con las dos manos, las apreté hasta que me dolieron los dedos, y seguí lamiendo. Hasta que sentí que se tensaba. Hasta que su cuerpo se sacudió como si alguien le hubiera dado un chorro de electricidad. Y entonces, por primera vez, habló.

—Mierda, chico… —dijo, con voz rota—. No te detengas.

No me detuve.

Cuando se calmó, me levantó la camisa, me desabrochó el pantalón, y me sacó la verga. No la besó. No la lamió. Solo la sujetó con la mano, como si la conociera desde siempre, y me miró a los ojos.

—¿Quieres que te la meta?

Asentí. No con palabras. Con los ojos. Con la verga que se estremecía en su mano.

Se levantó. Se puso de rodillas frente a mí. Me tomó de la cintura y me guió hacia el piso. Se sentó sobre mí, con la verga apuntando a su vagina. Se inclinó hacia atrás, y se bajó. Lentísimo. Hasta que la sentí dentro, hasta que la sentí apretarme como si fuera su casa.

No se movió. Solo se quedó ahí, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, los pechos subiendo y bajando. Yo no me moví. Solo la abracé. La apreté. Como si la fuera a perder.

—Estás tan caliente… —susurré.

Ella abrió los ojos, me miró, y sonrió.

—Tú también, mijo. Tú también.

Y entonces, empezó a moverse. No con fuerza. No con desesperación. Con un ritmo que parecía el de una música antigua. Cada bajada, cada subida, era como si me estuviera cogiendo el alma. Me metía la verga hasta el fondo, y luego se detenía. Solo para sentirme. Para que yo sintiera. Para que supiera que esto no era sexo. Era un pacto.

Cuando me corrió, no grité. Solo solté un gemido bajo, como si me hubieran arrancado la voz. Y ella, cuando se corrió, se derrumbó sobre mí, con la cara en mi pecho, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros.

No hablamos. No necesitamos. Ella se levantó, me ayudó a ponerme el pantalón, y me dio un beso en la frente.

—Vuelve mañana —dijo.

Y yo, como un loco, le dije:

—Cada día.

Hoy es viernes. Llegué a las cinco. Ya tenía la correa nueva en la mano. Ella me miró, sonrió, y me dijo:

—¿Otra vez, chico?

—Sí —respondí—. Hoy te voy a coger en el mostrador.

Ella se quitó la camisa.

Y así, entre cueros, sudor y silencios, volvimos a hacer lo que ya no era solo sexo.

Era costumbre. Era adicción. Era casa.

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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.

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