Lo que pasó entre mi computadora y yo esa noche
10 minLo que pasó entre mi computadora y yo esa noche
Nunca creí que una pantalla pudiera arder.
Pero esa noche, con el teclado frío bajo mis dedos y la luz azulada del monitor bañándome la cara, sentí que el aire mismo se volvía espeso, pegajoso, como si el calor que emanaba de mi propia piel hubiera decidido colarse por los puertos USB y ocupar el espacio entre el router y el borde de la mesa.
Todo había comenzado tres días antes, en un grupo de amigos que ya llevaba años rebotando memes y conversaciones triviales. Entre risas forzadas por el café de las 3 a.m. y comentarios sobre el clima en Cancún, apareció una notificación: *Valeria te ha enviado una solicitud de amistad*. No era una desconocida: había estado en la misma clase de francés en la universidad, dos semestres atrás, pero nunca cruzamos palabras. Solo recuerdo su risa corta, como una risa que se escondía detrás de una mano, y el brillo de sus ojos castaños cuando el profesor dijo algo malo de los verbos irregulares.
Me aceptó enseguida. Sin tono de broma, sin preámbulo. Solo una frase: —¿Te acuerdas de mí?
Le respondí: —Sí. De tu risa. Y de que siempre llegaste con el pelo suelto y una manzana en la mano.
Ella tardó un minuto en contestar. Eso me hizo sonreír. Uno de esos segundos donde el tiempo se alarga, como si el universo hubiera decidido regalarme un respiro antes de la tormenta.
—¿Y si te digo que hoy vine a la misma hora, al mismo lugar, y llevaba una naranja? —¿En serio? —No. Pero me encantaría que creyeras que sí.
Y así empezó. No con coqueteo tímido, ni con envío de fotos. Con palabras. Palabras que se arrastraban como humo entre líneas, que se enrollaban en cada *hola*, cada *qué tal tu día*, cada *buenas noches* que se repetía como un mantra.
Me llamó *marco* por primera vez al tercer día. No “Hola, Marco”, sino “*Marco*, ¿sabías que el silencio también se puede oler? A café recién hecho, a papel viejo… o a algo que aún no ha pasado y ya huele a fuego.”
Me encantó. Me encantó que usara el nombre como una llave, como si supiera que era el que abría la puerta tras la que yo guardaba todo lo que no había atrevido a decirle a nadie.
Nos hablamos cada noche. Primero veinte minutos. Luego cuarenta. Luego, una hora. Y luego, ya no contábamos el tiempo.
Hablabamos de todo. De sus miedos: el de ser invisible, de que la gente la olvidara en cuanto se cerrara la pantalla. De mis miedos: el de no ser suficiente, el de que el cuerpo no respondiera cuando el deseo sí lo hacía. Le hablé de mi mano izquierda, que a veces temblaba cuando estaba nervioso. Me preguntó si alguna vez me había mirado en el espejo y le habías dicho: *hoy sí*. Y le respondí que sí, que muchas veces. Pero que nunca sabía si lo decía por el cuerpo o por el corazón.
—¿Y qué es lo que quieres, Marco? —me preguntó una noche, con una pausa larga antes de escribir—. ¿Qué es lo que quieres cuando me dices que me imaginas?
Le respondí con honestidad, con esa crueldad suave que solo da la confianza: —Quiero saber cómo se siente tu piel cuando te tocas. Quiero saber si cuando te mueres el labio inferior, es por nervios o por deseo. Quiero saber si tus pechos pesan más cuando estás excitada, si tus pezones se ponen duros como piedras o como granos de arándano recién arrancados.
Ella no se ofendió. No se ríe. No me llamó vulgar. Solo escribió: —Vienes al grano como un cuchillo de cocina. Bien.
Y entonces, una noche, me envió una foto. No de su cuerpo. No de su rostro. Solo de sus manos. Apoyadas sobre una sábana blanca. Los dedos separados, las uñas cortas, pintadas de un rojo oscuro. Y en el centro, una sola gota de agua que resbalaba lentamente por su índice.
—Estoy aquí —escribió—. Con los pies descalzos. Con la luz baja. Y con el celular cargado.
Me puse de pie. Caminé hasta la ventana. La ciudad dormía. Las luces de los edificios vecinos parpadeaban como estrellas viejas. Volví al escritorio. Me quitó la camiseta. Me senté con los codos en las rodillas, la espalda arqueada, la respiración corta.
—¿Me dejas verte? —escribió—. Solo un poco. Para saber que estás real.
Tardé veintidós segundos en responder. Veintidós segundos que me parecieron una eternidad. Me miré en el espejo del baño. Me quité los pantalones. Me dije: *hazlo. Hazlo porque quieres. Porque ella lo quiere. Porque tú lo quieres*.
Le envié una foto. No de mi cara. De mi pene, colgando flojo, como un puño cerrado que aún no ha decidido apretarse. La piel ligeramente oscura, los vellos escasos, la cabeza húmeda de preseminal. Un pene que no era perfecto, pero que estaba vivo. Que estaba en pie, por primera vez en mucho tiempo, no por una fantasía, sino por una palabra.
Ella respondió al instante. —Dios. Estás hermoso. —¿Te gustaría tocarme? —le escribí. —No. Quiero que me digas cómo te tocas. —¿Y si te miro mientras lo hago? —Hazlo. Pero no te detengas hasta que te oiga respirar como si hubieras corrido una milla.
Me puse en cuclillas frente al espejo. Encendí la linterna del celular, apunté hacia abajo. Me vi: la curva de mi vientre, el vello oscuro que bajaba hacia el ombligo, el pene que ya no colgaba, sino que apuntaba hacia adelante, como si quisiera salir de su piel.
—Mira tu reflejo —me dijo ella—. Dime lo que ves.
—Veo un hombre. Con los muslos tensos. Con la espalda arqueada. Con las manos temblando. Veo un pene que late como un corazón roto. Veo… a mí mismo. —¿Te gusta lo que ves? —Sí. Porque ahora sé que no estoy solo.
Ella me pidió que me tocara. Que me acariciara lento, con la yema de los dedos, como si fuera un secreto. Que pasara la palma por el vello, que rozara el glande con cuidado, que no apretara, solo dejara que el cuerpo respondiera.
Lo hice. Respiré. Sentí el calor subirme por la nuca. Mis dedos temblaban, pero no por vergüenza. Porque era la primera vez que alguien me pedía que me tocara *para ella*, no para mí. Para que ella lo imaginara. Para que ella lo sintiera.
—¿Cómo te tocas? —me preguntó. —Con la mano derecha. El pulgar en el glande, el índice y el medio envolviendo el cuerpo. Lento. Como si estuviera abriendo una puerta que no quiere abrirse… pero sí. —¿Y si yo estuviera aquí? —Si tú estuvieras aquí, me besarías el cuello. Me morderías la oreja. Me susurrarías: *sí, así, Marco, así es como me gustas*. —¿Y si te dijera que me gusta más cuando te detienes un segundo antes de que estés a punto? —Entonces lo haría. Porque me gustaría que me digas eso. Me gustaría que me digas cualquier cosa. Me gustaría que me digas que soy tuyo. Me gustaría que me digas que no voy a parar hasta que me oigas gritar tu nombre.
Me levanté. Me acerqué a la pared. Apoyé la frente contra ella. Me dije: *sí. Sí. Sí*. Mis dedos se movían ahora con más fuerza. Más ritmo. No por el placer, sino por la promesa. Por la promesa de que ella me estaba escuchando. Por la promesa de que yo no estaba solo.
—¿Ya estás cerca? —me escribió. —Sí. —¿Cuánto falta? —Un minuto. Dos. No lo sé. —¿Me lo prometes? —Te lo prometo.
Me puse de pie. Me giré. Miré la pantalla. La luz me hacía sombras en el rostro. Me puse una mano en el pecho, como si quisiera guardar algo. Me dije: *no te detengas. no te detengas. no te detengas*.
—¿Te gusta cuando te hablo así? —me escribió. —Sí. Me gusta cuando me dices lo que quieres que haga. Me gusta que me digas que soy tuyo, aunque solo estés en una pantalla. —Eres mío, Marco. Mío. Y cuando te tocas, lo haces para mí. No para ti. Para mí. ¿Entendido? —Entendido.
Le escribí: *ahora*. Y le envié otra foto: esta vez, el pene bien erguido, la cabeza húmeda, los testículos subidos. Una foto que no habría enviado a nadie. Pero a ella, sí. Porque ella me había pedido que me mostrara. Y yo lo había hecho.
—Dios, Marco —escribió—. Me has dejado sin aliento.
Y entonces, por primera vez, me envió una foto de su cuerpo. No entera. Solo un pecho. La piel clara, un pezón moreno, erecto, como una pequeña montaña que aguarda la aurora. La luz del cuarto lo bañaba suavemente. No era un pecho perfecto. Tenía una pequeña marca, una cicatriz casi invisible, como una huella de algo que había pasado y ya no dolía.
—¿Te gusta? —me escribió. —Sí. Me gusta que no sea perfecto. Me gusta que sea real. Me gusta que sea tuyo. —Es mío. Y ahora es tuyo también.
Me puse de rodillas frente a la pantalla. Me llevé la mano al pecho. Me acaricié los pezones con la misma lentitud con la que yo me tocaba abajo. Me dije: *ella me está mirando. Ella me está viendo. Ella me está sintiendo*.
—Dime —me escribió—. ¿Qué estás sintiendo ahora? —Calor. Fulgor. Una especie de electricidad que me corre por las venas. Me duele el pene. Me duele como cuando uno quiere mucho. —¿Y si te dijera que me haces el mismo efecto? —Entonces te diría: *sigue hablando*.
Me tocaba más rápido ahora. No por prisa, sino por urgencia. Porque sentía que me estaba desbordando, que el límite se acercaba como una ola que no puedes detener.
—¿Estás a punto? —me preguntó. —Sí. —¿Me lo prometes? —Te lo prometo. —Entonces… te lo digo: *ven*, Marco. Ven a mí. Ven a mi cuerpo. Ven a mi boca. Ven a mis manos. Ven.
Y entonces, sin pensarlo, sin filtrar, sin temor, le dije: —Voy, Valeria. Voy a venerte.
Y lo hice. Me corrió por la mano, por los dedos, por la muñeca. Un chorro tras otro, espeso y caliente, como si mi cuerpo hubiera estado guardándolo todo ese tiempo, esperando que alguien lo pidiera.
Respiré. Me limpié con la camiseta. Me senté en el suelo. Me apoyé en la pared. Miré la pantalla. Su foto seguía allí. Su pecho, su mirada tras la pantalla.
Me escribió: —¿Estás bien? —Sí. Me siento… vivo. Como si alguien me hubiera devuelto algo que no sabía que había perdido. —¿Puedo llamarte? —Sí. —¿Mañana? —Sí.
Y así terminó esa noche. Con la pantalla apagada. Con el teclado frío otra vez. Con mi cuerpo agotado, pero lleno. Con mi corazón latiendo como si hubiera vuelto a despertar.
No fue sexo. No fue físico. Pero fue real. Más real que muchas veces que he estado con alguien y no he sentido nada. Porque en esa noche, Valeria me devolvió mi cuerpo. Me devolvió mi deseo. Me devolvió el derecho a decir lo que quiero, a pedir lo que anhelo, a sentir sin vergüenza.
Y si algún día nos encontramos en persona, si un día sus labios tocan los míos, si un día su piel se apoya en la mía, espero que me reconozca. Espero que me reconozca no por el pene que tuve que mostrarle, sino por el hombre que se atrevió a decir: *aquí estoy. aquí te espero. aquí te quiero*.
Porque esa noche, en la oscuridad del cuarto, con solo una pantalla entre nosotros, supe una cosa: que el deseo no necesita cuerpo para ser real. Solo necesita alma. Y una palabra.
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