El juego del triple espejo

El juego del triple espejo

@natalia_fuego ·6 de julio de 2026 · 🔥 4.7 (15) · 340 lecturas · 4 min de lectura

Vos tenés que saber que todo empezó con una mirada larga, casi una desviación de ojos entre el vino y el silencio. Yo, con mi falda ajustada y las uñas pintadas de un rojo que parecía sangre fresca, sentada en el sofá de cuero del departamento de Lucía —una casa moderna, llena de luz y espejos que no perdonaban nada— mientras ella reía con Matías, su nuevo novio. Él, alto, de hombros anchos y manos grandes, con una sonrisa que sabía a promesa y a trampa. Yo ya lo había notado antes: cuando sus ojos se clavaban en mí, no era de amistad. Era otra cosa. Un calor lento que se arrastraba por la piel.

—¿Te parece bien si te tomo prestado un vaso? —le dije, acercándome mientras él servía el último trago de Malbec. Me pasé la lengua por los labios cuando rozó mi antebrazo con la botella. Ella no dijo nada. Solo me miró, con los ojos entrecerrados, como si ya supiera lo que venía.

El vino subió rápido. Y con él, la tensión. Matías se sentó a mi lado, no al lado de ella. Y cuando Lucía se levantó para poner música —una canción lenta, con bajo profundo y voces que parecían susurros en la oscuridad—, su falda corta se movió como una promesa abierta. Me acordé de cómo, hace un par de horas, ella me había dicho: *“Hoy no hay reglas. Solo ganas.”*

Y yo, vos sabés lo que dije: *“Entonces que empiece el juego.”*

Fue ella quien se sentó entre nosotros. No hubo tregua. Se volteó, apoyó una pierna sobre el sofá, y con una mano se desabrochó el top. No rápido, no urgente. Con calma, como si ya lo hubiera soñado cien veces. Sus pechos, redondos y firmes, salieron al aire, con pezones oscuros y duros. Matías no se movió. Solo la miró, con los ojos oscuros, y le acarició una cadera con la palma. Entonces me tomó de la muñeca y me tiró hacia atrás, sobre su regazo. Yo no resistí. Me dejé caer, con la cara contra su pecho, respirando su olor a sal y tabaco.

—Cogeme primero, Matías —le pidió Lucía, sin mirarme—. Quiero sentir cómo te hinches dentro mía mientras ella te ve.

Él se levantó, me sacó del medio con suavidad, y la jaló hacia el piso, donde había una manta. Yo los seguí. Me acosté de costado, con la mano apoyada en la barbilla, y los vi. Él se quitó la camisa, los pantalones, y quedó desnudo: pene grueso, erecto, con la cabeza roja y húmeda. Ella se puso de cuatro, con las manos en el suelo, la espalda arqueada, el culo en alto, la concha ya brillante de humedad. Él se le acercó por detrás, le separó las nalgas con las manos, y se metió dentro con un movimiento suave. Ella soltó un quejido largo, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.

—Mirá cómo la garcha —me dijo ella, volteando la cabeza, con la cara sudada, los labios entreabiertos—. Mirá cómo le entra. No tenés que esperar. Vamos a compartirnos.

Y vos sabés qué hice. Me levanté, me acerqué a él, le tomé la polla con las dos manos, la sentí caliente, viva, y la froté contra mis muslos, contra mi concha ya mojada. Él me miró, me guiñó un ojo, y me susurró: *“Quiero verte cuando te toco.”* Entonces me separé, me senté en el suelo, entre sus piernas, y le desabroché la camisa que aún llevaba puesta —una blusa blanca que yo misma le había prestado antes— y le acaricié el pecho, el estómago, bajando despacio hasta sus testículos, apretándolos con suavidad. Él jadeó. Ella se movió, subiendo y bajando con lentitud, como si estuviera saboreando cada centímetro de su pene.

—Ya no te aguanto más —dijo Lucía, con voz rota.

—Entonces vení —le dije—. Sentate sobre mi cara.

Ella lo hizo sin dudar. Se puso en cuclillas, me alzó la cara con una mano, y bajó su culo sobre mis labios. La lengua la sentí antes que la boca: su concha ya estaba abierta, húmeda, con el clítoris hinchado y brillante. La lamí con fuerza, la chupé, la devoré. Ella gritó. Matías, detrás, se movió más fuerte, las caderas golpeando contra las suyas, los gemidos saliendo como gritos ahogados.

Y cuando ella vino, con un grito que rompió el aire, yo sentí su espasmo contra mi lengua, y él vino justo después, con un jadeo profundo, llenándola de leche caliente.

No hubo vergüenza. Solo calor. Solo piel. Solo el sabor de ella en mi boca y el olor a sexo en el aire.

Después nos quedamos allí, los tres juntos, en el suelo, abrazados, sin hablar. Solo respirando. Solo viviendo.

También en: LésbicoOralAnal

¿Qué tanto te calentó?

4.7 · 15 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@natalia_fuego

Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.

También en Orgías

Más de @natalia_fuego

Ver autor →