Lo que pasó cuando la luz se fue

Lo que pasó cuando la luz se fue

@el_forastero ·7 de julio de 2026 · 🔥 4.6 (13) · 214 lecturas · 10 min de lectura

La primera vez que noté que algo andaba raro entre nosotros fue un miércoles de lluvia, a las ocho y media de la noche, cuando vos entraste a mi vida como quien abre una puerta entreabierta sin saber que dentro ya ardía algo que ni vos misma conocías. Yo estaba en la cocina, pelando zanahorias para el guiso, con los audífonos puestos y la radio sonando bajo. El sonido de la lluvia golpeando el vidrio del balcón me hacía sentir ese tipo de calma que solo da el frío afuera y el calor adentro. Y vos, con tu paraguas goteando sobre el piso del pasillo, apareciste como una sorpresa que el destino guardaba en el bolsillo.

—Disculpá, ¿tenés un encendedor? —me preguntaste, y en ese momento me di cuenta de que no era solo la luz lo que te faltaba.

Me acordé después de cómo vos, sin pedir permiso, te sacaste los zapatitos y entraste sin titubear, como si ya hubieras estado mil veces en esa casa. No era arrogance, era confianza natural, como cuando alguien se sienta al lado tuyo en el colectivo y enseguida parece que siempre supiste que ese iba a ser el lugar que le iba a corresponder. Yo te di el encendedor, un viejo Bic dorado que guardaba en el cajón del mesón, y vos lo miraste como si fuera algo sagrado.

—Gracias, che —dijiste, y en ese momento me miraste directo a los ojos, sin apuro, sin esconder nada, y yo sentí que me caía dentro de ese mirar como si fuera un pozo bien fundado.

No sabía tu nombre. Solo sabía que vivías en el departamento del frente, que llegabas tarde de trabajar, que a veces salías con una mochila color miel y zapatos altos que hacían un sonido seco en las escaleras. A veces, cuando el silencio era muy fuerte, escuchaba tu risa entre las paredes, y me decía: *«¿De qué reíste vos ahora?»*.

—¿Querés que te ayude con eso? —te pregunté, señalando las bolsas que traías en una mano, pesadas, mojadas por la lluvia.

—Sí, sí, gracias —respondiste, y me tendiste una, y en el choque de nuestras manos, cuando pasaste el mango de plástico por mi palma, sentí un calor inmediato, como si el agua de tu piel hubiera dejado una marca invisible, un tatuaje que me duró toda la noche.

Esa noche, mientras cenábamos —vos con una ensalada que vos misma trajiste, yo con mi guiso humeante—, te dije que me gustaba cómo cocinabas con los ojos cerrados, como si sabieses de memoria cada movimiento sin necesidad de verlo. Vos reíste, y decís: —Es que cocino a ciegas desde que me corté la vista con un cuchillo hace dos años. —¿En serio? —le dije, y me acordé de cómo vos te inclinaste para agarrar el tenedor, y tus dedos rozaron el borde de la mesa, y yo no pude evitar pensar en cómo esos mismos dedos podrían recorrerme si vos me lo permitías.

Pero no lo dije. No aún.

Lo que pasó después, lo que vos me pedís que cuente, no fue una cosa repentina ni un acto de desesperación. Fue una acumulación. Fue el calor de la cocina, el vino que nos tomamos sin prisa, la forma en que vos te recostaste en el sillón y dejaste que tus pies descansaran sobre mis muslos sin pedir permiso, como si ya estuvieras acostumbrada a que yo te lo permitiera. —¿Te importa si me saco los calcetines? —me preguntaste, y yo dije que no, que no me importaba un pingo, y vos me miraste como diciendo *«sabés que me gustás»*, pero sin decirlo, porque a veces lo que más se siente es lo que se calla.

Me acordé después de cómo vos te estiraste, y el suéter te subió un poco y dejaste entrever un trozo de cintura, suave, templada, como si el sol la hubiera calentado solo para mí. Y yo no pude evitar mirar, y vos lo supiste, porque vos te detenés un segundo, como para dejarme tiempo de apartar la vista, pero yo no lo hice. Yo seguí mirando, y vos no te moviste, y eso fue todo lo que necesité para entender que vos también estabas a punto de romper algo.

—¿Vos tenés frío? —te pregunté, y vos dijiste que no, pero yo ya sabía que sí. No de frío físico. De frío emocional. El mismo que me había contado una vez, entre sorbo y sorbo de vino, que cuando te ibas del trabajo sentías que tu cuerpo se quedaba vacío, como si alguien te hubiera sacado algo dentro y no lo hubiera devuelto.

—Yo tengo calor —le dije, y vos me miraste como diciendo: *«¿Y qué querés hacer con eso?»* —¿Querés que te muestre algo? —te dije, y vos dijiste que sí con la cabeza, sin hablar, como si cada gesto tuyo empezara a decir lo mismo que mis manos iban a decir enseguida.

Te levantaste despacio, como si no quisieras romper el hechizo. Te acercaste a mí, y vos me tomaste de la muñeca, no con fuerza, pero con seguridad, como si ya hubieras rehecho el mapa de mi cuerpo en tu cabeza. Me llevaste al living, donde la luz era tenue, donde las sombras se estiraban como si fueran dedos curiosos. Me sentaste en el sofá, y vos te sentaste en el borde, con las piernas juntas, y vos me miraste, y yo te miré, y vos dijiste: —Contame algo que no te haya contado antes. —¿Cualquiera? —Cualquiera. Y yo te dije: —Me acuesto todas las noches pensando en vos. No en el acto, no en lo obvio. En lo que pasa antes. En cómo vos te girás cuando te ríes, en cómo te levantás la mano izquierda cuando te molesta algo, en cómo te mordés el labio inferior cuando estás concentrada. Me acuesto con eso, con esas pequeñas cosas que vos ni sabés que tenés. Vos no dijiste nada. Solo me tomaste la cara entre las manos, con cuidado, como si yo fuera algo frágil, y vos me besaste. No fue un beso rápido, no fue un beso de excusa. Fue un beso largo, profundo, con lentitud, con hambre, con algo que ni vos ni yo conocíamos todavía, pero que sabíamos que era real.

Y después de ese beso, vos te levantaste, y vos te sacaste el suéter lentamente, como si cada movimiento fuera una promesa. Yo te vi ahí, sentada en el borde del sofá, con el camisón de algodón debajo, y vos me dijiste: —¿Querés tocarme? Y yo no respondí con palabras. Solo me levanté, me senté frente a vos, y con la yema de los dedos, muy despacio, seguí la línea de tu clavícula hasta llegar a la base de tu cuello, donde tu pulso latía como un tambor. Vos cerraste los ojos, y vos suspiraste, y yo sentí que era el primer sonido más hermoso que escuchaba en mucho tiempo.

—Decime si paro —te dije, y vos abriste los ojos, y vos dijiste: —No. —¿Estás segura? —Sí, che. Estoy segura. Y vos me agarraste la mano, y vos me pusiste sobre tu pecho, y yo sentí ese calor que no se puede fingir, ese latido que me decía que vos también estabas a punto de explotar.

Vos te inclinaste, y vos me quitaste la camisa, y yo te ayudé, y vos me desabrochaste el pantalón con una sola mano, mientras me mirabas con esos ojos que ahora sí sabía que eran de fuego. Y vos decís, con una voz que me hizo estremecer: —Quiero que me garchés, pero no con prisa. Quiero que me recorras como si cada parte mía fuera un mapa nuevo. Y yo no pude evitar sonreír, porque vos usaste esa palabra —*garchés*— con tanta naturalidad, como si ya hubiera estado en tu boca mil veces.

Me puse de rodillas frente a vos, y vos te recostaste, y vos te abriste un poco, como invitándome, como si ya me estuvieras ofreciendo la puerta que siempre quise cruzar. Te deslicé el camisón hasta la cadera, y vos no te lo sacaste, lo dejaste ahí, medio subido, como una cortina entre lo público y lo privado. Y vos tenés una concha hermosa, redonda, cerrada, con un vello suave, oscuro, como hojas de té que se secan al sol. Y vos no tenés miedo de mostrarte, y eso me volvió loco.

Te toqué con la punta de los dedos, solo rozando, como si no quisiera asustarte, como si temiera que si apretaba un poco más, vos te irías. Y vos te estremeciste, y vos dijiste: —Sí, sí, así… Y yo seguí, con la lengua esta vez, con un beso suave en tu clítoris, que estaba hinchado, caliente, como un fruto que solo esperaba que lo recogieran. Y vos te arqueaste, y vos me agarraste del pelo, no para tirar, sino para guiar, como si yo fuera un barco que ya sabía a dónde tenía que llegar.

—Quiero que entres —me dijiste, y vos me tomaste el pene con una sola mano, y vos me ayudaste a entrar, y vos te abrís con una lentitud que me hizo temblar, como si cada centímetro fuera una decisión, como si cada movimiento fuera un juramento.

Y vos me decís, mientras yo entraba en vos, que sos consciente de todo, que sentís cada pulso, cada latido, cada pedacito de mí que se mete en vos. Y vos cerraste los ojos, y vos me dijiste: —Más… más adentro… Y yo no me contenía más. Empecé a moverme, despacio, como vos me pediste, y vos me decís, con voz rota: —Sí, así… no pare… decime tu nombre cuando vengas. Y yo te dije que sí, y vos me sonreíste, y vos me besaste, y vos me dijiste: —Sos mi primer hombre en años, y el único que me hizo sentir que no estoy sola.

Y vos te viniste antes que yo, con un grito contenido, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en mis hombros, y vos dijiste: —Estoy aquí… estoy aquí… Y yo te seguí, y vos me agarraste fuerte, y vos me decís que no te sueltes, que no me aparte, y yo no me aparté. Yo me dejé llevar, y vos me llevaste con vos, y vos me mostraste lo que no sabías que tenías, y yo te mostré lo que yo tampoco sabía que tenía.

Después, cuando todo se calmó, vos te recostaste a mi lado, con mi brazo sobre tu cintura, y vos dijiste: —¿Volvemos a hacerlo? Y yo te dije que sí, y vos me besaste otra vez, y vos me dijiste: —Porque esto no se acabó. Esto apenas empieza. Y vos me miraste, y vos me decís: —Sos el único que me hizo sentir que no estoy sola. Y yo te dije: —Y vos sos la única que me hizo sentir que no soy nadie sin vos.

Y vos te reíste, y vos me diste un beso en la frente, y vos me dijiste: —Hoy no nos vamos a dormir temprano. Y vos me agarraste la mano, y vos la pusiste sobre tu pecho, y vos me dijiste: —Escuchá. Es el corazón de tu mujer. Y yo escuché, y vos me dijiste: —Y mañana, cuando la luz se vuelva a ir, vamos a hacerlo otra vez.

Y vos te dormiste ahí, con mi mano sobre tu pecho, y yo no me moví, porque no quería romper ese momento. Porque sabía que eso, lo que habíamos hecho, no era casualidad. Era destino. Era una luz que se apagó para que viéramos mejor.

Y vos seguís durmiendo, y yo te miro, y vos me decís, dormida: —Sos mi único lugar seguro. Y yo te digo: —Y vos sos el mío.

Y así estuvimos hasta que el sol volvió a salir, y vos te despertaste, y vos me besaste, y vos me dijiste: —Hoy no te voy a dejar que cocines. Y yo te dije: —Bien. Porque hoy voy a querer que me des de comer… con la boca. Y vos te reíste, y vos me dijiste: —Sos un peligro. Y yo te dije: —Y vos sos la única que me deja serlo.

Y vos me abrazaste, y vos me dijiste: —Porque vos sos el único que me deja ser yo.

Y así fue. Esa noche, cuando la luz se fue, nos encontramos. Y nunca más volvimos a necesitar la luz.

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Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.

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