El olor a café y sal
10 minEl olor a café y sal
A mí me gustaba el café fuerte, casi negro, con un chorro de piloncillo que se derretía lentamente al remover con la cuchara. Me llamaba la atención cómo se formaba la cremita en la superficie, cómo el vapor subía en espirales tenues mientras la taza se calentaba entre mis manos. Eso, y el silencio del lugar: la cafetería de la esquina de la calle de Insurgentes y la 16 de Septiembre, un local chiquito, medio escondido entre tiendas de ropa usada y un taller de reparación de computadoras, con paredes de ladrillo visto y un par de mesas de madera vieja que crujían cuando te sentabas.
El primer día que la vi, ella estaba sentada en la mesa de la esquina, con las piernas cruzadas y los ojos pegados al libro que tenía en el regazo. Llevaba una blusa blanca desabotonada hasta el pecho, no demasiado abierta, pero suficiente como para que se vislumbrara la curva de un seno, redondo y suave, cubierto por la copa del sostén de encaje negro. El pelo, oscuro, casi negro, con reflejos de azabache bajo la luz del día, estaba recogido en una coleta baja, suelta por un par de mechones que le rozaban el cuello. Tenía las uñas pintadas de rojo oscuro, como cerezas maduras, y marcaba líneas con el dedo índice mientras leía, como si el texto tuviera ritmo.
Me llamó la atención que no tomaba café. Se había ordenado un té de manzanilla, con miel y limón, y lo sostenía entre las manos como si lo estuviera acariciando. Me senté a dos mesas de distancia, con mi café humeante y una libreta abierta, fingiendo escribir algo. En realidad, lo que escribía eran frases sueltas: *“tiene los dedos largos y el pulgar con una marca de nacimiento oscura”*, *“el cuello se le estira cuando traga”*, *“el libro tiene una portada amarilla, desgastada en una esquina”*. Como si estuviera tomando apuntes para un informe médico o una descripción policial.
A los veinte minutos, cerró el libro, lo dejó sobre la mesa y se levantó. Caminaba con una postura que decía: * sé que soy bonita y no me disculpo por eso*. Se acercó a la barra a pagar, y cuando el muchacho le devolvió el cambio, ella le sonrió, sin exagerar, con la boca cerrada, pero los ojos sí se le abrieron un poco, como si la sonrisa hubiera tenido que escurrirse por dentro antes de salir.
Yo ya estaba de pie, con la libreta en la mano, fingiendo que me había olvidado algo. Me acerqué a la barra, pedí otro café, y cuando el chavo me dio las monedas, ella también se giró para coger el suyo. Nuestros dedos se rozaron, sin querer, al alcanzar el cambio al mismo tiempo.
—Perdón —dije, y me sonrió otra vez, pero esta vez la sonrisa se le quedó, como si hubiera estado esperándola.
—No pasa nada —respondió, y se echó el pelo atrás con una mano, dejando al descubierto la oreja y la curva de la mandíbula.
—¿Lees mucho? —pregunté, como si fuera lo más natural del mundo.
—Sí —dijo—. Es que si no, me aburro. Y aquí en la colonia no hay mucho que hacer después de las seis.
—¿Te gusta la poesía?
—Me gusta lo que duele —dijo, y me miró fijo, sin parpadear—. ¿Y tú?
—Lo mismo —respondí.
Se llamaba Mariana. Me lo dijo cuando ya habíamos terminado los dos cafés y ella se había comido medio pan de dulce que pedimos a medias. No me llamó la atención el nombre. Me llamó la atención cómo lo decía: *Mariana*, como si fuera una llave que apenas empezaba a girar en una cerradura.
—¿Quieres que te acompañe a casa? —le pregunté, sin pensar demasiado, como si el cuerpo hubiera hablado antes que la cabeza.
—¿Tú vives por aquí? —me preguntó, pero no era una duda, era una invitación.
—Sí, en la colonia Roma. A cinco calles.
—Entonces sí —dijo—. Me gusta caminar.
Y caminamos. No hablamos mucho, pero cuando lo hacíamos, era como si estuviéramos descubriendo un idioma nuevo, con palabras que no sabíamos que conocíamos. Me dijo que trabajaba en una editorial pequeña, que le encantaba leer manuscritos viejos, que coleccionaba libros de tapa dura que encontraba en los mercados de pulgas. Me dijo que le gustaba el olor del mar, aunque nunca había ido a la playa de Veracruz, solo había estado en Acapulco una vez, de niña, y recordaba el frío de la noche en la terraza del hotel, con su mamá fumando cigarros y mirando el horizonte.
—¿Y tú? —me preguntó cuando ya estábamos en la calle donde vivía—. ¿Qué te gusta?
—Lo que huele a sal y café. Lo que suena cuando la lluvia golpea el vidrio. Lo que se siente cuando alguien te toca sin pedir permiso, pero tú ya se lo diste con la mirada.
Ella se detuvo. Se volvió hacia mí. Estaba parada justo bajo el farol de la esquina, y la luz le daba de perfil, marcando la línea de su cuello, el arco de sus cejas, la curva de sus labios. Me acerqué lentamente. No la toqué. Solo dejé que el silencio se llenara de algo que no era nerviosismo, sino expectativa. Me puse de pie frente a ella, lo suficientemente cerca como para sentir su respiración, pero sin rozarnos.
—¿Puedo? —le pregunté, y la palabra salió más baja de lo que esperaba, casi un susurro.
Ella no respondió con palabras. Solo inclinó un poco la cabeza, como sí fuera una señal, una orden tácita.
Entonces la besé.
Fue suave al principio, como si temiera que si me apresuraba, ella se disolvería entre mis manos. Pero en cuanto mis labios tocaron los suyos, todo cambió. Sus manos subieron por mis brazos, con las uñas rozando mi piel, y luego se enredaron en mi cabello, tirando con un gesto que no era suave, pero tampoco agresivo. Era una orden. Era una promesa.
La besé con hambre, pero sin prisa. Le desabroché el primer botón de la blusa, luego el segundo, y cuando mis dedos rozaron la piel de su cuello, ella soltó un gemido bajo, tan tenue que casi lo confundí con el viento. Me aparté un instante para mirarla. Tenía las mejillas encendidas, los labios húmedos, los ojos cerrados, las pestañas temblando.
—Tú hueles a lluvia —dijo, y me besó de nuevo, esta vez más profundo, con la lengua rozando mi labio inferior, pidiendo entrada.
La tomé de la mano y la guié hacia mi casa. No dijimos nada mientras subíamos las escaleras. Solo el sonido de nuestros pasos, el crujido de los peldaños, y la respiración entrecortada de ella, que se aceleraba cada vez que sus dedos se entrelazaban con los míos.
En la puerta, cuando inserté la llave en la cerradura, ella se acercó por detrás, y con la boca pegada a mi oreja, me susurró:
—Dime si esto es un error… y yo te digo que sí.
No respondí. Solo empujé la puerta y la dejé entrar.
Dentro, el aire era más denso. El sol ya se había ocultado, y la habitación se había vuelto azul, casi gris. Encendí la luz baja de la mesita, la que tiene una bombilla amarilla que no da mucha luz, pero sí suficiente para ver. Para ver todo.
Me giré hacia ella. Ya no tenía la blusa puesta. Solo la había dejado colgada en los brazos, como si fuera una capa de la que ya no quería cargar. Debajo, llevaba un sostén de encaje negro, con los tirantes finos y los copos que se curvaban como hojas secas. Me acerqué despacio, como si no quisiera asustarla, pero ella no se movió. Solo me miró, con las manos a los lados, como si me estuviera permitiendo hacer lo que quisiera.
Le desabroché el sostén con un movimiento suave de los dedos. Los tirantes se deslizaron por sus hombros, y luego, lentamente, el tejido se fue apartando, dejando al descubierto sus pechos. Eran redondos, firmes, con pezones morenos y hinchados, como si ya los hubiera estado tocando. Me incliné y besé uno, con la boca cerrada, y luego lo tomé entre los labios, chupando con suavidad hasta que ella soltó una risita ahogada.
—Estás muy bonita —le dije.
—Tú también —respondió—. Tienes los ojos oscuros, como cuando llueve.
Me besé su pecho, y luego bajé más, hasta rozar el borde de su falda. Le desabotoné el pantalón con lentitud, y mientras lo bajaba, ella se inclinó un poco, ayudando. Cuando la tela le rozó las rodillas, se quitó las zapatillas y se sacó los calcetines con un movimiento torpe, como si estuviera impaciente. Luego, con las piernas desnudas, se dio la vuelta y se sentó en el borde de mi cama.
—Quiero verte —dije, y me puse de rodillas frente a ella.
Le aparté las piernas con las manos, suaves pero firmes, y la miré. Estaba desnuda por completo, y su vulva era oscura, hinchada, con los labios oscuros y brillantes, como si ya estuviera mojada. La toqué con la punta de los dedos, rozando su clítoris, y ella se estremeció, arqueando la espalda.
—Más —susurró.
Le separé los labios con los dedos y bajé la cabeza. La lamió, con la lengua suave, rozando su clítoris, y luego metí uno, luego dos dedos, con cuidado, hasta que sentí su cuerpo relajarse, sus caderas empujando hacia adelante.
—Sí, así —dijo, y su voz ya no era la misma. Sonaba más aguda, más rota.
Le chupé el clítoris mientras mis dedos entraban y salían, con un ritmo que yo alone controlaba, pero ella me guiaba con las caderas, con los muslos, con sus gruñidos.
—Quiero que te acuestes —dije, y ella se dejó caer sobre la cama, con las piernas abiertas, los senos subiendo y bajando con cada respiración.
Me quitó la camisa, y cuando mis manos tocaron su cintura, ella me tiró hacia adelante, y volvimos a besarnos. Esta vez, la lengua de ella se enredó con la mía, y pude sentir su corazón latiendo en su cuello, rápido, desbocado.
—Dime qué quieres —le susurré al oído.
—Quiero que me jodas. Que me jodas como si no hubiera mañana. Que me jodas como si esto fuera lo único que nos queda.
Me aparté un poco para mirarla. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, la respiración entrecortada. Me levanté, me desabroché el pantalón, y saqué mi verga. Estaba dura, hinchada, con la punta brillante de pre-cum.
Me cubrí con la lengua, saboreándola, y luego me puse entre sus piernas. Le separé los labios con las manos y empecé a meterme, lentamente, hasta que sentí su vagina cerrarse a mi alrededor. Se estremeció, gritó mi nombre —aunque yo no le había dicho cómo me llamaba— y me atrajo hacia adelante, con las uñas clavadas en mis nalgas.
Moví las caderas, con calma, hasta que ella me pidió más. Entonces empecé a meterme y sacarme con más fuerza, con un ritmo que ella me pidió que guardara, que no me detuviera, que no parara.
—Sí, sí, sí —decía, con los ojos cerrados, los labios temblando.
Le tomé los pechos, con los pulgares rozando sus pezones, y ella se llevó una mano entre las piernas, frotándose su clítoris con los dedos. Sus gritos se volvieron más agudos, más rotos, y cuando por fin se vino, lo hizo con un grito que no contenía, que no se controlaba, que era puro deseo, puro placer, puro *ella*.
Me besó la frente cuando terminamos, cuando estaba agotado, cuando el sudor me corría por las sienes y la verga aún estaba dura dentro de su cuerpo. Me abrazó, me jaló hacia ella, y me dijo:
—Hoy no me voy a acordar de tu nombre. Pero mañana, cuando te vea en la cafetería, voy a saber que ya te he tocado, que ya te he sabido.
—Entonces ven mañana —le dije.
Y me besó de nuevo, con la boca llena de sal y café.
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