La primera vez que me cogí a mi vecina mientras su marido estaba en el baño
4 minLa primera vez que me cogí a mi vecina mientras su marido estaba en el baño
Yo vivía en el cuarto piso de ese viejo edificio de La Condesa, con paredes delgadas como papel de fumar y vecinos que no tenían ni idea de lo que se decía en las noches. Ella se mudó hace dos meses: Maya, alta, piel morena clara, caderas anchas que se notaban aunque llevaba pantalones anchos, y una risa que se colaba por las rendijas de la pared del pasillo. Nunca habíamos cruzado más de dos frases —«buenos días», «¿te pasaste de la basura?», «gracias por bajar el volumen»—, pero cada vez que la veía caminar hacia su puerta, con ese paso pausado que le hacía mover las caderas como si bailara sola, sentía un cosquilleo en la entrepierna que no se iba.
Todo cambió la noche del viernes pasado. Estaba en mi sofá, con una cerveza fría y una peli que no veía, cuando oí su risa, más cerca de lo normal. Me acerqué al hueco del comedor, donde la pared no llegaba al techo, y asomé la oreja. Ella y su marido, Carlos, estaban en su apartamento, a menos de tres metros de mí, hablando en voz baja, pero suficientemente alta como para que yo oyera cada palabra.
—¿Te acuerdas de aquella vez en Acapulco? —decía ella, con una ternura que sonaba a humedad.
—Claro que me acuerdo —respondió él, y después, un sonido seco: el *click* de su cinturón.
Me puse de cuclillas, sin respirar.
—Pero hoy no me apetece hacerlo en la cama —susurró Maya.
Carlos se rió, un poco borracho. —Entonces, ¿dónde?
—Aquí. En el sofá. Mientras tú me miras.
Oí el roce de tela, el susurro de una cremallera bajando. Me acerqué más, hasta que mi nariz rozó el borde del hueco. Ella estaba sentada en el borde del sofá, con la falda subida hasta las muslos, los calcetines aún puestos. Carlos, de pie frente a ella, le quitaba la braga con lentitud, mirándola como si fuera el primer acto de una misa sagrada. Ella se apartó un poco el pelo de la nuca, cruzó las piernas, y se pasó la lengua por los labios.
—¿Te gusta cómo me veo? —le preguntó, ya con la falda en los tobillos.
—Mucho —dijo él, y se arrodilló.
Yo no me moví. No pude. Lo vi hundir la cara entre sus muslos, absorbiéndole el olor, lamiéndole el clítoris con una ternura que daba miedo. Maya cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, y soltó un gemido bajo, ahogado, que vibró en mis propios nervios.
Entonces, Carlos se levantó. Desabrochó su propio pantalón. Sacó su polla, gruesa, ya dura, con el glande oscuro y brillante. Le pidió a Maya que se sentara delante, boca abierta, y que se lo metiera. Ella lo hizo sin dudar, abriendo la boca, estirando el cuello, y cuando él la empujó hacia dentro, ella jadeó, pero no se apartó.
Me estaba follando los ojos. Y ella lo sabía.
Porque justo en ese momento, Maya giró la cabeza, me miró por encima del hombro, a través del hueco de la pared, y me sonrió. No fue un gesto de miedo, ni de vergüenza. Fue una sonrisa de fuego, lenta, sabiéndose vista, queriendo que la viera. Que la *sintiera*.
Carlos se movió con más fuerza, y ella soltó un grito ahogado, pero sus ojos no se apartaron de los míos. Yo me di cuenta de que tenía la mano dentro del pantalón, apretando mi polla, imaginando que era yo quien la estaba cogiendo, quien le hundía su lengua en la boca, quien la sujetaba por las caderas y le decía «sí, así, Maya, dame todo».
Carlos se corrió con un gruñido, y ella lo dejó salir, con los ojos cerrados, los labios húmedos y brillantes.
Carlos se levantó, se puso el pantalón, y fue al baño.
Maya se quedó sentada, un minuto, dos. Luego, se levantó con lentitud, recogió la falda, y me miró una última vez. Se acercó al hueco, hasta quedar a menos de treinta centímetros de mí. Me dijo, apenas aliento:
—¿Quieres venir a mi casa?
Asentí. No dije nada. No hacía falta.
Y cuando cruzó el pasillo, con la falda aún en los tobillos, yo ya tenía la llave en la mano.
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