Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la vecina
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La casa de la señora Guadalupe, en la esquina de Insurgentes y Córdoba, brillaba como un faro en la noche de verano. Luces colgadas en el jardín, música de mariachi suave saliendo por las ventanas abiertas, y el olor a carnitas y mole recién hecho flotando en el aire. No era una fiesta cualquiera: cumplía sesenta años, y había decidido celebrarlos con lo suyo: mucha comida, mucha risa y, sobre todo, mucha vida.
Eduardo bajó del coche, ajustándose la camisa blanca, y se detuvo un momento a observar la escena. Ya conocía a la vecina desde hacía años, aunque nunca habían cruzado más que saludos en el pasillo o comentarios sobre el ruido de la lavadora. Ella era de esas mujeres que se mueven con cierta gravedad, como si el mundo pesara menos sobre sus hombros que sobre los de los demás. Alta, de caderas anchas, piel morena suave y cabello cano recogido en un nudo apretado, siempre con ese gesto de quien ha visto mucho y se ha guardado lo esencial para sí.
—¡Edu! ¿En serio te atreviste a venir con esa camisa? —le dijo Miguel, su mejor amigo, cuando lo vio acercarse—. Parece que te prestó el traje tu papá.
—Y me lo regaló en vida —respondió Eduardo, sonriendo—. Además, ¿quién va a estar fijándose en la ropa a esta edad?
—Tú, si la señora Guadalupe te ve.
Eduardo se limitó a asentir. Porque sí, había pensado en eso. No de forma intensa, ni con ansiedad, pero sí con esa curiosidad que nace cuando alguien te mira como si aún fueras capaz de algo que tú ya habías olvidado.
Dentro, la fiesta era bulliciosa. Niños corriendo con globos, ancianos sentados alrededor de una mesa con copas de vino y cacahuates, jóvenes bailando al ritmo de un cumbion. Y ella, al centro, con un vestido de seda color miel, los brazos alzados mientras cantaba *Cielito lindo* con los ojos cerrados, como si rezara.
—¡Eduardo! —la voz de Guadalupe lo sacó de su ensimismamiento—. ¿Vienes o vienes de paseo?
Él se acercó, sonriendo. Tenía una copa en la mano, y ella le tendió la otra.
—Fue un regalo de tu esposo, ¿no? —le preguntó ella, bajando la voz como si compartieran un secreto.
—Sí, antes de que se fuera de viaje. Dijo que me lo llevara si venía a verte.
—Ah, sí —rió, una risa profunda, casi gutural—. Ya no le importa si vine o no vine. Solo le importa que no le deje de pagar la pensión.
Eduardo bebió un trago. El vino era seco, bueno, de los que se guardan para ocasiones así.
—¿Tú qué haces aquí, con tantos jóvenes? —preguntó ella, mirando el patio, donde un grupo de veinteañeros jugaba a los bolos con botellas de cerveza vacías.
—Miguel me trajo. Dijo que necesitaba “respirar aire de adultos”.
—Pobrecito —murmuró Guadalupe, pero con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Y tú, ¿te acuerdas de cuando solíamos vernos en la cocina, cuando él estaba fuera?
Eduardo parpadeó. No recordaba eso. Al menos, no así.
—¿En serio? —preguntó, bajando la voz ahora él.
—Claro que sí. Tú traías pastelitos, yo te servía café. Y siempre hablábamos de todo menos de lo que queríamos hablar.
—¿Y qué queríamos hablar?
Ella se acercó un poco más, y el perfume que llevaba —jazmín y tabaco frío— le golpeó la nariz como un latigazo suave.
—Eso lo descubrimos la última vez que estuvimos solos.
—¿La última vez? —Eduardo sintió el pulso en las sienes.
—Hace tres años. Cuando se cayó la estatua de San Judas Tadeo del estante y se rompió la cabeza. Tú viniste a arreglarla, yo te dejé las herramientas en la cocina… y luego nos quedamos callados, como siempre. Pero esta vez, no me fui primera.
—¿No? —dijo él, la voz ya más grave.
—No. Me di cuenta de que ya no me daba miedo.
Y entonces, como si algo en el aire se hubiera tenso, como si la música se hubiera hecho más lejana, ella le palmeó el brazo y le susurró:
—Si quieres, después de que se vayan los niños, subimos al cuarto de huéspedes. No es grande, pero tiene cama y puerta con llave.
Eduardo no respondió de inmediato. Se limitó a mirarla, a ver cómo sus ojos, ya no tenían el brillo de la diversión, sino algo más oscuro, más húmedo.
—¿Y si alguien nos ve? —preguntó.
—¿Y si no nos vemos? —respondió ella, y se alejó, dando una vuelta por el jardín como si no le importara, pero sabiendo que lo hacía.
La fiesta siguió hasta pasadas las once. Los niños se fueron con sus madres, los viejos con sus bastones y promesas de “ya me voy, pero mañana vuelvo”. Los jóvenes, cansados ya del cumbión, se dispersaron en grupos de a dos o tres, murmurando planes para más adelante.
Eduardo se quedó hasta el final, ayudando a recoger vasos, limpiando migas del suelo, riéndose con Miguel de una anécdota que nadie más recordaba.
—¿Te vas ya? —le preguntó Guadalupe cuando lo vio colgar la última servilleta en el gancho de la puerta.
—Sí —mintió—. Tengo que madrugar mañana.
Ella asintió, pero no se movió. Se quedó ahí, con las manos en las caderas, los pies descalzos, y el vestido pegado a su cuerpo como si lo hubiera cosido ella misma para esta noche.
—¿Tienes llave? —le preguntó.
—No.
—Ni yo. Pero hay una debajo del macetero del jardín. La usa mi nuera, pero hoy no vino.
Eduardo no dijo nada. Solo asintió, y ella le mostró con la barbilla hacia la puerta trasera.
—Yo subo primero. Si te da miedo, no vengas. Pero si no vas, mañana me arrepentiré.
—¿Y si me arrepiento yo? —preguntó él.
—Entonces mañana te arrepentirás dos veces.
La puerta se cerró con un chasquido suave. Eduardo caminó hasta el jardín, quitó el macetero de plástico verde y encontró la llave fría entre las raíces de una suculenta. Subió las escaleras de madera con paso ligero, el corazón en la garganta, pero sin correr.
La habitación de huéspedes olía a lavanda y polvo. La cama estaba hecha, las sábanas blancas, la almohada con una arruga central como si alguien hubiera dormido ahí hace poco. Guadalupe ya estaba dentro. Se había quitado el vestido y lo había dejado colgado en la silla. Sólo llevaba una blusa blanca, sin sujetador, y una falda corta, ajustada, que le dejaba ver las piernas, firmes, peladas, con un vello oscuro que brillaba bajo la luz del velador.
—¿Viste? —le dijo, sin girarse—. Ya no me da miedo.
Él cerró la puerta, se acercó despacio, y puso las manos en sus caderas. Ella se estremeció, pero no se apartó.
—¿Me dejas? —preguntó él.
—¿Tú me quieres? —respondió ella.
—Sí.
—Entonces, sí.
Eduardo le quitó la blusa con cuidado, como si fuera una tela de seda que podría romperse con un movimiento brusco. Bajo ella, sus pechos eran grandes, caídos un poco, pero firmes, de un color oscuro que contrastaba con la piel morena. Los tocó con las palmas, sintiendo su peso, su calor. Ella suspiró, inclinó la cabeza hacia atrás, y dejó que sus labios se encontraran.
El beso no fue intenso, ni rápido. Fue lento, húmedo, como si llevaran años practicándolo. Ella le mordió el labio inferior, le pasó la lengua por los dientes, y cuando él intentó hundirle la mano en la falda, ella lo detuvo con una palmada suave en la muñeca.
—No —susurró—. No así.
Lo miró, con los ojos semicerrados, y le señaló la cama.
—Sientate.
Él lo hizo. Ella se arrodilló frente a él, le desabrochó los pantalones con lentitud, y sacó su verga, ya tiesa, ya brillante con el precelo.
—¿Te gusta que te vea? —le preguntó.
—Sí —dijo él, la voz rota.
—Entonces, no te muevas.
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