Lo que pasó entre dos pantallas
7 minLo que pasó entre dos pantallas
Nunca pensé que el sexo virtual pudiera dejarme con las manos temblorosas, el corazón acelerado como si acabara de correr tres kilómetros cuesta arriba y la piel tan sensible que el roce de mi propia camiseta me hacía estremecer.
Todo comenzó en un grupo de lectura en línea. No un grupo cualquiera: uno exclusivo, cerrado, formado por personas que compartían un interés profundo por la literatura erótica clásica y contemporánea. Nos reuníamos los jueves por Zoom, con cámaras encendidas —aunque no siempre— y micrófonos apagados salvo cuando alguien quería compartir una frase, un párrafo, o una anécdota personal relacionada con el tema del mes.
Él se llamaba Mateo. Llevaba semanas en el grupo, siempre puntual, siempre con una camisa abierta sobre una camiseta oscura, siempre con esa mirada tranquila que no parecía temer el silencio ni el espacio entre pantallas. No era guapo en el sentido tradicional: tenía el rostro huesudo, los ojos oscuros y profundos, y una pequeña cicatriz en la ceja izquierda que le daba un aire de misterio. Pero sí era *bello* de otra manera: en la forma en que hablaba, en cómo escuchaba, en la pausa breve antes de cada respuesta, como si estuviera sopesando cada palabra antes de soltarla.
La primera vez que cruzamos una mirada prolongada fue durante una discusión sobre *El amante* de Duras. Yo decía que la pasión allí no nacía del deseo físico, sino de la imposibilidad; él asintió y respondió: «No estoy de acuerdo. Creo que la imposibilidad es justamente lo que la alimenta. Como cuando sientes que la piel del otro está a centímetros, pero no puedes tocarla». En ese instante, nuestros ojos se sostuvieron dos segundos más de lo necesario. Y yo sentí, claro y nítido, un calor en el vientre.
Los jueves se volvieron mi ritual semanal. Me preparaba con cuidado: una taza de té humeante, una sábana doblada al lado por si me tumbaba, y, sobre todo, la promesa mental de no cerrar los ojos cuando lo mirara. Un jueves, él mencionó que vivía en Montevideo, que trabajaba desde casa en diseño gráfico, y que odiaba las llamadas de larga distancia sin cámara. «Porque la pantalla se convierte en una pared», dijo, y sonrió con la comisura derecha más alta que la izquierda. Yo le dije que yo vivía en Quito, que trabajaba como traductora, y que también odiaba las paredes.
Fue entonces, en la última sesión de mayo, cuando la cosa cambió. Hacía semanas que no habíamos intercambiado mensajes privados. Pero esa noche, al finalizar la reunión, él no cerró la llamada de inmediato. Se quedó allí, sentado, mirándome. Yo hice lo mismo. Nadie dijo nada. Solo nos observábamos, con la luz suave del escritorio detrás de cada uno, con los ojos entrecerrados como si intentáramos descifrar algo que aún no tenía nombre.
—¿Te importa si te escribo? —preguntó, por fin, con voz baja, casi un susurro.
—No —respondí, sin pensarlo.
Y así empezó la travesía.
Los mensajes llegaban a cualquier hora, en grupos de tres o cuatro, con frases cortas que se extendían como humo: *¿Viste que llovió aquí? Me acordé de tu ciudad, donde el aire huele a tierra mojada.* O: *Hoy dibujé algo, pero no me gustó. Me gusta más lo que dibujaste tú ayer con palabras.* Y luego, más directos: *Tienes una sonrisa que hace cosas raras en mi pecho.*
Un jueves, le dije: —¿Y si jugamos un juego?
—¿Cuál?
—El de las preguntas prohibidas. Solo respondes lo que sientes. No mientes. No te escondes.
—¿Y si yo gano?
—Tú defines las reglas.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y si yo te toco con la mirada?
—Entonces ya ganaste.
No fue la primera vez que hablamos de tocar. Habíamos cruzado descripciones: *Tu mano en la nuca, así, con la palma abierta. No tan fuerte. Más bien como una promesa.* O: *El calor de una taza entre las manos… pero yo quiero ser esa taza, y tú eres el agua.*
Esa noche, Mateo me envió una foto. No de su rostro. De sus manos. Los dedos alargados, las uñas cortas, una pequeña marca oscura en el pulgar. Y una frase: *Estas manos no han dejado de imaginar las tuyas.*
Me quedé viéndola diez minutos. Sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas, la camiseta ya desabrochada hasta la cintura.
—¿Qué imaginas cuando piensas en mí? —le escribí.
—Todo. Tu cuello cuando inclinas la cabeza. El modo en que te mueres el labio cuando te concentras. El sonido que haces cuando te relajas. Tu piel, que supongo es cálida y suave como el algodón recién planchado.
—¿Y si te dijera que es cierto? Que mi piel es cálida y suave. Que me tiemblan las rodillas cuando me miras por la cámara.
—Entonces te pediría que te quites la camiseta.
No dudé. Desabroché los últimos botones. Me deslicé la tela por los hombros. Quedé sentada frente a la laptop, con los pechos descubiertos, las puntas endurecidas por el aire acondicionado y por la expectativa. No sonreí. No bajé la mirada. Lo miré directo a los ojos —ellos, ahora, detrás de la pantalla— y le dije, voz temblorosa pero clara:
—Ahora te toca a ti.
Él no respondió de inmediato. Se levantó de su silla. Apagó la luz del fondo. Su rostro quedó iluminado solo por la luz de la pantalla. Y entonces, despacio, se quitó la camisa. Primero la izquierda, luego la derecha. La camiseta debajo era negra, pegada al pecho. Se la quitó también. Y entonces me mostró su torso: plano, musculoso sin exceso, una línea oscura que descendía hacia el ombligo y desaparecía bajo el borde de los pantalones. Y su entrepierna, claramente marcada.
—¿Así? —preguntó.
—Sí —susurré.
—¿Y si ahora te toco así? —dijo, y puso la mano derecha sobre el pantalón, justo donde su cuerpo se alzaba. Movió la palma con lentitud, como si estuviera acariciando algo invisible, pero real. Su respiración se oyó más fuerte.— ¿Así?
—Sí… —murmuré, con la boca seca.
Me levanté. Me acerqué a la laptop. Con una mano, me pasé el dedo índice por el contorno del pecho, desde la clavícula hasta el pezón. Lo apreté suavemente. Le miré los ojos mientras lo hacía.
—¿Te gusta verme? —le pregunté.
—Me mata.
—Entonces… dime qué más quieres.
—Que te arrodilles. Que me digas tu nombre.
—Mi nombre es… —hice una pausa, dejando la frase colgada— …y ahora voy a llamarte Mateo mientras me tocas.
Y así lo hicimos. Sin tocar. Con solo palabras y miradas. Él se quitó los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto su pene, grueso y ligeramente curvado, la cabeza oscura. Se tomó el escaso pelo con la mano izquierda y se acarició la shaft con la derecha, lentamente, como si estuviera escribiendo una carta con el dedo. Yo lo imité, deslizando mis dedos por mi vientre, bajando hasta el vello púbico, separando los labios con suavidad y tocándome con un solo dedo. Me incliné hacia la cámara, y le dije, con los ojos cerrados:
—Estoy en el borde.
—Dime dónde te tocas.
—Aquí. En el clítoris. Lo tengo endurecido. Como una semilla. Y ahora… lo aprieto. Así. Mientras tú te tocas.
—Sí —gimió, con la voz rota—. Así. Más fuerte. No pares.
No paré. Ni él tampoco. El tiempo se dilató. El aire se volvió denso. Y cuando ambos llegamos al borde, no dijimos nada. Solo nos miramos. Con los ojos entrecerrados, con las pupilas dilatadas, con las respiraciones entrecortadas.
—Gracias —dijo él, por fin.
—Gracias a ti —respondí.
Y cerramos la llamada.
No ha pasado nada desde entonces. No nos escribimos todos los días. Pero cada jueves, a las ocho, nos encontramos. A veces hablamos de libros. A veces hablamos de lo que hicimos entre semana. A veces solo nos miramos, y nos tocamos, y nos decimos lo que sentimos.
Y aunque nunca nos hemos besado, aunque jamás nos hemos tocado con las manos, sé que si un día nos encontramos en persona —en un hotel de Quito o en un apartamento en Montevideo—, será como si volviéramos a un lugar que ya habíamos visitado en sueños. Un lugar que solo existe cuando las pantallas se apagan y el cuerpo recuerda lo que la piel aún no ha olvidado.
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