Lo que pasó en la terraza de doña Pili

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

Yo siempre he sido un hombre ordenado. Cincuenta y ocho años, canas bien peinadas, camisas almidonadas, reloj de pulsera que ni se le ocurre adelantarse. Vivo en el barrio La Floresta desde que nací —bueno, desde que mis papás me trajeron de la clínica, que fue donde nací, por si le interesa el pedigree—. Mi casa, modesta pero limpia, con cortinas de encaje que doña Pili decía que parecían “pura plata vieja”. Y doña Pili, claro… ella vivía dos casas más abajo, en la misma cuadra, en una casa de paredes amarillentas y toldo rojo, con un perrito llamado Pancho que, a decir verdad, me miraba raro cada vez que pasaba.

Doña Pili no era tan vieja. Cuarenta y cinco, me dijo una vez, riéndose como si eso fuera un secreto. Se llamaba Pilar, pero en el barrio solo la llamaban Pili, y si decía “¡Ahí viene la Pili!”, todos sabíamos que era la que llevaba el delantal de algodón, los brazos desnudos y una sonrisa que no decía mucho pero hacía mucho. Viuda desde los cuarenta, me enteré después, cuando un día me ayudó a cargar el balde de ropa sucia cuando se me cayó en la escalera. Me dijo, sin vergüenza ni tono de lástima: “Mire que a veces el agua pesa más que la vida misma, amigo Marco.” Y yo, que no sabía qué decirle, solo le sonreí y le devolví el balde. Pero no olvidé sus manos: anchas, con venas azules como hilos de tinta sobre papel viejo, y uñas bien cortadas, sin esmalte, pero limpias como monedas nuevas.

Era jueves, día de lavar. El sol ya se había postrado, pero el calor no se rendía. Hacía ese calor de mediodía que se queda hasta altas de la noche. Yo estaba en la terraza, colgando la ropa, con la camiseta mojada de sudor en la espalda, y entonces la vi: a Pili, parada en su propia terraza, que daba de frente a la mía. Llevaba una blusa blanca, bien abotonada arriba pero con los botones de abajo deshechos, dejando ver una tira de piel morena y brillante. Y una falda corta, ajustada, que le marcaba el culo como si lo hubiera moldeado a fuego.

—¿Se puede saber si va a colgar esa camisa o se va a secar ahí mismo? —me dijo, con una sonrisa que no iba dirigida a la ropa.

Yo me limpié la frente con la manga.

—Señora Pili, con todo respeto, esa camisa ya se secó hace rato. Pero si me la devuelve, la vuelvo a tender.

Ella se rio, una risa baja, como si le hubiera dicho algo que a nadie más le había dicho en años. Se pasó una mano por el pelo, que tenía recogido en un nudo deshecho, y se acercó un poco más al borde de la terraza. Tenía los pies descalzos, con uñas también sin esmalte, pero bien cuidadas. Una uña tenía una grieta, pequeña, casi imperceptible, y me llamó la atención más que cualquier joya.

—Usted siempre tan formal, Marco —dijo, y me llamó por mi nombre, sin “don”, sin “señor”, como si fuera algo que se había guardado para probar—. ¿Y si hoy no la colgamos? ¿Y si la dejamos que se seque al aire, como las hojas de los árboles?

—¿En serio? —respondí, y sentí el pito empezar a endurecerse contra el pantalón, sin pedir permiso, como si supiera que algo se estaba cociendo.

—Sí, en serio —dijo, y se inclinó un poco, y por un segundo, el sol le dio de frente y se le vio el pecho subir y bajar más rápido. Yo no bajé la vista. No quería darle la satisfacción. Pero sentí la boca seca, como si me hubiera tragado arena.

Bajó las escaleras de su casa —eran de concreto, expuestas, con un escalón agrietado—, y subió las mías con lentitud. No me miraba directo. Me rozaba la mirada, como si le diera miedo que la mirada se le fuera a desbocar y la traicionara. Se detuvo a dos metros. Huele a jabón de bañera, a manzanilla, a algo dulce que no alcanzaba a identificar.

—¿Se acuerda de cuando nos mudamos? —me preguntó, y su voz ya no era la de siempre. Era más baja, más gruesa, como si le hubieran quitado una capa de cera.

—Sí. Hacía frío. Usted trajo un pastelito de yuca.

—Y usted me regaló una maceta de geranios —dijo, y se acercó un paso más—. Los dejé en la terraza. Ya no florecen.

—Es que la tierra aquí no los quiere —mentí, pero mi corazón sí los quería.

Ella se detuvo. Me miró de hito. Me miró los ojos, la boca, el cuello, y luego, lentamente, bajó la vista hasta mi entrepierna. No se ruborizó. Solo se mordió el labio inferior, un poco, como si estuviera probando el sabor del aire.

—Usted tiene suerte —dijo—. Aún le tiembla la mano cuando lo veo.

Yo no dije nada. Me pasé la lengua por los labios. Me di cuenta de que tenía el pito duro, apretado, como si estuviera en una mano invisible que lo apretaba con ternura.

—¿Y si subimos? —dijo ella—. A tomar una limonada. Fría. Con hielo. Y una cucharada de ron. —Y me miró, y en sus ojos no había petición. Había certeza.

Subimos. Ella me adelantó. En la puerta de su casa, se volteó, me miró de pies a cabeza, y dijo:

—Venga, hombre. Ya no hay tiempo para tanta formalidad.

Entramos. La casa olía a café recién hecho, a aceite de oliva y a algo más: a piel sudada, a deseo antiguo que se había estado guardando en un cajón, bajo ropa vieja y papeles amarillos. Ella fue directo a la cocina, abrió la nevera, sacó una botella de ron, dos vasos, una limonada que había preparado esa tarde. Me sentó en una silla de madera, con el respaldo alto, y se puso frente a mí, con las piernas cruzadas, como si estuviéramos en una tertulia.

—Usted es un hombre bien —dijo, y me pasó un vaso—. Pero hoy no es día de ser bien. Hoy es día de ser hombre.

Bebí. El ron quemaba, pero bien, como si me entrara por la garganta y me llevara directo al pito. Me puse de pie. Ella no se movió. Solo me miró, y cuando me incliné sobre ella, mis manos encontraron sus muslos, fuertes, firmes, cubiertos por una fina capa de tela que parecía querer rendirse. Ella no dijo nada. Solo abrió un poco más las piernas, como si me estuviera ofreciendo un mapa, y yo, sin prisa, con lentitud de quién sabe que ya no tiene mucho tiempo para perder, le subí la falda.

No llevaba bragas.

Su pelo púbico era oscuro, bien recortado, pero no afeitado, como le gustaba a ella. Sentí el calor de su piel allí, como si me quemara su presencia. Le pasé los dedos por el borde del culo, y ella soltó un suspiro, bajo, como si lo hubiera guardado desde hace años. Me incliné y le besé el cuello. Luego la oreja. Luego el hombro. Y cuando le mordí un poco la clavícula, ella susurró:

—¡Ay, Marco…! ¡Qué rico!

Le desabroché la blusa. No la quité. Solo la abrí, y dejó al descubierto dos pechos redondos, firmes, con pezones oscuros, como granos de café tostado. Se los vi subir y bajar con la respiración. Me incliné y le chupé uno. Ella se arqueó. Me agarró de la nuca, con fuerza, como si me estuviera pidiendo que no parara, pero también como si me estuviera diciendo que se lo daba todo.

—Dime qué quieres —le dije.

—Tu pito —dijo, sin vacilar—. Quiero sentirlo dentro de mí. Quiero que me lo mames como cuando éramos jóvenes y el mundo nos lo daba todo.

Y entonces me agarró de la cintura del pantalón, me lo bajó con un movimiento seco, y allí estaba: duro, grande, palpitando, como si me hubiera estado esperando toda la vida. Ella lo miró, lo tocó con la palma, y dijo:

—Mira qué bien te pone esto. ¿A que sí?

Yo no dije nada. Solo la tomé de la mano, la acerqué a mí, y la puse sobre mi pito, apretando contra su vientre. Ella gimió, un sonido gutural, que me hizo temblar las rodillas. Me aparté un momento, le bajó la falda hasta las rodillas, y la senté en la mesa de la cocina, que era de madera, fría contra su espalda. Le abrió las piernas con las mías

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