Lo que pasó en mi casa mientras llovía

Lo que pasó en mi casa mientras llovía

@isabella_mar ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (5) · 24 lecturas · 7 min de lectura

Nunca creí que algo así pudiera ocurrirme con Mariana. Si me lo hubieran dicho hace un mes, habría reído, alzado las cejas y dicho algo como: «¿Ella? Ni en sueños». Pero ahí estaba, sentada en mi sofá, con la lluvia golpeando las ventanas como si quisiera entrar a rastras, y ella, con su pelo mojado pegado a las mejillas, mirándome con esa sonrisa que ya no intentaba ocultar.

Todo comenzó como cualquier tarde de junio en Guadalajara: gris, húmeda, lenta. Yo había quedado con ella para ayudarla a arreglar su computadora —sí, la vieja y leal laptop que no quería morirse—. Mariana trabaja en el mismo edificio que yo, en el tercer piso, y aunque nos saludamos todos los días, nunca pasamos de los «buenos días» y las sonrisas breves. Hasta hoy.

Llegó con el paraguas roto y el suéter gris que siempre le queda un poco pequeño en los hombros. Me miró con los ojos brillantes, mojados por la lluvia o por algo más. «Perdón, se rompió en el camino», dijo, y cuando sonrió, vi por primera vez que tenía un pequeño lunar justo al lado del labio superior. Me encantó. Me paralizó.

La dejé entrar. Encendí la estufa de bajo voltaje —la que no sirve para mucho pero da calor suficiente para que no temblar— y le ofrecí un café. Ella aceptó con una sonrisa que esta vez sí sentí como una caricia.

—¿Te duele la cabeza por la humedad? —le pregunté, mientras preparaba los dos tazones.

—No —respondió, y me miró directo a los ojos—. Pero sí me duele algo.

Me detuve. No sabía si era una broma o si había escuchado bien. Pero su voz había temblado un poco, y sus manos, apoyadas en la encimera, estaban tensas. El café hirvió en silencio.

—¿De qué te duele? —le pregunté, baja.

Ella se giró lentamente. El suéter se le subió un poco por la cintura, dejando ver la curva de su espalda baja, tatuada con una pequeña serpiente que se enroscaba hasta el glúteo izquierdo. Me costó no mirar. Pero no lo hice. Quería verla. Quería guardar cada detalle.

—De la espalda. Y del cuello. Creo que es por estar tanto tiempo inclinada frente a la pantalla.

—Pues déjame ayudarte —dije, sin pensar.

Ella asintió. Solo eso. Asintió y se sentó en el sofá, con las piernas juntas, las manos en el regazo, como si estuviera esperando una sentencia.

Me senté a su lado, no muy cerca, pero sí lo suficiente como para sentir su calor. Le pedí que se inclinara un poco hacia adelante, y le toqué los hombros con las yemas de los dedos. No fue un masaje técnico. Fue un masaje lento, consciente, como si cada presión fuera una palabra que me costaba decir. Sentí cómo sus músculos se relajaban, cómo su respiración cambiaba, cómo su cuerpo se rendía a la presencia del mío.

—¿Así está mejor? —le pregunté, con la voz un poco más grave.

Ella no respondió. Solo suspiró, un suspiro largo, profundo, casi un gemido disfrazado. Y entonces, sin mirarme, me tomó la mano y la apretó contra su nuca.

—Sí —dijo—. Mucho mejor.

Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no estaba masajeando su espalda. Estaba acariciándola. Con lentitud, con intención. Mis dedos bajaron por la curva de su columna, rozando la tela del suéter, hasta que una de mis manos se deslizó por su costado, hasta la cadera. Ella no se movió. No se alejó. Me dejó seguir.

—¿Isabella? —dijo, por fin.

—Mm.

—¿Te importa si te digo algo?

—No.

—Me gusta cómo haces esto.

—¿Qué cosa?

—Todo. Tu forma. Tu calma. Tu calor.

Me quedé inmóvil. El tiempo se detuvo. Sólo escuchaba el ritmo de su respiración y el trueno lejano. Me incliné, lentamente, hasta que mis labios rozaron su oreja.

—A mí también me gusta esto —susurré—. Me gusta estar aquí. Contigo.

Su cuerpo se volvió hacia mí, como si fuera una brújula que de pronto encontró el norte. Nos miramos. Sus ojos eran oscuros, húmedos, llenos de algo que yo ya conocía: deseo. Y también miedo. Pero no el miedo de la renuencia, sino el miedo del descubrimiento.

—¿Quieres que pare? —le pregunté.

Ella no respondió con palabras. En vez de eso, me tomó la cara con ambas manos y me besó.

Fue un beso suave, casi tímido al principio, como si no creyera que tuviera derecho a eso. Pero no duró mucho. En cuanto mis labios respondieron, se volvió más urgente, más hambriento. Abrió la boca y yo le dejé entrar. Su lengua encontró la mía con una naturalidad que me sorprendió. Como si nos hubiéramos conocido así, así, desde siempre.

La acerqué hacia mí, hasta que sentí sus pechos contra mi pecho, y mis manos bajaron a su cintura, a sus muslos. Sentí su piel, cálida, suave, bajo la tela. Le desabroché el suéter con lentitud, paso a paso, como si cada botón fuera una promesa que iba cumpliendo. Cuando lo dejó caer por sus brazos, quedó con una camiseta fina, blanca, que dejaba ver la curva de sus pechos. No me atreví a tocarlos aún. No aún.

En vez de eso, bajé mis manos hasta su cuello, luego hasta sus hombros, y volví a besarla, esta vez con más hambre. Le pasé la lengua por el labio inferior y ella me lo pidió sin decirlo, abriéndose como una flor al sol.

—Isabella… —susurró, entre beso y beso—. ¿Me tocas?

—¿Aquí? —le pregunté, apoyando la mano en su muslo.

—Sí… más arriba.

Le separé las piernas con una suave presión de la rodilla, y mis dedos subieron por su pierna interna, lento, consciente, hasta que encontraron el borde de sus pantalones. Los bajó por sí mismos, ayudándome, y cuando mis dedos rozaron la tela de su ropa interior, me detuve un segundo para mirarla.

—¿Estás segura? —le pregunté.

Ella no dijo nada. Sólo me tomó la mano y me guio hacia allí, hacia su pubis, hacia su calor, hacia su humedad. Sentí su respiración entrecortada cuando mis dedos rozaron su clítoris, ya húmedo, ya ardiente.

—Sí —dijo, entre dientes—. Sí. Por favor.

Le quité la ropa interior con su ayuda, y me incliné sobre ella. No me apresuré. Primero besé su vientre, luego la curva de sus caderas, luego el interior de sus muslos, hasta que mis labios encontraron su sexo. Estaba tersa, perfecta, con un pequeño monte de vello oscuro y húmedo. Olía a miel y a tierra mojada.

Le abrí con las yemas de los dedos, lentamente, y le lamí el clítoris con una suavidad que me sorprendió a mí misma. Ella gimió, alto, como si no pudiera contenerlo más. Me miró con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, las manos en mi cabeza.

—Sí… así… —murmuró—. No pares.

Y no lo hice. Le lamí con paciencia, con dedicación, hasta que empezó a arquear la espalda, hasta que sus piernas temblaban, hasta que su respiración se volvió desesperada. Entonces, le metí dos dedos, con cuidado, y le rozé el punto que yo ya sabía que la volvía loca.

—¡Isabella! —gritó, y se estremeció como una hoja al viento.

Su orgasmo fue largo, intenso, y yo lo sentí como propio. Sentí cómo su cuerpo se abría, cómo su calor me envolvía, cómo se rendía por completo.

Cuando volvió a respirar con normalidad, me tomó de la mano y me tiró hacia ella. Me besó con urgencia, y esta vez fui yo la que gimió, porque sentí su lengua, sentí su sabor, sentí su deseo.

—Ahora… quiero verte —dijo, y me desabrochó el jean con una soltura que me hizo sonrojar.

Cuando me quedé en ropa interior, ella me miró con una expresión que no había visto antes: admiración, deseo, y algo más… ternura.

—Eres preciosa —susurró, y me acarició el seno con la palma abierta, lento, reverente.

Le permití hacerlo. Le permití besarme el cuello, el pecho, el ombligo. Le permitió bajar mis pantalones, mis calcetines, hasta que quedamos las dos en silencio, solo con el calor del sofá y el sonido de la lluvia.

Me tumbé sobre la espalda, y ella se acomodó

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@isabella_mar

Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.

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