Lo que pasó entre mi laptop y mi celular

@isabella_mar ·14 de diciembre de 2025 · ★ 4.1 (38) · 1,907 lecturas · 9 min de lectura

Nunca pensé que el amor pudiera sentirse tan real desde una pantalla.

Todo comenzó con un mensaje equivocado —o eso creí al principio. Un viernes por la tarde, mientras esperaba que mi café terminara de prepararse en el bar de la esquina, mi celular vibró en el bolsillo. No era una llamada ni una notificación de redes, sino un mensaje de texto anónimo: «Oye, ¿tú eres la de la casa con las macetas de hibisco en el balcón?». Me quedé parada, medio helada, medio sonriendo. Yo vivía sola en ese departamento pequeño del tercer piso, con las plantas que había criado con paciencia y sol. Nadie sabía de mí salvo los vecinos más cercanos, y ni siquiera me había presentado con nadie. ¿Cómo lo supo?

Volvió a sonar al rato: «No te asustes. Soy Mateo. Tu vecino del cuarto piso. Te vi ayer cuando bajaste a regar las plantas con ese vestido color melocotón». Mi corazón dio un salto. El vestido. Sí, lo recordaba: ligero, con tirantes finos, dejando ver la curva de mis hombros y el ligero brillo del sol en mis brazos bronceados. Pero yo no lo había visto. Él sí.

Le escribí: «¿Y si no me gustan los vecinos que me espían desde las ventanas?». Él respondió enseguida: «No te espío. Te admiro. Tus manos cuando regas las plantas, la forma en que te inclinas con gracia, como si el mundo fuera una canción y tú la estuvieras escuchando».

Me sorprendió su poesía simple. Tan distinta a lo que esperaba de un hombre que, según su perfil en Tinder —que ahora descubrí que era falso—, se llamaba Mateo, trabajaba en diseño gráfico y le gustaba el café, el jazz y el senderismo. Pero no había foto de rostro. Solo una con una moto antigua y otra de un atardecer en una playa vacía. Decidí no bloquearlo. No ese día. Ni el siguiente.

Llevábamos dos semanas intercambiando mensajes a escondidas. Él, casado, me dijo al cuarto día: «Sí, soy casado. Pero mi esposa y yo estamos separados desde hace dos años. Solo no hemos firmado los papeles». Me dio la dirección de su oficina, donde trabajaba como freelance. Yo le conté que había dejado una relación tóxica hacía poco, que buscaba calma, y que me gustaba escribir poesía, aunque nunca lo mostraba. Leí en una de sus respuestas: «Tus palabras son más suaves que el viento del Caribe en mayo». Me sonrojé. Me senté en la cama con las piernas juntas y apreté el celular contra el pecho, como si pudiera contener el calor que su voz —aunque solo fuera texto— me había despertado.

La primera vez que hablamos por voz fue un miércoles, a las 10:47 p.m. Me sorprendió su voz: grave, lenta, con un acento del Caribe colombiano que me recordó a los veranos de mi infancia, cuando visitaba a mi tía en Cartagena y los días parecían eternos, húmedos, llenos de promesas. Me dijo: «Escucha, Isabella, ¿te parece si empezamos a hablarnos por videollamada?». Yo bebí un sorbo de mi té de manzanilla, sentada en el balcón con las piernas cruzadas, el aire cálido acariciándome la nuca. «¿Y si te miro y no me gusta lo que veo?», pregunté. Él se rió, bajo, lento. «Entonces no te miro yo tampoco. Pero si me gusta —y sé que me va a gustar—, me quedaré quieto, como un soldado esperando ordenes, para no asustarte».

Acepté. Pero con una condición: «No me muestres tu cara al principio. Yo te muestro primero lo mío». Me hizo prometer que no colgaría sin permission, que no diría nada hasta que yo le diera el OK. Prometió.

Nos conectamos a las 11:03 p.m. La luz de mi habitación estaba tenue: velas en frascos de vidrio, una lámpara de papel en la esquina. Me senté frente a la cámara con un top de seda color vainilla, sin sujetador, y una falda corta negra que dejaba al descubierto mis muslos, aunque no del todo —solo hasta la mitad, como una promesa no cumplida. Me había pintado los labios con un bálsamo sutil, no con rojo, sino con un tono natural que brillaba con la luz cálida.

La pantalla se iluminó. No vi su cara. Solo su cuello, sus hombros, su pecho descubierto por una camiseta negra ajustada. Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado, y una pequeña cicatriz en la clavícula. Me miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera savoreando algo dulce.

—Isabella —dijo, con esa voz que ahora conocía, pero que ahora sonaba más profunda, más lenta—. Estás… más hermosa de lo que imaginé.

Yo no dije nada al principio. Solo lo miré, lo dejé mirarme. Lento. Calculador. Como una serpiente que decide si confiar o atacar.

—¿Te parece si me quitó la camiseta? —preguntó.

Asentí con la cabeza.

Sus manos subieron despacio, con intención. No con urgencia. Cada movimiento era una pausa, una expectativa. La tela se levantó, mostró su abdomen plano, con una ligera línea de vello que bajaba hacia el borde de sus pantalones. Tenía tatuajes pequeños: una estrella en el hombro izquierdo, una frase en latín en el antebrazo. «Amor est sicut aestus» —El amor es como el calor—. Me acerqué un poco más a la cámara, como si con eso pudiera tocarlo.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora… te muestro lo que siento cuando pienso en ti.

Bajó la cámara unos centímetros. Ya no estaba viendo su pecho, sino su entrepierna. No estaba erecto, pero su pene ya se marcaba bajo el tejido de sus calzoncillos, una protuberancia firme, como una promesa contenida.

—¿Quieres que te lo muestre todo? —preguntó, y su voz tembló, apenas.

—Sí —respondí, sin dudar.

Me había convertido en una mujer distinta desde que conocí a Mateo. No era la misma que se escondía detrás de sus libros y su trabajo en una oficina de contabilidad. Aquí, frente a la pantalla, me sentía más viva. Más peligrosa. Más deseable.

Desabrochó el cinturón. Desabrochó la bragueta. Con lentitud, con teatro, bajó la tela de sus calzoncillos. Su pene salió lentamente, grueso, con un colormoreno que contrastaba con la palidez de su torso. La cabeza era redonda, húmeda, con un pequeño orificio por el que ya comenzaba a deslizarse un rastro claro.

—Está tan húmedo por ti —dije, casi en un susurro.

—Porque te imagino sentada aquí, con las piernas abiertas, tocándote… —murmuró—. ¿Me lo vas a mostrar también?

Me deslicé un poco en la silla. Me llevé una mano lentamente a la cintura de la falda. Me detuve. Lo miré.

—Sí —dije—. Pero primero… dime algo.

—Dime lo que quieres que te haga.

—Quiero que me digas cómo se siente tu lengua en mi cuello.

—Suave. Como el viento cuando sopla desde el mar. Y quiero lamer tu ombligo primero. Luego… tus pechos. No los tocaré de inmediato. Solo con la punta de la lengua, como si fuera un juego nuevo. Y cuando estés a punto de explotar… —se detuvo—. ¿Te gustó?

Asentí, con la respiración cortada. Me llevé la mano al pecho, con los dedos apenas rozando los pezones ya endurecidos bajo la seda.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora… muéstrame cómo te tocas.

No dudó. Se llevó la mano al pene, lo agarró con firmeza, pero no con fuerza. Lo apretó suavemente, desde la base hasta la cabeza, con el pulgar pasando por encima del orificio. Me miraba fijamente, sin parpadear.

—Estoy pensando en ti —dijo—. En cómo te mojas cuando lees mis mensajes. En cómo te sonrojas cuando te digo lo que quiero hacerte. En cómo te arqueas cuando te imaginas mi boca en tu cuello.

Me mordí el labio. Me incliné hacia adelante, como si pudiera acercarme más a la pantalla. Me pasé la lengua por los labios, despacio, y lo vi hacer lo mismo.

—¿Quieres que te muestre cómo me siento cuando pienso en ti dentro de mí? —pregunté.

—Sí —susurró—. Por favor.

Me levanté de la silla. Me acerqué a la pared, apoyé la espalda contra ella, y me senté en el borde de la cama, con las piernas abiertas hacia la cámara. Me deslicé la falda hacia los muslos. Ya no llevaba bragas. Me había vestido así, sin saber que lo haríamos hoy, como si mi cuerpo supiera que algo iba a pasar.

Me toqué. Con dos dedos, lentamente, separando mis labios. Me miró con los ojos cerrados por un segundo, como si sintiera el calor.

—Estás húmeda —dijo, con la voz rota.

—Sí —susurré—. Pero no por ti. Por lo que quieres hacerme. Por lo que me dices. Porque eres el primer hombre desde hace meses que me mira sin querer poseerme. Solo… quererme.

Me toqué más adentro. Me sentí brillante, húmeda, lista. Mis dedos encontraron el clítoris, ya endurecido, como una perla. Lo rozé. Me estremecí.

—¿Así? —preguntó.

—Más… —dije—. Más fuerte.

Me toqué con más presión, con el ritmo que él me había enseñado con sus palabras. Cada vez que movía los dedos, lo veía mover los suyos. Él ya estaba jadeando. Su pene se había endurecido más, más grueso, más largo.

—Isabella… —dijo—. Estoy a punto.

—No te detengas. Dime lo que sientes.

—Siento que estoy dentro de ti. Siento tu calor. Siento tu cuerpo apretándose alrededor de mí. Siento que… que voy a explotar.

Se movió rápido. Se apretó con fuerza, y su mano subió y bajó más rápido. Su respiración se volvió entrecortada. Y entonces, sin previo aviso, su cuerpo se arqueó, su cabeza se lanzó hacia atrás, y un chorro espeso y blanco salió de su pene, manchando su pecho, sus muslos, la pantalla de su cámara.

—Estás tan hermosa —murmuró, con la voz rota—. Tan hermosa…

Lo miré, sin moverme. Mis dedos seguían moviéndose, suavemente, con el ritmo de mi respiración.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora… —dijo, secándose con la manga de la camiseta—. Ahora quiero que me llames de nuevo. Y esta vez, quiero verte desnuda. Todo.

—Prometiste no colgar sin mi permiso.

—Lo sé. Y no lo haré. Pero esta vez… quiero que me muestres todo lo que no me has mostrado.

Me levanté. Me acerqué a la cámara. Me llevé una mano a la cara.

—¿Sabes qué es lo más peligroso de esto? —pregunté.

—¿Qué?

—Que ya no sé si esto es un sueño… o si soy yo quien se está despertando.

Él sonrió. Solo entonces, por primera vez, vi su rostro completo. Alto, con pómulos marcados, ojos oscuros, una sonrisa que me hacía querer correr hacia él y besarle la boca.

—Entonces sueña más fuerte, Isabella —dijo—. Porque yo ya desperté. Y tú eres lo primero que veo.

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