La noche que descubrí el poder de los guantes de látex
7 minLa noche que descubrí el poder de los guantes de látex
Nunca imaginé que un par de guantes de látex negros cambiarían mi vida. Los compré por accidente, en una tienda de curiosidades barata del centro, entre velas aromáticas y libros de cartas de la suerte. Estaban en una caja de plástico transparente, junto a un par de vendas de seda y un anillo de silicona que parecía una joya de laboratorio. Me detuve porque el vendedor —un hombre con barba de tres días y ojos cansados— me miró raro cuando pasé frente al mostrador. Tal vez por mi cara de tipo normalito, de treinta y tantos años, que no parecía buscar ese tipo de cosas. Pero cuando lo vi, sentí un calor súbito en la nuca, como si algo en mi cuerpo me avisara: *esto es tuyo*.
Lo compré sin pensarlo dos veces. No porque tuviera planes, sino porque el látex brillaba bajo las luces fluorescentes, y me pareció verlo en mis manos, ajustado, estirado, como una segunda piel que me daría poder. No sabía aún que tenía razón.
Dos semanas después, una lluvia fina y persistente cayó sobre la ciudad. Yo estaba en casa, solo, con una botella de tequila barato y la canción de *Hotel California* sonando en el fondo. El teléfono vibró en la mesa de luz. Era Lina. Me escribió: *¿Te importa si paso? No tengo ganas de estar sola.*
Lina era la vecina del depto del piso de arriba. Una mujer de treinta y cinco años, morena, con pechos pequeños pero firmes y una sonrisa que nunca llegaba hasta los ojos. Nos habíamos saludado un par de veces en el ascensor, habíamos compartido un par de cervezas en la terraza del edificio cuando alguien traía música. Nada más. Pero esa noche, cuando abrí la puerta, vi que no llevaba maquillaje, que los ojos le temblaban un poco y que el cabello mojado le pegaba a las sienes.
—¿Te importa? —repitió, entrando sin esperar respuesta.
La dejé pasar. Cerré la puerta con cuidado, como si temiera que el mundo entrara y arruinara lo que ya se avecinaba.
—Está lloviendo como para mojar un entierro —dije, y ella rió, un ruido seco y corto, como un disparo lejano.
Me senté en el sofá. Ella se quitó el abrigo mojado y lo dejó sobre una silla. Llevaba una falda negra ajustada, una camisa blanca sin sujetador y botines de tacón bajo. No dijo nada más. Se sentó a mi lado, cruzó las piernas, y me miró. Sus ojos no eran de quien busca consuelo. Eran de quien sabe exactamente lo que quiere.
—¿Tienes algo más fuerte? —preguntó.
Le serví un dedo de tequila en un vaso pequeño. Se lo tomó de un trago, se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró fijo.
—¿Por qué viniste?
—Porque tú me miras cuando no crees que lo hago.
Me costó respirar. Porque era cierto. La había observado muchas veces: cómo se inclinaba para recoger algo, cómo se quitaba el polvo de los hombros, cómo se mordía el labio cuando pensaba. Pero jamás le había hablado de eso. Jamás había querido romper esa distancia silenciosa.
—¿Y qué quieres? —pregunté, y mi voz sonó más grave de lo normal.
Ella no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta la ventana, se detuvo frente al cristal empañado por la lluvia, y se pasó la mano por la nuca. Luego, lentamente, se volvió hacia mí y dijo:
—Quiero que me toques como nunca me han tocado.
No hubo duda. No hubo titubeo. Me levanté, caminé hacia la habitación y saqué la caja del látex. Se la mostré. Ella la tomó, la abrió, sacó un guante y lo sostuvo entre los dedos, mirándolo como si fuera una llave de oro.
—¿Te gustan? —pregunté.
—Me encantan —dijo, y por primera vez, su sonrisa llegó hasta los ojos.
Me senté en la cama. Ella me siguió. Se quitó la camisa, la falda, y se quedó con el sujetador de encaje negro y las medias de red. No era una mujer que se desvistiera para impresionar. Lo hacía como quien se despoja de una armadura.
—Ponme el guante —dijo.
Me tomó una mano. Me puso el guante en la derecha. El látex se ajustó con un susurro, pegándose a mi piel, estirándose como si me hubiera nacido encima. Sentí un cosquilleo eléctrico, una descarga que me subió por el brazo hasta la entrepierna.
—Ahora… ponme el otro —dijo, y se giró, se arrodilló frente a mí, y me extendió la mano izquierda.
Lo hice. Con calma. Cada dedo, cada pliegue, hasta que mis dos manos estuvieron envueltas en ese cuero brillante, frío al tacto pero que dentro de poco se calentaría con el calor de su piel.
—Toca mi pecho —susurró.
Puse una mano sobre su pecho izquierdo. El látex rozó el encaje de su sujetador. Aplicó presión. Ella jadeó. No era un jadeo de simulación. Era un sonido honesto, crudo, de quien ha estado callando demasiado.
—Sí… así… con fuerza.
Apriételo. Sentí su pezón endurecerse bajo el tejido. Con la otra mano, bajé la cremallera de su falda —aunque ya estaba abierta— y deslicé los dedos por dentro de sus muslos. Subí hasta el elástico de sus medias. Las tiré con un gesto seco. Ella no paró de mirarme.
—Ahora… quiero sentirte en mi boca.
Se puso de pie. Me desabrochó el pantalón. Lo bajé con los pies. Mi pene salió rígido, pesado, la punta ya humedecida por el preseminal. Ella lo miró sin rubor, sin vergüenza. Solo con deseo. Me tomó con la mano libre —la que no llevaba guante— y me guió hacia su cara.
—Abre la boca.
Ella lo hizo. Profundo. La lengua afuera. Lo tomé con delicadeza, pero con firmeza, y empecé a moverme. No rápido. No como quien se rinde al primer impulso. Como quien sabe que el placer es un camino, no un destino.
Ella me chupó con una técnica que no sabía que tenía. Con la boca húmeda, con la lengua rozando la vena dorsal, con los labios estirados hasta el límite. Sus ojos estaban cerrados. Sus dedos se hundían en mis muslos. Sentí que me acercaba al borde.
—¿Quieres que me salga en la boca? —le pregunté, con la voz rota.
Ella asintió. Abrió los ojos. Me miró fijo.
—Sí. Quiero sentirlo todo.
Y cuando el primer chorro salió, lo hizo con fuerza. Caliente, espeso, con un sabor salado y amargo que solo el deseo extremo puede producir. Ella lo tragó todo, sin rechazo, sin forzarse. Incluso me sonrió cuando terminé, con la boca llena de mi semilla.
—Ahora… tú quieres algo más.
Se levantó, se quitó el sujetador, y se puso de rodillas frente a mí. Me apartó el pelo de la frente con la palma del guante. Luego, con la otra mano, separó sus propios labios vulvares. La visión me cortó la respiración: su vagina estaba húmeda, brillante, los peques labios oscuros y hinchados, el clítoris como una perla escondida.
—Toca —dijo—. Quiero que me toques como si fueras un dios.
Bajé la mano con el guante. Primero rozó el clítoris. Ella gimió, arqueó la espalda. Volví a tocar, esta vez con presión, con rotación lenta. Sentí su cuerpo temblar. Entonces, deslicé un dedo —el del medio— entre sus labios, hacia adentro. Estaba caliente. Apretada. Me abrió las piernas más y me dio espacio para meter el segundo dedo.
—Sí… más profundo —murmuró.
La penetré con los dos dedos, con el guante, mientras con la otra mano seguí frotando su clítoris. Ella jadeaba, sus dedos se aferraban a mis muslos, sus caderas se movían al ritmo de mis dedos. Su respiración se volvió entrecortada. Su mirada se nubló. Y entonces, sin previo aviso, su cuerpo se estremeció como un temblor de tierra. Un gemido largo, agudo, desgarrado, que salió de lo más hondo de su garganta.
—¡Sí! ¡Ahora! —gritó.
Le solté el clítoris. Subí la mano. La puse sobre su vientre. La presioné hacia abajo, sobre mi mano, sobre mis dedos que aún estaban dentro de ella. Y la sentí estrecharse, convulsionar, contraerse como un puño alrededor de mi mano cubierta de látex.
—Estás tan hermosa… —le dije, y sentí que yo también me venía otra vez, solo con ver
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.